27 de febrero de 2017
27.02.2017
Crítica

Scarpia eclipsa a Tosca

27.02.2017 | 02:00

Tosca
Teatro Cervantes

Orquesta Sinfónica y Coro Ópera 2001 y Escolanía Santa María de la Victoria. Solistas: Melanie Moussay, soprano; David Baños, tenor; Paolo Ruggiero, barítono; August Metodiev, bajo; Matteo Peirone, bajo; Nikolay Bachev, bajo y Dimiter Dimitrov, tenor

Literalmente curados de espanto de las descabaladas e intencionadas propuestas de la compañía Òpera 2001, el segundo título programado para la temporada lírica del Cervantes nos acercaba a la ciudad eterna como fondo y el drama de Tosca como protagonista este pasado fin de semana entre tunos y chirigotas. Debemos reconocer la predisposición antes de ocupar la butaca pero hay ocasiones que suceden pequeños milagros domésticos, y decimos domésticos porque quien juega con fuego es muy probable que acabe dañado y ofuscando a quien lo contempla.
En líneas generales, podemos resumir este montaje como entretenido y aunque pueda apetecer un eufemismo en muchos momentos vivimos extremos entre la hilaridad y la admiración, a partes iguales.

Volvieron los primitivos rudimentos escénicos de tan ínclita compañía con la dirección escénica de Roberta Matteli, a la que reconocemos el mérito de recrear un espacio con cuatro cacharros no sin alguna extravagancia, como bendecir con una descomunal cruz alzada al final del primer acto o caracterizar en estilo imperio a una sobreentendida Tosca revestida de brocados y terciopelos. En fin, nada que no hayamos visto en otras ocasiones.

Cuando escuchamos las grabaciones de Florence Foster Jenkins, más allá del propio hallazgo musical, pasa desapercibido el paciente y enorme talento musical del pianista acompañante. Es precisamente este hecho lo que destaca cuando el maestro Martin Mázik puede llegar a conseguir de la Orquesta y Coro Òpera 2001, de apenas cincuenta efectivos entre orquesta y coro. Mázik consigue hacer al menos profesionalmente decente lo que bajo ningún concepto despliega la entidad sonora de un drama pucciniano, aunque sí recrea. Con una banda y cuatro cuerdas la cosa da para lo que da y es de agradecer que el señor del maletín no salga del teatro como el gallo de Morón por parte del auditorio.

Pero, ¡oh, milagro! Y de los gordos... Cuando apareció en escena Paolo Ruggiero empezó el drama, la lección y la madurez vocal y artística. Ruggiero encarnó el despiado rol de Scarpia, el polo opuesto a la fragilidad vocal defendida por una Tosca excesivamente trasparente con algo de interés en el vissi d´arte donde le apreciamos un mayor control del fraseo.

Otro punto de interés lo encontramos en el papel de Caravadossi defendido por un interesantísimo David Baños, que poco a poco gana enteros en la escena. Transmitió la predilección por el personaje con credibilidad y entrega a pesar de la huidiza Moussai.

No obstante, por el simple hecho de escuchar a este trío solista mereció asistir a la propuesta escénica de la controvertida compañía Òpera 2001. Por cierto, vuelven pronto.

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