10 de noviembre de 2018
10.11.2018
Aniversario cinéfilo

´El exorcista´: el demonio, la carne y el perdón

Cuarenta y cinco años después de su estreno, la película de William Friedkin sigue sembrando turbación y desasosiego entre legiones de espectadores de todo el mundo

10.11.2018 | 19:17
Linda Blair, impresionante como Regan en el filme de William Friedkin.

El público de la época saludó la cinta como una las experiencias fílmicas más bizarras, originales y escalofriantes del cine fantástico de todos los tiempos

Los grandes tótems de la industria hollywoodiense nunca han estado dispuestos -ni lo estarán en el futuro- a que sus viejos éxitos caigan en el olvido; ni perder la oportunidad consiguiente de rentabilizar nuevamente producciones que en su día desbordaron sus previsiones sobre sus cuentas de resultados. De ahí que, cada temporada, aparezcan en las listas de las grandes distribuidoras algunos filmes de renombre bajo el reclamo infalible, no siempre real por cierto, de un nuevo montaje supervisado por el propio director o de una versión meticulosamente remasterizada y ampliada bajo la supervisión personal de sus responsables artísticos. Dos buenas razones, - siempre que sean ciertas, claro está- para alimentar la pasión cinéfila entre quienes, con motivo o sin él, la mantienen hibernada a la espera de encontrarse en la pantalla con algo que realmente justifique su eventual resurrección.

Sea como fuere, lo cierto es que el público suele responder positivamente a la llamada de la industria a redescubrir los grandes hitos del pasado, los acontecimientos artísticos y/o comerciales que hicieron historia, a pesar del serio riesgo que suponen siempre las revisiones en el contexto de un medio de expresión tan sensible a las mutaciones estéticas y a la obsolescencia de muchas de sus más preclaras conquistas técnicas, como en cierta manera es el cine. Estos hitos, que no siempre se corresponden con un buen nivel de exigencia estética, representan, no obstante, otro signo externo de un tiempo por diversas razones irrepetible, cuyo recuerdo, para nuestra satisfacción o nuestro escarnio, nos lo evocan constantemente, ya sea en clave sobrenatural como en términos estrictamente realistas, desde las coordenadas más diversas.

Pues bien, hoy, cuarenta y cinco años después de su estreno en los cines de medio mundo, la Warner Brothers ha vuelto a ofrecer, esta vez en soporte digital y con once minutos de metraje adicional, uno de esos grandes sucesos que marcaron a fuego la memoria del cine contemporáneo y del género de terror en particular, éxito que posibilitó, además, la renovación integral de un género instalado durante demasiado tiempo en una cómoda y monótona rutina argumental y narrativa. Se trata del legendario filme de William Friedkin El Exorcista (The Exorcist, 1973), un trabajo que algunos historiadores no han dudado en destacar, pese al largo período transcurrido y las consiguientes transformaciones que se han ido operando en este género desde entonces, como una de las experiencias cinematográficas más bizarras, originales y escalofriantes del cine fantástico de todos los tiempos, mientras que determinados sectores de la crítica, los que se aferraban a criterios artísticos extremadamente maniqueos, aún siguen sin comprender «la desmesurada atención dispensada por el público a una película desprovista, afirmaba un acreditado crítico nacional, de un sólido sostén intelectual».

El exorcista se convirtió muy pronto un éxito comercial sin precedentes, éxito del que, naturalmente, no solo se lucró la propia Warner, que obtuvo recaudaciones colosales, sino los afortunados beneficiarios de los derechos de la novela en la que se inspira, cuyas ventas se vieron hasta tal punto aumentadas tras el estreno de la película que, durante veinte semanas consecutivas, permaneció imbatible como número uno en ventas en el potentísimo mercado editorial estadounidense durante aquella próspera y convulsa década. Una proeza pocas veces igualada que, rápidamente, le proporcionaría a la película la aureola de popularidad que necesitaba para transformarse en uno de los incuestionables hits universales de la industria de Hollywood y en modelo a imitar para muchos especialistas del género.

Pero no seríamos del todo justos si solo le atribuyésemos su éxito taquillero a la irrefutable destreza narrativa de su director y al formidable guion de William Peter Blatty, autor de la novela a la sazón. La explosiva combinación entre terror físico y misticismo, unido a la soberbia actuación del gran Max von Sydow como el sacerdote arqueólogo Lankester Merrin; Ellen Burstyn en el rol de Chris MacNeil, la madre de Regan (Linda Blair), la joven protagonista del filme; Jason Miller encarnando al impenitente padre Karras o el veterano Lee J. Cobb como el detective Kinderman dotan a la película de un poderoso magnetismo visual que, ni El Exorcista II: El hereje (Exorcist II: The Heretic, 1977), de John Boorman, ni El Exorcista III (The Exorcist III, 1990), ni El exorcista: el comienzo (The Exorcist: The Beginning, 2004), de Renny Harlin consiguieron siquiera aproximarse al original.

Y aunque de la realización y del guion de la tercera se ocupó el propio Blatty en un intento baldío por buscarle tres pies al gato, nada en ella logra evocarnos el impactante poderío visual que destilaba la versión de Friedkin, inspiradora además de una aburrida teleserie de cuatro horas de duración y de una interminable nómina de títulos que, por un elemental sentido de la discreción, me ahorro citar. Pero tal fue su influencia en el cine fantástico de la época, tanta su audacia en poner negro sobre blanco uno de los dilemas fundacionales de la fe católica -el eterno duelo entre el bien y el mal- que durante años, muchos realizadores del género se contemplaron en ella como el nuevo paradigma del terror en unos tiempos profundamente marcados por la sombra del nihilismo y por la voluntad de ruptura con los viejos esquemas morales del pensamiento religioso vigente en todo el ámbito occidental.

Nadie podía imaginarse que, tras la aterradora pesadilla con la que nos obsequió George A. Romero en La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968) y las espeluznantes secuelas que le sucedieron, podría alguien mostrarnos algo aún más truculento y estremecedor, pero así fue. William Friedkin, el galardonado autor de Contra el imperio de la droga (The French Connection, 1971), A la caza (Cruising, 1980) y Vivir y morir en Los Ángeles (To Live and Die en Los Angeles, 1985) logró, mientras desencadenaba uno de los fenómenos sociológicos más impactantes del cine moderno, que millones de espectadores temblaran de pavor ante la insólita dureza con la que refleja el drama de una adolescente poseída por el demonio y los esfuerzos sobrehumanos de la Iglesia y la ciencia por liberarla de tal maldición.

Partiendo del best seller del escritor neoyorquino William Peter Blatty, inspirado en un caso real de posesión diabólica ocurrido en 1949 en el Estado de Maryland, Friedkin nos introduce en el drama de una muchacha de 12 años, víctima de un extraño sortilegio, sin que sus progenitores ni ninguno de los médicos que la han examinado alcancen a desvelar el auténtico origen del mal. Es entonces cuando brota la incertidumbre y el pánico termina adueñándose de los personajes, que contemplan impotentes la enigmática situación de un ser paulatinamente abducido por un poder sobrenatural incontenible.

Agotados todos los recursos científicos y todas las plegarias religiosas, los padres de Regan deciden, como último remedio para librarla del hechizo, solicitar los servicios de un sacerdote experto en rituales y exorcismos. Desde ese momento, y en medio de una encarnizada batalla donde proliferan los golpes de efecto y resplandece la avasalladora magia visual de Owen Roizman y Billy Williams -los mismos responsables de la fotografía en The French Connection-, se inicia un despliegue infatigable de energía mística encaminada a recuperar la inocencia secuestrada de la joven poseída.

Y Friedkin nos lo expone todo con la convicción de quien se sabe poseedor de una historia que trascenderá del mero trabajo artesanal para transformarse en un fenómeno de profundas dimensiones sociológicas y de una enjundia intelectual que la aleja felizmente de las convenciones genéricas para entrar de lleno en un ámbito mucho más complejo: el de la exploración del inconsciente colectivo en el seno de una civilización continuamente golpeada por los viejos mitos que han contribuido a construirla.

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