28 de abril de 2018
28.04.2018
Entrevista

"Es muy idealista concebir al intelectual como una persona rebelde, insumisa e indómita"

El último libro de Manuel Rivas recopila una serie de artículos en los que reivindica el poder sanados de la "vergüenza"

28.04.2018 | 05:00
El escritor Manuel Rivas, autor de «Contra todo esto».

Libertades amordazadas, rearmes militares, desigualdades sociales, machismo, corrupción, empobrecimiento de la enseñanza, desmemoria histórica, desfalcos ecológicos, fábricas de odio... Todo esto forma parte del "todo esto" que "mueve los hilos y toca las teclas" al que Manuel Rivas se enfrenta en su último libro

«Siento vergüenza. La vergüenza te ayuda a ver. Abre paso a la esperanza. La esperanza no se espera. Hay que arrancársela de los brazos al conformismo». Cuenta Manuel Rivas que estaba escribiendo una novela cuando paró la escritura para mirar alrededor. Sintió que no podía quedarse callado y nació Contra todo esto. Un manifiesto rebelde.

¿Por qué «Contra todo esto»?
Era un libro que necesitaba hacer. Llegó un momento en el que las palabras se levantaron del suelo. Este libro es un lugar insurgente, rebelde, un lugar de resistencia, donde sentirme limpio de miedo y poner la libertad al servicio de lenguaje. Pese a las dificultades, pese a que la Policía requise camisetas amarillas, la libertad de pensamiento y de expresión están ahí para ejercerlas. Estamos en un tiempo de regresión reaccionaria.

¿Es un libro político?
La célula madre no es un discurso político, no está hecho para sentar doctrina, ni tiene un arranque apocalíptico. Pero es la vergüenza lo que me activa la escritura, la impulsa y se transforma en un deseo de contar. Tanto la literatura como el periodismo tienen en común intentar ver lo que no está bien visto, y este libro cumple con este objetivo. El peligro es que la indiferencia se apodere de la literatura y el cinismo del periodismo.

¿Qué sintió al ver el vídeo de Cristina Cifuentes?
Estableces conexiones, como las apariciones que hacía en los comercios la mujer del dictador o que se llevara dos esculturas del pórtico de la Gloria que aún siguen en el Pazo de Meirás. Es el «esto es mío» porque tengo el poder. Este es un libro de memoria, pero de una memoria activa porque para que haya un estado de vergüenza ha sido fundamental la operación de desmemoria acompañada por la producción de miedo.

Dice en su libro que en España siempre ha habido un pueblo que ha luchado por la libertad frente a un poder que ha desconfiado de él. ¿Por qué entonces 40 años de dictadura y varios millones de votos en las urnas?
No es contradictorio. Pero la maquinaria represiva ha sido muy potente. La de España es una historia dramática, pero en el Quijote, que es un libro que si se publicara hoy saldrían las jaulas detrás de él, hay un momento que Sancho dice «no todo va a ser embestir». Y eso está en el ADN de la tradición popular frente a la tradición convencional de una España nacionalcatólica y absolutista, la memoria frente a la antimemoria.

¿La pérdida de memoria facilitó la Transición?
No se puede hacer un juicio sumario a la Transición ni decir que fue una estafa, porque sería considerarla una operación de ingeniería política cuando hubo mucha movilización popular, muchos sacrificios y muchas muertes que la impulsaron. Pero hay un lado oscuro, ese momento determinado en el que se dice «ha habido un exceso de democracia», y viene toda la operación de rearme centralista, se desactiva el componente federalista en la Constitución... De la Transición hay que hacer una lectura inconformista y crítica, ver sus aspectos positivos pero no colocarla en una peana.

Decía Castelar que la vergüenza es peor que el hambre ¿En España ha habido más vergüenza o más hambre?
R Creo que más vergüenza, ha abarcado más la historia. Aquí ha habido siglos de «canallocracia». Por eso defiendo que ha habido un pueblo que ama la libertad y que ha ejercido siglos de rebeldía. La guerra civil fue una guerra antifascista por parte del pueblo, y esa rebeldía se sigue pagando.

En su manifiesto no incluye en el «todo esto» al que enfrentarse al nacionalismo, al que tantos echan la culpa de tanto...
No se puede estigmatizar el nacionalismo catalán obviando que existe un nacionalismo español. Es importante salirse del lenguaje que se nos impone para poder ver las cosas que no se ven. Hay quien concibe la política no como un programa propio sino fundamentándose en el enemigo. Aquí hay una ideología del «a por ellos» en el que Cataluña no es un problema sino un enemigo.

¿Como se sale de la crisis democrática que señala en el libro?
Con más democracia. Y más democracia en España significa federalismo, es indisoluble: libertades, derechos y federalismo. El problema es que aquí se decreta el 155 y nos olvidamos qué hay detrás del número: un estado de excepción, presos, la suspensión de una autonomía...

También dice que para la crisis del periodismo, más periodismo. ¿Pero eso quién lo paga?
Al periodismo se le colocó el sambenito de «innecesario», o simplemente útil como instrumento para el poder económico y político. Pero con el periodismo pasa como el agua para los peces: es imprescindible. Tenemos que recuperar ese agua, ese líquido amniótico en la que puede desenvolverse la libertad.

Habla también de una «gran mayoría de intelectuales conformistas». ¿El intelectual le ha dado la espalda al pueblo?
Hay quién se pregunta por el silencio de los intelectuales, pero lo que hay que preguntar primero es qué son los intelectuales. Hay mucha gente empotrada en el poder. El ministro de Cultura es un intelectual, tanto que se sabe la letra de «El novio de la muerte». Es necesario para recuperar este agua saber que hay una cultura estupefaciente, y que es muy idealista concebir al intelectual como una persona rebelde, insumisa e indómita. Hay una gran parte del estamento intelectual que pertenece al partido conformista.

Su libro me recuerda a aquel «Indignaos» de Stéphane Hessel. ¿Se imagina provocar una reacción como la de aquel?
Es muy complicado, y mi intención es más modesta. Escribes algo que te sale de dentro, como una extraña obligación moral, como un antídoto personal ante la indiferencia. Me contentaría simplemente con que provocara conversaciones. Con las experiencias que he vivido en la presentación del libro, que se han convertido en debates, estoy contento.

¿Qué queda hoy en día de aquella indignación?
Fue una idea que empezó pronto e inmediatamente salieron las «jaulas». En su momento fue bastante efectiva, se puso en primer plano la sustracción democrática y la corrupción, pero la rebeldía tiene que ser eficaz, y esta no terminó bien. Pero creo que esos ideales van a ponerse en primer plano otra vez. Hay indicativos como la movilización feminista o la de los pensionistas, de que hay algo latente, de que cada vez hay más gente que asiste con vergüenza a esta crisis. Y que si no hay un cambio de responsable institucional, la gente va a moverse. Creo que va a haber una revolución positiva en España. El sistema se ha quedado obsoleto, pero los poderes se han instalado en la desinteligencia y no lo ven.

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