19 de mayo de 2019
19.05.2019
La mirada femenina

Una tarde en el teatro

19.05.2019 | 05:00

El pasado domingo, por fin, pude ver a José Sacristán sobre las tablas del teatro Romea. Digo por fin porque ya hice una intentona previa que cayó en saco roto. Una semana atrás y con motivo de la visita fugaz de un amigo compré dos entradas que nunca llegaron a salir del monedero. Al final el amigo en cuestión prefirió visitar la fundación Joan Miró y no llegábamos a todo.

El teatro Romea, en la calle Hospital, está en el corazón de uno de los barrios más eclécticos de Barcelona, el Raval.

Teatro emblemático de la ciudad que en el 2015 recibió la cruz de Sant Jordi, con capacidad para seiscientas personas en el que inicialmente sólo se pretendían mostrar piezas en catalán. Afortunadamente para todos eso cambió y hoy tiene una programación de lo más variada. Por ello estos días los barceloneses catellano y catalano parlantes podemos gozar de un singular monólogo como este de Miguel Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris.

La adaptación teatral a manos de José Sámano, el propio Sacristán e Inés Camiña está muy bien conseguida. Se rescata la que fuera la única obra autobiográfica del escritor en la que narra la inesperada muerte de su joven esposa, Ángeles de Castro, tras el diagnóstico de un tumor cerebral.

Me encantan las historias en las que se confirma el tópico de que tras un gran hombre hay una gran mujer. Miguel Delibes el escritor jamás hubiera existido sin la existencia y la influencia de Ángeles de Castro. «Yo escribía para ella€» reconoció el escritor.

Aparqué en un parking de la rambla del Raval y crucé la calle Robadors. Esa pequeña calle protagonista de más de un suceso. Es cierto que desprende una especie de irradiación oscura.

No llegué tarde, la cola llegaba casi hasta Ramblas. Pedí la vez y ojeé mi móvil para entretenerme mientras hacía la cola dando pasitos de ciego. Dio para despachar todos mis whatsapps. Hoy una nunca tiempo de aburrirse ni siquiera haciendo cola.

Es cierto que la historia, por su crudeza, no era lo que más me apetecía que me contasen. Cuando empezó el drama, resoplé en mi butaca. Que un marido enamorado, pintor frustrado a su vez, hable de la enfermedad y muerte de su mujer ya es suficientemente amargo, no hace falta forzar el llanto. De hecho, a mi entender, perdía fuerza cuando el protagonista intentaba romper la voz. Eso y el horrible retrato del final son mis únicas críticas.

El personaje estaba bien cogido, el texto nítido, maravilloso, la voz inmejorablemente colocada llegaba hasta los lugares más remotos de la sala sin esfuerzo alguno, y el personaje, ágil sobre las tablas, integrando en su actuación hasta los torpes estornudos y toses y los insistentes sonidos de los móviles.

Sentí vergüenza ajena. Se pidió al público expresamente por megafonía que apagara los móviles. Aquello parecía un geriátrico.

Fue muy gracioso porque tras el parco aplauso barcelonés, mira que a veces somos antipáticos, Sacristán se despidió diciendo: «Espero que la próxima vez que nos veamos os hayáis recuperado del resfriado».

Sin duda alguna es uno de los grandes.

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