10 de mayo de 2019
10.05.2019
La Noche con Libros

"El desafío de un escritor es entrar en la habitación oculta de su ser y sobrevivir"

Entrevista a Mircea Cartarescu, uno de los nombres indispensables de la narrativa y la poesía contemporáneas - Eterno candidato al Premio Nobel de Literatura, lidera el cartel de Málaga 451. La Noche de los Libros

10.05.2019 | 00:02
El autor rumano, ayer en La Térmica.

Europa, nacionalidad y destino

  • A Mircea Cartarescu le gusta definirse como «un escritor europeo». «Los europeos deberíamos ser conscientes de la gran suerte que es tener una doble ciudadanía: la del país donde vivimos y la continental. Uno de los grandes fracasos de Europa ha sido no haber creado en la gente ese patriotismo europeo», asegura el autor. Sabe que el viejo continente está «en un mal momento» pero es «optimista»: «Europa es fundamental para la humanidad. Y sigue siendo nuestro destino».

"Dicen que suelo estar en la lista de finalistas al Nobel pero no hay lista como tal, son rumores... Sólo están las listas de las casas de apuestas, que hacen que un Liverpool contra el Barcelona sea igual que un Javier Marías contra Cartarescu".

Es uno de los nombres indispensables de la narrativa y la poesía contemporáneas, gracias a libros como Nostalgia, Solenoide y Cegador, aventuras literarias entre la indagación y la ensoñación. Cartarescu, eterno candidato al Premio Nobel de Literatura, lidera el cartel de Málaga 451. La Noche de los Libros, el festival que esta noche, por quinto año consecutivo, llevará a La Térmica una celebración desprejuiciada, honda pero también divertida del poder de las palabras

Muchos escritores, no sé si para que le demos la importancia que creen merece su trabajo, describen su tarea como una lucha continua con las palabras. Usted, en cambio, parece disfrutar del proceso. ¿Si algún día llegar a sufrir con la escritura la dejaría?
Para mí, escribir es algo habitual, normal; cuando escribo me siento como pez en el agua. Pero sí sufro mucho en el periodo entre dos libros, es la etapa más oscura para mí. Cada vez que termino un libro pienso que ya está, que se ha terminado, que estoy acabado, que no podré escribir más... Y tengo ataques de pánico. Es como una enfermedad, algo dramático, porque no estoy capacitado para vivir sin escribir; es como estar enamorado: no puedes vivir sin la persona que amas. A mí me ocurre lo mismo con la escritura: cuando escribo soy feliz; cuando no... no deberías verme en esos momentos.

Sólo pone dos condiciones a un lugar para poder escribir en él: que tenga café cerca y una puerta para poder cerrarla...
Necesito la puerta cerrada entre mí y el universo, sí [risas]. Cerrar la puerta de mi estudio hace que me sienta en mi propia calavera, en mi propio cráneo, solo conmigo mismo. Soy realmente obsesivo con esto, tanto que me he comprado unos auriculares especiales contra el ruido. No hay silencio suficiente para mí, porque mi manera de escribir es una suerte de autohipnosis.

Cuando escribe da la impresión de que usted abre puertas en su mente, ilumina habitaciones de su pensamiento. ¿Alguna vez ha encontrado algo ahí, en su cabeza, que le haya aterrado?
Escribir literatura es abrir una a una todas las habitaciones de tu propio ser; pero todos los autores saben que hay una habitación oculta, una puerta que no deberían abrir porque entonces tendrían que enfrentarse a sí mismos, al monstruo, como Terseo con el minotauro. El desafío de cualquier escritor es abrir esa puerta y sobrevivir, resistir. La mayoría de escritores no se atreven... Yo estuve allí, y he visto al monstruo. Uno de mis libros, Lulu, es el resultado de ese encuentro, surgió de una valentía loca por descubrir quién soy realmente. Fue una experiencia muy dura.

Dice que sólo ha escrito sobre su mundo interior, que, por ejemplo, el Bucarest de sus libros no tiene nada que ver con la ciudad real sino que es una creación suya, a su imagen y semejanza. ¿Tiene usted complejo de Dios? De hecho, una de sus canciones favoritas es God, de John Lennon...
La literatura es una religión para los escritores, bueno, para los que merecen ser llamados escritores. En realidad, un escritor tiene que ser un sacerdote del dios de la literatura. Es lo que elegí desde el principio: poder experimentar los milagros de la inspiración pero sabiendo que puedes ser destruido por ese dios, como les ha ocurrido a tantos otros. Es como lo que comentaba de la habitación oculta: tienes que tener la sabiduría suficiente para confrontarte con ese dios y no ser asesinado por él, debes mantener la distancia para tener sólo un atisbo de la inspiración y la literatura. Me menciona usted a Lennon, que sí, es uno de mis héroes... Él fue, precisamente, destruido por el dios de la música. Canciones como God o Mother son, en mi opinión, poesía de la más alta. Tuvo el gran valor de mostrarse como lo que realmente era, se deshizo del cuento de hadas de The Beatles, y se enseñó como alguien duro, incluso malvado... «I don't believe in Beatles /I just believe in me»: hay que tener gran valor para escribir algo así.

Le preguntaron una vez a qué se dedica cuando no lee o escribe y respondió: «A intentar no suicidarme». Pero en su cuenta de Facebook sube muchas fotos de paseos por bosques, imágenes bonitas con su esposa, con amigos, bien sonriente... ¿Hay muchos Mirceas Cartarescu y usted los saca a pasar a conveniencia?
Yo solía ser un gran enemigo de Facebook. Lo odiaba... Hace unos seis años tuve una depresión patológica, una depresión real que estuvo a punto de matarme porque no me gusta tomar medicinas. Preferí adoptar maneras alternativas de curarme; una de ellas fue abrirme una cuenta de Facebook, y me ayudó mucho. Parte de mi problema fue aceptar mi aislamiento. Tengo una relación de amor-odio con la soledad: me encanta, la necesito para escribir, por ejemplo, pero a la vez me mata. Así que empecé a postear cosas en Facebook y todo cambió: empecé una socialización que no podía tener en el mundo real. Y funcionó. Pero siempre con una condición: mantener las distancias entre facetas, no mezclar literatura y Facebook, en la cuenta nunca habrá fragmentos de obras o poemas.

¿Le importa cómo le perciben los demás?
No me importa mi imagen, si soy percibido como alguien grave, serio...

De hecho, el humor cada vez ocupa más porción de su obra.
Tengo varios libros para niños [uno publicado en España, Las velas extranjeras, y otro, Enciclopedia de los dragones, aún inéditos entre nosotros] que son sólo de humor. Hago lo que quiero: si me apetece escribir un libro sólo para divertirme y reírme durante la escritura, lo hago. La gente que me conoce bien sabe que me encanta reír y hacer reír. Soy una enciclopedia de chistes [risas]. Y de todo tipo, de los verdes también. La prueba está en que llevo 20 años casado con mi mujer y todavía cada día le cuento chistes que no sabe.

¿El drama y lo tremendo están sobrevalorados?
No diría tanto, pero sí que es más fácil escribir libros serios, en los que el autor se muestra como alguien inteligente, preocupado por los problemas del mundo, por el medio ambiente... Es una bendición tener sentido del humor en la literatura, muy poca gente lo tiene.

Dante, Kafka, Borges... Sí, de acuerdo, pero la gran influencia en su literatura es su madre, al parecer una excepcional relatora...
La familia está entusiasmada porque cumplirá 90 años en julio y hemos preparado una celebración a lo grande... Es una mujer muy independiente, lista, mucho más lista que yo [risas]... Sí, es la persona más importante en mi vida. No recibió instrucción de ningún tipo, pero soñaba muchísimo y cada mañana nos contaba lo que había soñado la noche anterior. Sus sueños eran surrealistas, extremadamente coloridos e inesperados; eran como visiones que transcurrían en el campo en las que hablaba con familiares muertos y había esos iconos ingenuos que tenía en casa, como un San Jorge... Y todo se mezclaba como en un cuadro de Chagall, con imágenes maravillosas. Influyó mucho en mi literatura.

¿Lee ella lo que escribe usted?
No, no.

¿Es un alivio?
Sí, de alguna manera... Cuando escribo no soy demasiado discreto sobre mi madre, padre, mis familiares. A veces, cuando era más joven, no fui muy prudente, y describí a mi tía, su hermana, de manera dura, con enfado. Y a mi madre no le gustó. Es una historia complicada de la familia... A mi madre no le gustó que escribiera sobre la familia. Así que llegó un momento en que me dijo: «Mira, Mircea, no te enfades, quiero que tengas éxito como escritor pero no quiero leer tus libros. Además, soy una pobre mujer sin educación, no podría entenderlos». Y le dije: «Está bien, mamá, no te preocupes» [risas].

¿Cansado de que le pregunten por el Nobel?
Me lo preguntan siempre. Y sólo tengo una respuesta: que no tengo nada que decir sobre ello [risas]. Dicen que yo he estado muchas veces en la lista de finalistas pero no hay lista como tal, todos son rumores... Sólo están las listas de las casas de apuestas, que hacen que un Liverpool contra el Barcelona sea igual que un Javier Marías contra Cartarescu. No tengo nada que decir.

Hablemos de algo de lo que no se habla tanto, entonces: del Cartarescu profesor. ¿Qué tal es?
Siempre he sido profesor. A los 24 años fui profesor de instituto y ahora llevo 32 ó 34 años, no recuerdo, como profesor de la Universidad de Bucarest... Es un milagro hablar sobre libros y que te paguen por ello. Además, mis colegas y jefes saben que estoy loco y me dejan enseñar lo que quiera. No tengo materias obligatorias que impartir; un año imparto estudios de género, otros estudios culturales... Y jamás hago papeleo de burocracia; si me pusieran a hacer algo así les pediría que me despidieran. Aunque ya sólo me quedan dos años para la pensión [risas]

Decían los griegos que los buenos profesores son aquellos que terminan siendo superados por sus alumnos...
Lo que puedo decir es que me siento muy, muy orgulloso de que mis estudiantes me quieran mucho.

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