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Interferencias

Creer

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Cristina Consuegra

Una buena parte de nuestra existencia transcurre a través del ejercicio de la creencia. Creer en el futuro, en el cambio, en Dios, en la Ciencia, en la voluntad, en la guerra, en el amor, incluso, en uno mismo. Creer nos mueve a emprender acciones y elaborar pensamientos que desconocíamos. Yo tardé mucho en averiguar mis creencias, hubo un tiempo en el que pensaba que sólo era capaz de atesorar dudas, grietas que me conducían a una especie de no creer de carácter perpetuo que intensificaba la incertidumbre en una suerte de ciclo cerrado, obtuso y frágil. Pero ese tiempo pasó y el efecto del mismo, con la complicidad íntima de la experiencia de la vida, me ha otorgado algunas creencias, pequeñas y cálidas, pero firmes como la respiración y el latido.

Una de esas creencias es la literatura. El ejercicio de la ficción. La práctica literaria; como queramos decirlo. La literatura me ha ayudado a entender mejor lo que me rodea, a aprender a dialogar y a escuchar opiniones que me resultaban dañinas, caústicas. También ha abrigado el dolor cuando éste ha irrumpido por entre los pasos, en una trayectoria que consideraba inalterable. Muchos son los autores y libros que me han ayudado a creer en la que para mí es la más contundente de las disciplinas, clásicos que han iluminado las páginas de mi infancia, lecturas revolucionarias que incendiaron mi adolescencia; renglones maduros y pausados en un ahora que pende de un hilo por culpa de unos pocos, un acontecer que unos muchos nos estamos cansando de sostener.

Una de mis últimas pruebas de fe literaria ha sido El libro de los pequeños milagros, de Juan Jacinto Muñoz Rengel, publicado por la estupenda editorial Páginas de Espuma. En esta extraña geografía de lo breve, de la ficción raquítica y sublime, Muñoz Rengel ha elaborado 131 píldoras literarias que exigirán al lector cierta condición de ser polimorfo y mutante por lo que tiene esta obra de única y diversa, de múltiple y voraz. De inteligencia literaria de primera línea de batalla. Así, el autor malagueño no sólo dignifica un género profanado con demasiada frecuencia, sino que otorga al lector, con cada artefacto breve, la posibilidad de ser otro lector cada vez que el relato acontece, la posibilidad de ser un alguien distinto según sea la página a la que se enfrente. Ese pensar la palabra, su empleo eficaz y preciso, al tiempo que se pone en la piel de quien sostiene el libro, hace de El libro de los pequeños milagros una de las entregas literarias más fascinantes y emocionantes, un título que hará que muchos vuelvan a creer en la literatura, en su aliento único y necesario.

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