18 de agosto de 2018
18.08.2018
Galaxia urbanita

Aquella feria

Para mí tiene poco sentido participar de unos festejos sobredimensionados y cada vez con menos identidad

18.08.2018 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios

Pertenezco a ese sector de la población autóctona que se borra cuando la Feria empieza y suspira con alivio cuando termina. Aclaro que no tengo nada en contra de que miles de personas se emborrachen hasta el infinito con este calor pegajoso y chorreante; yo mismo lo hice durante algunos años, las primeras veces por gusto y las últimas por obligación, ya que como profesor de español para extranjeros me tocaba acompañarlos un día como mínimo. Lo que es hoy, para mí tiene poco sentido participar de unos festejos sobredimensionados y cada vez con menos identidad, al menos según yo los veo: con el tiempo hay quienes nos hastiamos de repetir año tras año la misma ceremonia y quienes le ven sentido y armonía a hacerlo. Cada cual busca sus rituales de diversión como le venga en gana, nadie es mejor ni peor por ser más o menos feriante.

Lo que sí recuerdo con cariño es algo que duró poco y que ahora con la distancia se me antoja delicioso. Todo empezó porque a quienes no nos gustaba colgarnos al cuello un catavinos de metal ni vestirnos de corto echábamos de menos tomarnos una cerve mientras duraba la Feria, pero claro, sin ir a ella. Por supuesto que podíamos ir a Pedrega o a Torroles, pero no acabábamos de entender por qué los bares del centro descansaban durante diez días. Fue cuando a alguien se le ocurrió aquello de:

–Oye, ¿por qué no abrimos alguna noche a ver qué pasa?

–¿Y por qué no un poco antes, por las tardes?

—¿Quién va a venir al bar por la tarde?

–No sé, podemos probar. Total, como mucho lo chapamos y nos volvemos a casa, no tenemos nada que perder.

–A ver si la poli nos dice algo.

–¿Con el lío que tienen en el Real? Y si nos lo dicen, nos lo han dicho.

–Podríamos hablarlo con más peña, igual si lo hacemos varios bares hay más tirón.

–Buena idea. Estaría bien hacer unos cartelillos y enviar unos SMS.

Ocurrió que la idea cuajó. La novedad se transmitió de boca en oreja y los habituales nos fuimos enterando y ocupando nuestras casillas en el tablero de siempre a una hora desacostumbrada. Era fantástico e incluso onírico trasponer el umbral de los antros que uno solo había conocido de noche, una sensación parecida a viajar a otro bar sin moverte de tu barra habitual. Para más alegría, se programaron –o se improvisaron, nunca lo sabré– conciertos, que hicieron de esa primera «feria» del Centro algo especial. El primer año fueron solo unos pocos garitos, el segundo se apuntaron más. El tercero, ¡oh, oh!, empezó a verse que podía ser un excelente negocio, algo así como pillar un local cualquiera, poner un letrero (o ni eso), alquilar un equipo de música cuanto más ruidoso y estridente mejor y ganar billetes a tutiplén; llegaron la Macarena, mami qué será lo que tiene el negro y cedés interminables de sevillanas. Lo único bueno de todo aquello fue que aún no se había inventado el reguetón, pero de mi memoria no se va la competencia sónica que se hacían unos locales a otros, subiendo cada vez más el volumen. Y más. Y mucho más.

Lo que sigue ya es conocido y vivido de sobra en la actualidad; aun así me permito resumirlo para las criaturas más jóvenes: el Ayun regularizó el desmadre, llegaron las casetas, el horror de obligar a un caballo a trotar por el asfalto a cuarenta y pico grados y llamar a eso espectáculo, los borrachódromos y, en los últimos años, hordas de guiris que más de tres piensan que están en San Fermín. Lo gracioso del caso es que a los bares que tuvieron la iniciativa, el Ayun les fue retirando el permiso y hoy en día ya no existe ninguna de aquellas personas que vivían la noche y amaban la música por encima de todas las cosas. Ahora quienes controlan el ocio nocturno son empresas serias, responsables y muy pero que muy diurnas.

Lo releo y veo que me salió el artículo sofocado, será por el calor. O quizás porque más que cumplir años, se cumplen nostalgias.

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