27 de febrero de 2017
27.02.2017
Crítica

El esplendor onírico

27.02.2017 | 02:06

Mármol
Teatro cervantes

Compañía: El Vodevil. Dirección: Antonio C. Guijosa. Autora: Marina Carr. Intérpretes: José Luis Alcobendas, Elena González, Susana Hernández, Pepe Viyuela

En el Teatro Cervantes se presentó Mármol, una obra de la dramaturga irlandesa Marina Carr, con la dirección de Antonio C. Guijosa y las actuaciones de José Luis Alcobendas, Elena González, Susana Hernández y Pepe Viyuela.
Dos amigos de toda la vida que trabajan juntos, son profesionales de éxito con familias constituidas, cada uno con su esposa, sus hijos y su buen pasar económico; entran en conflicto cuando uno de ellos le revela al otro sus sueños. Art (Pepe Viyuela) le confiesa a Ben (José Luis Alcobendas) que ha soñado que se acuesta con Catherine (Elena González), la mujer de Ben, en una gran cama de una lujosa y brillante habitación de mármol. El desconcierto de Ben aumenta cuando Catherine ha tenido exactamente el mismo sueño con Art, con vívidos detalles y sensaciones compartidas. Los sueños comienzan a ser recurrentes para ambos, amantes en una dimensión paralela y onírica, puesto que en la realidad han tenido poco trato y apenas se conocen. La fantasía erótica simultánea genera la crisis de ambos matrimonios, los deseos de otras vidas mejores, la libertad de luchar por los anhelos no cumplidos, se enfrentan al valor y la importancia de los compromisos adquiridos. Sus rutinarias costumbres burguesas y monótonas, de vida hogareña disfrutando del consumo de puros y buenos vinos, o comprando mobiliario, se va agriando y resquebrajando.

Ideales

El distante escepticismo de Anne (Susana Hernández), la esposa de Art, se contrapone a la creciente desesperación de Ben, cada día más dolido y frustrado, ya que su mujer, Catherine, ha abandonado su papel de ama de casa para luchar buscando sus ideales, esa esplendida habitación de mármol reluciente. El texto dramático es muy rico, culto y elaborado, con giros poéticos y metafóricos, lo que dificulta su naturalidad y lo vuelve un poco retórico. Algunos breves pasajes de humor alivian la tensión general, que se apoya y sostiene en una puesta en escena despojada y minimalista, con una iluminación de contrastes, acentuada en persistentes claroscuros para demarcar ese permanente gris escénico.

Los actores desarrollan las diferentes escenas y situaciones ubicándose en distintas tarimas o niveles de la escenografía, para recrear los cuadros en distintos espacios físicos y temporales. El tono general de melodrama tiene su clásico repunte emocional hacia el final, donde los cuatro personajes logran encontrar su lugar en el mundo, aunque tengan que enfrentarse a sus propios fantasmas y eso les genere más dolor que felicidad.

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