24 de febrero de 2018
24.02.2018
Arte

Radiante porvenir

El arte del realismo socialista centra una de las nuevas muestras de la pinacoteca de Tabacalera, demostración, una vez más, del colosalismo, la extraordinaria sensibilidad, la tendencia irrefrenable al lirismo y a la belleza y un indomable coraje de los creadores rusos

24.02.2018 | 05:00
«En los campos de paz», una de las piezas de «Radiante porvenir», de Andrey Mylnikov.

La mañana en que me fui solo a ver la exposición que, con el título que encabeza este artículo, presenta el Museo Ruso de Málaga, estuve deambulando por sus salas cerca de tres horas. A la salida me encontré a unos amigos en la cafetería del propio museo, que me preguntaron que me había parecido la muestra. Mi contestación fue: «Estoy aturdido». Aturdido en el sentido de alterado. Alterado en el sentido de ser otro del que había entrado tres horas antes. Deslumbrado en el sentido de privado momentáneamente de la luz, ante tanta luz.

He seguido muy de cerca la espléndida trayectoria del museo desde que se creó y estaba claro que a los Romanov, tenía que seguir el Realismo Socialista, si lo que se pretende es dar a conocer en Occidente la historia, el carácter, la vida y la cultura de la Santa Rusia, la Unión Soviética y la Rusia actual. Debo confesar honestamente que siento una especial atracción por la Cultura Rusa, por lo que no soy objetivo, ni imparcial a la hora de escribir sobre ella. Ni siquiera escapa a este sentimiento el Realismo Socialista.

Rusia y España son los únicos países de Europa que pueden pronunciarse en plural: Zar de Todas las Rusias y Rey de Todas las Españas. Le guste a quien le guste, es así. Si a ello se añade, en el caso ruso, la inmensidad de su territorio que, junto al clima extremado, constituyen dos componentes fundamentales del alma rusa y las dos armas más importantes con las que cuentan, para rechazar invasiones, comprenderemos que el Arte Ruso, en pintura, en literatura, en música y en general en todas sus manifestaciones, tienda al colosalismo. Añádase a ello una extraordinaria sensibilidad, una tendencia irrefrenable al lirismo y a la belleza, un indomable coraje y una férrea dureza y voluntad de carácter y tendremos algunos de los componentes que integran el sustrato que yace siempre en cualquier manifestación artística de este pueblo. Y por último, pero fundamental, la carencia de libertad a lo largo de toda su historia, no solo el hecho en sí de la carencia de ella, sino incluso el desconocimiento de lo que ello significa. No se añora lo que se desconoce y, al desconocerse, tampoco se sabe la importancia que supone poseerlo( acuérdense, como siempre, de Shakespeare: «Qué pesadumbre alarga las horas de Romeo? La de no poseer, lo que poseído, las haría breves»).

Todo ello lo conocía perfectamente un tipo astuto, cruel, maniobrero y zafio, pero también inteligente, como Stalin y cuando en 1932, se disuelven todas las asociaciones de artistas y escritores y se crea la Unión de Artistas de la Unión Soviética, el camino para la puesta en marcha de una colosal maquinaria de propaganda del nuevo régimen se abre, a la vez que se laminan literalmente todas las esperanzas que la Revolución había suscitado en las vanguardias rusas.


Nuevo hombre soviético

El Realismo Socialista intenta y consigue transmitir la realidad del nuevo hombre soviético: fuerte, atlético, casi titánico, capaz de soportar cualquier adversidad y hacer frente a ella, imbuido de la superioridad de su concepción de la vida, fanatizado en la idea de alcanzar el paraíso comunista y dispuesto a hacer cualquier cosa que el Partido ordene, para llegar a ese mundo futuro en el que la persona, como ser único e irrepetible, dotado de inteligencia y libertad propias, desaparece para conseguir el ideal colectivo. Y el Dios del pueblo ruso es sustituido por el pueblo- dios.

La exposición en sí es de una extraordinaria carga didáctica, como no podía ser de otra forma. Es importante destacar que estas obras no han sido nunca contempladas en occidente. Uno reconoce a la mayoría de los personajes. Hay obras impresionantes: La Reunión del Presídium de la Academia de Ciencias, la Reunión del Comité del Partido en una fábrica, las estatuas colosales de Ordzonikidze y la Revolución de Octubre de la entrada resaltando la textura y el color del bronce oscuro sobre el fondo de la pared blanca, los retratos de obreros y campesinos no del todo anónimos, la hermosa En Campos Apacibles, las fundiciones de acero y por encima de todo, la belleza de todas las obras de Alexander Deineka, al que parece permitírsele una cierta libertad de expresión en las pinceladas (ese As Derribado que cae de su avión en llamas para estrellarse en unos hierros que extrañamente recuerdan a los restos de las Torres Gemelas, esos corredores literalmente en movimiento, o esos coches fantasmales por una carretera de Mont Vernon...) y las de Serguei Guerasimov. Todos los personajes parecen haber abandonado sus sentimientos individuales y estar convencidos de que su trabajo, por humilde que sea, está contribuyendo a la obra colectiva de crear el paraíso comunista. El hoy es malo, pero el mañana es mío. O en versión nazi de Cabaret, tomorrow belongs to me€ Y como recalcaría Don Antonio Machado»y es hoy aquel mañana de ayer». No puedo olvidar la línea de belleza y muerte que siguen varias obras para exponer la vida de Serguei Kírov (Stalin le puso su nombre al ballet de San Petersburgo por sus relaciones con las bailarinas, en una repugnante broma, después de su asesinato), desde su retrato a caballo, el monumental cuadro con los marineros en Astrakán, el desfile de las juventudes deportistas soviéticas, ofreciéndole rosas, hasta llegar a la mano espeluznante de Stalin apoyada en el féretro abierto que contiene el cadáver de Kírov tras su asesinato por los esbirros del padrecito en el Instituto Smolny...

Ingenieros del alma eran llamados los artistas durante los largos años del terror estalinista. Ingenieros del alma, expresión común a tantos movimientos, de todo signo e índole que vienen a salvar al hombre por obligación, velis nolis, quieras o no quieras, cuando los seres humanos solo quieren ser libres y vivir una vida lo menos desgraciada posible.

Mi amor por la Música me lleva a relatar una historia, que muchos conocerán y que refleja, en mi opinión, tanto el terror estalinista, como el realismo socialista, como la imposibilidad del Estado de controlar absolutamente la mente humana, por muchos gulags que cree.

El genial Shostakovich compuso Lady Macbeth de Mtsensk, que se representó en el Bolshoi la noche del 26 de enero de 1936. En un palco tras la cortina asistía Stalin, el padrecito, según cuenta Julian Barnes en El Ruido del Tiempo. La historia de Stalin y Shostakovich es un ejemplo paradigmático de las relaciones entre Arte y Poder. Varios días después apareció una crítica anónima demoledora en Pravda, acusando a la obra de burguesa, desviacionista, decadente y mil adjetivos más que podían costar a cualquiera la condena a Siberia, como mínimo. Shostakovich comprendió el mensaje y se sometió incondicionalmente a los dictados del realismo soviético.

Leningrado

El 22 de junio de 1941 las divisiones alemanas invadieron la Unión Soviética. Leningrado, la antigua San Petersburgo, fue sitiada durante novecientos días en los que murió la tercera parte de la población de la ciudad, no solamente a consecuencia de los bombardeos devastadores, sino simplemente de hambre. Shostakovitch compuso su Séptima Sinfonía, Leningrado, que se estrenó en Kuybishev, capital temporal de la Patria Rusa (el comunismo suele ser internacionalista en tiempos de paz y patriota en los momentos duros, recuerden el Patria o muerte, venceremos cubano...). El Partido comprendió la tremenda carga simbólica que encerraba aquella obra de cerca de hora y media de duración, tras haberse estrenado en Londres y Nueva York, gracias a haberla sacado de Rusia microfilmada, y que las democracias occidentales en su eterna ingenuidad, representaban para unirse al pueblo soviético en su lucha contra el nazismo. Se hizo una cuestión de Estado el interpretarla en el propio Leningrado, costase lo que costase. El 9 de agosto de 1942 se interpretó la obra en el Leningrado sitiado, famélico, destrozado, derrumbado y sometido a la artillería y la aviación nazis. Se instalaron altavoces por toda la ciudad, de manera que toda la hambrienta población, pero también las trincheras alemanas, escuchaban el sonido trepidante, obsesivo, en un continuum interminable, que te atrapa y te subyuga, de la marcha de la invasión del Primer Movimiento y que tanto recuerda al Bolero de Ravel. Al terminar la interpretación, algunos músicos se desmayaron por el esfuerzo de sus cuerpos famélicos, pero estalló una ovación que duró una hora. Los propios soldados alemanes lloraron en las trincheras, pero comprendieron que Leningrado no se rendiría jamás. Como así fue, aunque tuvieran que comer ratas e incluso se rumorearan casos de canibalismo.

La libertad humana estaba presente en la ironía de Shostakovich, que compuso el primer movimiento como un allegretto, que incluso se rumoreaba que había empezado a componerla antes del asedio, que no pensaba llamarla de ninguna manera, que ni siquiera sabemos lo que pasaba por su mente mientras la componía y que cuando pudo hablar medio libremente, declaro que era un homenaje al sufrimiento de su querida ciudad. Sufrimiento ocasionado tanto por los nazis, como por Stalin, el padrecito.

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