22 de diciembre de 2018
22.12.2018
Música

'Beggars Banquet': la primera resurrección de los Stones

"Por favor, permítame que me presente..." con esa introducción, en nombre de Satanás –e inspirada en una novela rusa–, Jagger, Richards y cía arrancan un disco que marcó su regresó al blues y marcó el inicio de sus mejores años

22.12.2018 | 05:00
Los Rolling Stones de la época.

La segunda mitad de los años 60 pilló a los Rolling Stones a rebufo. Tras los primeros éxitos, se lanzaron a los brazos del pop y de la psicodelia que marcaban el paso de aquellos convulsos días. En ese camino, subidos a esa ola, llegaron joyas como Paint It Black, She's A Rainbow, Lady Jane o Under My Thumb. Todo bien, salvo un detalle: en esa carrera, otros lo hacían mejor. The Beatles, The Kinks, The Who... Con ese panorama por delante, Mick Jagger y Keith Richards optaron por sacudirse el polvo acumulado de gira por la carretera, despojarse de tanto artificio para volver al blues y grabar Beggars Banquet, un disco que salió a la venta el 6 de diciembre de 1968.

«En nuestros viajes a Estados Unidos entre 1964 y 1966», recuerda Richards en el libro According to The Rolling Stones (Planeta), «compré muchísimos discos, pero nunca tenía tiempo para escucharlos. A finales de 1966 y en 1967 tuve la oportunidad que esperaba. Era un increíble archivo de blues; de repente, tenía tiempo de estudiar y escuchar música». Con esa confesión como punto de partida, los Stones se metieron en el estudio para recuperar el pulso a su música y dejar atrás el recuerdo de Their Satanic Majesties Request, álbum grabado en 1967 en el que aparecían el sonido de un sitar, solos de flauta, ecos de un clavicordio. «Prácticamente no recuerdo nada de la sesiones [de ese disco]», rememora el propio Richards en According to... «Vacío total. Dios sabe de dónde sacamos aquellos sonidos».

Anita Pallenberg


Dar con la música primigenia de la banda no fue el único problema al que tuvieron que hacer frente Jagger y Richards en 1968. Antes, pasaron por un infame juicio después de ser arrestados en 1967 durante la celebración de una fiesta en la casa del guitarrista por ofensas contra el Acta de Drogas Peligrosas vigente en el Reino Unido desde 1965. A Jagger la policía le encontró en sus bolsillos cuatro tabletas de clorhidrato de metilanfetamina y sulfato de anfetamina, mientras que la acusación contra Richards se levantó por permitir que se fumara cannabis en su domicilio.

El paso de Jagger y Richards por la corte judicial alimentó durante semanas a los tabloides ingleses, dividió a la opinión pública británica frente a los Stones y se cerró con los dos líderes de la banda encerrados, durante un mes, en prisión.

Si el momento del grupo, a nivel público, era delicado, a nivel interno apuntaba hacia la destrucción total: antes de entrar en la cárcel, Richards había tenido una aventura con Anita Pallenberg, la novia del otro guitarrista del grupo, Brian Jones. Lo que empezó como un affaire se convirtió en una relación entre Richards y Pallenberg y eso, ante sus propias narices, se llevó por delante a Jones.

«Justo después de que nos detuviesen», detalla Richards, «se nos ocurrió hacer un viaje a Marruecos; resultó un desastre, y volvimos a pelearnos. Saqué el viejo Bentley, y Brian, Anita y yo mismo nos sentamos atrás. Brian cayó enfermo y lo llevamos al hospital, así que nos quedamos Anita y yo. Y, por supuesto, puede pasar de todo en la parte de atrás de un coche. Y pasó. Nos encontramos con Brian en Londres y hubo una escena bastante desagradable. Esa fue la gota que colmó el vaso en nuestra relación. Él nunca me perdonó y no le culpo por ello, pero, joder, esas cosas pasan».

La grabación del Beggars Banquet fue la penúltima en la que Brian Jones participó como miembro de los Rolling Stones. Y su paso por el estudio, según describen sus compañeros, fue testimonial y problemático por culpa de su adicción a las drogas. «Brian», apunta Jagger, «no participó demasiado en Beggars Banquet, a parte de tocar algo de slide en No Expectations; eso es todo lo que hizo en ese disco. De hecho, no venía a las sesiones. La verdad era que no estaba nada bien. Y nosotros llegamos al punto de que tampoco queríamos que viniese».


Cambio


En ese escenario, con Brian Jones fuera de juego –«el tipo andaba de capa caída, nunca superó que Keith se acostara con su novia», subraya el batería Charlie Watts en el libro–, Richards dio un paso al frente y Beggars Banquet se convirtió en la primera resurrección de los Stones. «Existe un cambio entre el material de Their Satanic Majesties Request y Beggars Banquet», explica Richards. «Al final, ya me ponía enfermo toda aquella mierda del gurú Maharishi y las campanillas y los rosarios». El guitarrista logró, tal vez con una patada en el culo, sacudir al grupo y logró que la música de los Stones fuera algo real, sucio, visceral.

Con el mundo en llamas por el zeitgeist del 68 –protestas contra la Guerra de Vietnam, el mayo francés, las cargas violentas de la policía en la convención del Partido Demócrata en Chicago–, Street Fighting Man –sexto corte del álbum– se convirtió en un himno en medio mundo. En mitad del huracán que agitaba a Occidente, los Stones se convierten en un buen árbol al que agarrarse. Y lo hacen con una demostración de pegada, como músicos, descomunal: el blues de Parachute Woman, el gospel de Salt Of The Earth y la mezcla de country y samba que levanta una obra maestra como Sympathy For The Devil –monólogo inspirado en la novela rusa El maestro y Margarita, donde Satanás se presenta como un dandy que repasa su trabajo en la Tierra (desde la crucifixión de Cristo, la Revolución Rusa, el III Reich de Hitler o el asesinato de J.F. Kennedy) tras susurrar un sugerente «Permítame que me presente»–. Beggars Banquet marca el inicio de cuatro años sublimes –a nivel creativo– de los Stones. Tras ese disco llegaron Let It Bleed, Sticky Fingers y Exile on Main Street. Gloria eterna sus satánicas majestades.

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