26 de mayo de 2018
26.05.2018

Lo épico en Tabletom, el grupo de Málaga

Tabletom lleva en el candelero más de cuarenta años y desde el arranque lo épico se adueñó de su destino, al que no pueden renunciar

26.05.2018 | 05:00
La formación actual de Tabletom, en el concierto que ofrecieron hace unos meses en La Cochera Cabaret.

Echando la vista atrás los podemos ver como esas bolas de la Semana Santa, que solo logran modelarse y coger su forma después de años de insistencia, lágrima a lágrima.

¿Toblerone? Que no, Tabletom, nos corrigieron de mala gana y así, de golpe y porrazo, llegaron a nuestra vida las melodías inolvidables de la banda malagueña. Nadie sabe a ciencia cierta qué nos atrae de ellos, pero corridos los años y avanzado el nuevo siglo parece evidente que no se puede tratar solo de la música y de la voz, ya de por sí originales y únicas, sino que tiene que haber algo más que espera camuflado en la penumbra para ser revelado. Es necesario ahondar en la cuestión, interrogar los motivos y proponer cuantas hipótesis se nos ocurran para dar de una vez con las claves del misterio.

Surgieron al calor y al humo de ese magma creativo que afloró en los 70 y que dio un buen puñado de grupos que se educaron a la sombra de la música radiada desde las emisoras yanquis desparramadas a lo ancho del país. Basten algunos nombres: Smash, Mezquita, Vega, Goma, Triana. Así nació una corriente para la que no faltaron etiquetas, desde la poco acertada y menos precisa de rock andaluz a la más estrafalaria de rock afro-bético; mejor hubiera sido haberla llamado rock ecléctico con raíces o, siendo más precisos y fidedignos, música contemporánea moderna. Que nunca vaya a ser por nombres.

Tabletom lleva en el candelero más de cuarenta años y desde el arranque lo épico se adueñó de su destino, al que no pueden renunciar. Echando la vista atrás los podemos ver como esas bolas de la Semana Santa, que solo logran modelarse y coger su forma después de años de insistencia, lágrima a lágrima. De alguna manera, son hijos del agobio y del dolor. Todavía les quedan fuerzas para seguir sorprendiendo, soltando chispazos de creatividad y relámpagos de genio. Han conseguido, en ese barquito tan frágil que se nos antoja la formación y tantas veces a punto de zozobrar y hundirse, perdiendo incluso en la travesía a su capitán, seguir a flote en la procelosa mar de las modas y los antojos, remando contra corriente y eligiendo las rutas y las derrotas más peligrosas y arriesgadas, donde siempre acaban encontrando un tesoro para ofrecernos. Lo épico en su periplo se atisba y adivina en las diez etapas que ya han coronado, hasta arribar a ese territorio mítico y legendario que es la Música.

Roberto

El gurú, el líder, el acento. La música, el compás y el quejío. Desde que pudo, o incluso antes, anduvo metido en infinidad de grupos que actuaban allí donde los reclamaran, Los Jone´s, Royal Group, Los Cúcanos, Fresa y Nata, Sabor Band, The Glass World Creation. Anduvo por territorios franceses para conocer la libertad, subió hasta los Países Bajos tras los pasos de una holandesa y en Torremolinos se atrevió a trabajar en un banco por consejo de su madre: desde entonces parece que lo único que sintió por el dinero fue asco, desprecio y repulsión, una actitud que todos alabamos y después nadie practica. Vivió como quiso y nunca quiso vivir según lo establecido. Fue un anarquista en la rara galaxia flamenca, un radical absoluto con su melena rebelde y su luenga barba.

La fundación

En un camping de Manilva entra en contacto el núcleo duro, el indestructible, y deciden montar un grupo movidos por unas inquietudes artísticas que comparten y una visión de la vida libérrima; es poco después, en una comuna agro-hippie de Campanillas, donde terminan por darle forma a la banda que desde entonces estará liderada por los hermanos Ramírez, Perico y Pepillo, y el alma máter que al principio no iba a ser el cantante, Roberto González, de la calle Cotrina, La Trinidad, donde jugaba de chavea.


Mezclalina


El disco. La joya de la corona. El Quijote del rock progresivo. La piedra angular de la que emana y fluye la devoción por la banda. Se grabó en la capital al amparo de una discográfica de las potentes, la RCA. La producción la dejaron al cuidado de uno de los pocos magos del nuevo flamenco, Ricardo Pachón, que venía de estampar su impronta en los trabajos más frescos y renovadores de Lole y Manuel, Veneno, Imán y Camarón. Fue un fracaso absoluto de ventas y acabaron abandonados a su suerte. El disco nunca se ha reeditado y hasta hace poco llegar a él requería de no pocos contactos de dudoso perfil cuyo último eslabón te conseguía una copia pirata a partir de un vinilo muy machacado. A veces se puede conseguir en tiendas de quinta mano por no menos de 200 euros y sin derecho a la devolución. Así están las cosas. Aviso para navegantes: si te gusta OT y te quedas hasta las tantas pendiente de Eurovisión, ni lo intentes, nunca lo entenderás, creerás que es música para marcianos. Cada vez que se escucha sorprende de nuevo: sus letras, las introducciones, los cambios de ritmo, los largos pasajes musicales, los gritos de fiesta y los alaridos de indignación. Lo tiene todo porque no le sobra nada. Es, sencillamente, ininteligible y bello.

La gira histórica

Supieron estar en el lugar oportuno en el momento adecuado y participaron, en el febrero del 80, en esa gira que recorrió plazas y pueblos para concienciar a la gente de la necesidad de que se lograra la autonomía. En los conciertos se mezclaban el sevillano Silvio, la Pata Negra, los Triana y Alameda, el Carlos Cano verdiblanco, Kiko Veneno de maestro de ceremonias... Y Camarón. El público se volvía loco cuando salía al escenario María Jiménez a contonearse con sus rumbas. Fueron quince días de vino y rosas y puede que desde entonces no les hayan pagado tan bien.

La travesía por el desierto

Primero vino el mini-elepé Recuerdos del Futuro, con cuatro cortes y una portada horrible, y poco después una versión ampliada de este trabajo, Rayya, que se editaron ellos mismos y distribuyeron en el formato de las cintas de casete. Fueron años duros dominados por el tsunami de la movida madrileña y estuvieron a punto de desaparecer. En 1985 casi todos abandonan la banda y se reinventan durante un tiempo como Rockberto y los Castigos. A esa época pertenece una de sus canciones míticas, con letra del poeta Fernando Merlo y música, a nuestro entender, de la Velvet Underground. Se titula A sus venas y estremece por todo lo que la rodea y convoca.

Los músicos

Muchos son y han sido los Tabletom desde aquellas noches de Campanillas. Junto a Los Imprescindibles han entrado y salido de la formación, durante más o menos tiempo, una larga nómina de músicos que ha permitido darle al grupo esa aroma peculiar identificable en cualquier canción: Ortiz, Becerra, Lepinat, Zurita, Denis, Nono, Agustín, Huggenin... La lista es larga e innecesaria, llena también de colaboradores ocasionales y artistas de primera fila que en algún momento han querido sumarse a la aventura: Robe, Raimundo, Ojeda, Casal, La Mari, El Canijo...



Los conciertos

Parece ser que arrancaron en el 77 cobrando la entrada a diez duros en el Colegio de San Agustín. Desde entonces lo hemos visto en el pub El Cielo en Fuengirola y en cien canales de youtube, en selectos clubs de jazz que te cobraban la caña como si te vendieran el barril entero y en casetas destartaladas de feria donde regalaban las macetas de calimocho tibio y peleón, de teloneros profesionales alumbrados por las últimas luces del día y de estrellas de festival que aparecían vacilones a las tantas de la madrugada, más solos que la 1 en discotecas cuyo nombre no logramos evocar y respaldados por una legión de músicos admiradores, sinfónicos en el Cervantes y acústicos en recitales íntimos, a los 15 y a los 40, más ebrios que sobrios, en primera fila como si fuera a terminarse el mundo y apoyados en la barra del bar viendo de refilón cómo se derretían los cubitos de la tónica con quinina aconsejada por el meíco.

Los discos de la recuperación

A diferencia de la mayoría de los grupos, es posible que Tabletom incluso haya mejorado con el paso del tiempo y que Mezclalina bien pueda verse como una losa muy pesada que cayó sobre ellos y de la que solo lograron zafarse cuando en el 92 sacaron el Inoxidable de la mano de la discográfica que montó otro de los visionarios del nuevo flamenco, Mario Pacheco, y otra vez con Pachón metido en el asunto. Fue entonces preciso que todos giráramos la cabeza para fijarnos en esos tipos que habían vuelto a dar en el clavo con un trabajo en el que incorporaban poemas de Rubén Darío, Valle Inclán y del malagueño Juan Miguel González, quien ha sabido captar a la perfección la idiosincrasia de la banda. Han sido tocados por la varita mágica de la inspiración, lo que en flamenco se llama el duende, y han ido largando un puñado de extraordinarios discos: La parte chunga, los 7.000 kilos, el Sigamos en las nubes, hasta llegar al Luna de mayo, ya con la voz de Salva Marina que sin pretender imitar ha conseguido eso tan difícil que es convencer y emocionar.

Las coplas de las placas

Le han cantado a la parte chunga y al pescaíto frito, a la barbarie de la guerra y a los recuerdos del futuro, al tigre de Darío y a la cabra de Álora, a los tipos duros y al Coyote rudo, a la KGB y a los espías, a la cazuela de rock y al pan de higos, a la torta Ramos de nuestro desayuno, al pitillo de Lucky Strike y a la pipa de kif, a las noches de vino tinto, al tío de la luz, al río Guadalmedina y a la Sierra de Ronda y hasta al Pisuerga, al escalón y a la portera y a las pedreas y almencinas, al Piyayo y la Piyaya, a Tyrone Power y al vampiro, a la luna llena y las niñas morenas, en inglés, en francés y en español porque ellos querían ir de modernos y resulta que al final van a ser eternos.

Y la voz

Distinta y canalla, gamberra e imprevisible, única y ácida, una voz que se acopla al grupo como el instrumento que termina por configurar su originalidad y dificulta además su encasillamiento: todo un logro. La tarea de sustituirla fue compleja porque el oído del incondicional se había acostumbrando a lo largo de los años a unos melismas de sabor rancio, a unos quejidos salvajes, a unas cadencias irrepetibles, al alarido flamenco y a los encabalgamientos imposibles. Y luego estaba, para rematar la faena, la chispa, la gracia, la ocurrencia, eso que algunos identificamos con el genio.


Después de todo lo navegado podrían echarse a dormir y empezar a explotar la cosa del merchandising: al forofo, en las horas muertas, le gusta pinchar un vinilo de 180 gramos edición conmemorativa y numerada, ponerse una camiseta de su grupo que colecciona y plancha con el fervor del psicópata y tomarse la infusión de media tarde para tranquilizarse en una taza made in Hong-Kong, pero es que no se enteran lo que es Tabletom: hasta en eso son excepcionales, pasotas y antisistema, van por libre y prefieren seguir haciendo lo único que saben antes que vivir del cuento: componer un puñado de canciones y dar unos cuantos conciertos.

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