27 de mayo de 2017
27.05.2017
Grande entre los grandes

David Lynch: el hombre de la cabeza soñadora

Dos libros indagan en los misterios del cineasta y analizan su mítica serie 'Twin Peaks'

27.05.2017 | 17:21
ilustración de Pablo García.

Experimental y populista, Lynch «se ha vuelto más libre y más radical con la edad y también se ha convertido en un personaje»

Se ha acabado la espera. El día 22 se estrenó en España la continuación de Twin Peaks. La mítica serie creada por David Lynch y Mark Frost genera 25 años después una expectación acorde con su condición de título de culto que dio un buen revolcón a la forma de realizar ficciones televisivas. Es, además, un regreso por partida doble: Lynch, que se retiró de cine tras Inland Empire (2006), se pone tras las cámaras para la pequeña pantalla tras escapar de la grande.

David Lynch. Un autor total. Laberíntico. La actualidad editorial le reclama. El hombre de otro lugar, de Dennis Lim, es una buena guía para el viaje. No es una biografía al uso, tampoco un ensayo que pronto caerá en desuso. Lim se atreve, y elogiemos su temeridad, a navegar por los entresijos de su mente. Casi nada. Desde sus primeros cortometrajes (previos a su imborrable Cabeza borradora) hasta sus inquietudes en todo tipo de campos artísticos. Nada le es ajeno. Todo le concierne. Y en esa percepción absoluta y avasalladora de la vida, los sueños tienen una importancia capital. Definitiva y definitoria. Pertenece Lynch al «pequeñísimo grupo de artistas que se han convertido en adjetivos corrientes por la fuerza y el carácter singular de su obra». Buñuel, Kubrick, Fellini, Hictchcock y casi pare usted de contar. Mucho se ha escrito sobre la etiqueta lynchiano. Demasiado, tal vez. O demasiado previsible. Lim no trata de enjaular la fiera creativa de Lynch sino que le abre las puertas y para que vague a sus anchas. Es fascinante que a pesar de lo mucho que se ha dicho y escrito sobre Lynch (imprescindible el documental David Lynch: The art life) aún queden tantas zonas en sombras, tantos cabos por atar, tantos misterios que seguramente no vale la pena resolver porque en el caso de Lynch las respuestas no siempre son necesarias. Incluso pueden llegar a estorbar. Lim no pretende explicar ni interpretar sino aclarar conceptos y subrayar sin devoción ni acritud los trazos que componen el lienzo creativo de Lynch situándolo en un contexto muy concreto, sin apartar algunas de sus posturas políticas o filosóficas más inquietantes.

Vayamos al año 1961: Una novia le presenta al David Lynch quinceañero a un chaval llamado Toby Keeler, cuyo padre, Bushnell, es artista. Lynch visita su estudio y se sorprende al ver que es posible ganarse la vida con aquello. Bushnell le da un libro titulado El espíritu del arte, del pintor Robert Henri. El libro reúne notas y charlas que dio a sus estudiantes, combina la instrucción técnica con meditaciones sobre el arte, la fuente de nuestra mayor dicha, y está salpicado de frases alentadoras («¡Haz algo grande, muchacho!»).

Para el adolescente David Lynch, aquel libro lo cambia todo y se convierte en un símbolo de lo que es posible. Decide dedicarse al noble y romántico oficio del arte, o, como él dice, de «la vida artística». Lynch ha sido «un hombre del Renacimiento durante toda su vida laboral: dibujó una tira cómica titulada The Angriest Dog in the World durante una década y siempre ha encontrado tiempo para pintar, fotografiar, diseñar muebles, componer música y otras cosas» (como actuar, publicar discos o sacar su propia marca de café ecológico). Y «firme defensor de la meditación trascendental, ha preconizado la meditación en las escuelas». La carrera de Lynch «es una sucesión de altibajos y está llena de ascensos meteóricos y caídas estrepitosas, giros inesperados y largos periodos de inactividad. Vista de otra manera, es un ejemplo de constancia, un testimonio de determinación que raya en el autismo». Para cualquiera que «conozca un poco sus películas –para cualquiera, dicho de otro modo, que tenga cierta cultura pop–, muchas imágenes y sonidos le parecerán instantáneamente lynchianos: una carretera por la noche, unos labios de mujer carmesíes, unas cortinas rojas y un escenario iluminado. Cualquier situación puede volverse lynchiana ante nuestros ojos: el parpadeo de una bombilla, un ruido sordo que crece en medio de la banda sonora, un silencio inesperado o una sensación de déjà vu. Pero Lynch es más que la suma de sus efectos. Un catálogo de cosas raras no da cuenta de la irreductible extrañeza».

Nacido en 1946, Lynch «es contemporáneo absoluto de Steven Spielberg. Cabeza borradora se estrenó justo dos meses antes de La guerra de las galaxias, de George Lucas. Lynch pertenece a la generación de los directores Francis Ford Coppola, Martin Scorsese y Terrence Malick. Pero, a diferencia de sus colegas, Lynch reformó el cine estadounidense sin dejarse absorber por el establishment hollywoodiense. Todo lo contrario: el gran logro de Lynch es haber introducido en el gusto mayoritario una estética esencialmente vanguardista». Experimental y populista, Lynch «se ha vuelto más libre y más radical con la edad. También se ha convertido en un personaje. Hay pocos directores de cine que tengan una existencia tan destacada en nuestra conciencia colectiva».

Las excepciones, como Alfred Hitchcock, Herzog o Tarantino, deslizan muchas veces su imponente figura en sus películas. David Lynch apenas aparece en las suyas, que no son autobiográficas de ninguna manera obvia, pero sí cultivan una intimidad psicológica. Sus películas dan la impresión de brotar directamente de su inconsciente, y quieren activar algo en el nuestro. Es difícil saber cómo entenderlas si no es de una manera personal».

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