29 de septiembre de 2019
29.09.2019
Entrevista

"No es lo mismo ser capital de la cultura que el hecho de que la cultura sea el capital de una ciudad"

Guillermo Busutil presenta 'La cultura, querido Robinson', una recopilación de textos publicados en La Opinión de Málaga entre 2014 y 2019, casi 70 observaciones contundentes y esperanzadas sobre el estado de las cosas en los asuntos culturales con un retrato de fondo del propio escritor

29.09.2019 | 05:00
Guillermo Busutil, en la redacción de La Opinión de Málaga.

Las colaboraciones periodísticas suelen tener una fecha de caducidad, una vida muy corta. ¿Relanzar estos artículos es, de alguna manera, una rebelión contra esta corta existencia impuesta por los tempos de los medios de comunicación?
Unas veces escribo desde la actualidad que sucede, y otras desde la intemporalidad que facilitan la reflexión y la indagación en los significantes de un hecho cultural. En ambos casos intento que aquello qué busco descifrar y transmitir tenga una profundidad por encima de lo efímero. En ese sentido he intentado armar un libro de crónicas que crucen esa frontera de lo fugaz, de lo inmediato y produzcan un eco o un marquen un norte.

El título del libro lo es también de uno de los artículos incluidos, un cartografía de la cultura como una serie de islas, aparte pero secretamente conectadas. ¿Es una utopía pensar en una cultura como una gran península o quienes disfrutamos de la cultura siempre seremos náufragos?
Claro, la cultura es transversal en sí misma. La marea del lenguaje, la actitud ante la vida y las manifestaciones que la expresan son las que conectan entre sí el teatro y el cine, la palabra y la imagen, los silencios de la pausa y la musicalidad de las ideas. La cultura es una coreografía que une diversas expresiones de la sensibilidad y no puede dividirse ni restarse porque entones pierde la plenitud que tiene y pretende comunicar. Somos náufragos desde la perspectiva de que la cultura nos aísla en el disfrute y en el conocimiento, en la soledad y el silencio de pensar y de crear.

¿De dónde surge la idea de La cultura, querido Robinson?
La idea está arraigada hace tiempo como una reivindicación de la dignidad de la cultura y del oficio que la interpreta desde el conocimiento, la mirada, la experiencia y el lenguaje con el que se transmiten sus claves, sus discursos, su importancia para formar criterio y, como defendía Hesíodo, ayudar a las personas a ser lo que son capaces de ser. Fundamentos devaluados en la sociedad del todo a cien y de la uniformidad.

Dicen que este libro es «una apuesta por la esperanza». ¿En qué sentido lo es?
Sin duda, la cultura ha movido siempre al ser humano hacia delante, lo ha convertido en aventurero y en ser libre. Sin cultura, sin una apuesta seria por ella como ocurre hoy día, la sociedad se desarma de audacia, de interrogantes necesarios y es cautiva del inmovilismo, de la mediocridad, de una realidad que constriñe la rebeldía de la creatividad. Mientras se construya y se promueva la cultura hay posibilidad de recuperar la ética, el valor de la palabra, la pluralidad de ideas que converjan en un encuentro y no en estériles batallas, y la capacidad de transformar y superar los narcisismos, la exclusión de los otros, los miedos, los convencionalismo de lo real.

En esto de la cultura muchos quieren ser protagonistas, escritores, artistas, actores, músicos, pero parece no interesarles tanto la otra faceta, el otro agente imprescindible para la cultura, el espectador, el lector. Usted, en cambio, es un creador que dedica muchos artículos a su faceta como receptor de otros mensajes. ¿Cree que uno de los males de la cultura es precisamente que hay más ganas de protagonizarla que de disfrutarla?
Efectivamente. Hoy todos quieren ser escritores y muy pocos aspiran a ser mejores lectores. O todos quieren ser columnistas, críticos, actores principales. Estar en el primer plano pero sin el rigor del conocimiento, el bagaje de la experiencia y de principios básicos como la vitalidad de la curiosidad, y la ambición de querer saber y aprender más. Y esto sólo se consigue leyendo, escuchando, observando, sin ni siquiera ser actor de reparto, cuestionándose a uno mismo en permanente construcción y aprendiendo de todo y de todos.

¿Qué le aporta su compromiso periodístico, esa obligación contractual por la cual debe enviar un texto cada semana, a tu visión de la literatura, tu gran ocupación?
El periodismo, como bien sabe, es una gimnasia que te mantiene en forma los reflejos, la espontaneidad, el dominio de los plazos y las urgencias. Para mí el periodismo es un oficio de vivir mundos, y tanto esa gimnasia como esa faceta de detective que indaga, recela y se adentra en las sombras, me confieren como escritor una riqueza de registros, de la inclinación a preguntarme y saber qué cada sujeto y verbo tienen su adjetivo, su acción, su tempus y su exigencia de que el texto se mueva y suceda dentro y con el lenguaje que lo cuenta.

La cultura, querido Robinson compila artículos escritos en La Opinión a lo largo de cinco años. Por lo tanto, supongo, habrá un retrato suyo de fondo, de Guillermo Busutil, alguien que sigue empeñado en «ese hermoso oficio de contar y de sentir».
Escritores con mucho criterio como Ernesto Pérez Zúñiga y Eloy Tizón han expresado muy bien que este libro tiene mucho de biografía y autorretrato impresionista. Efectivamente es el cuaderno de bitácora de un capitán que ha madurado en los mares de la cultura, en sus islas, con sus tormentas, sus cabos de Hornos, con los Robinsones anteriores, generacionales, de ahora, y de los que ha aprendido a manejar el timón de la mejor de las maneras.

Busutil, visitando una exposición del Ateneo. Foto: Álex Zea

Me gusta mucho esta frase suya: «La cultura no es el fenómeno de lo cultural que lleva a la gente a La Noche en Blanco, la cultura es entrar solo en un museo, no hacerlo en pandilla porque está lleno». Entonces, ¿en Málaga estamos viviendo un boom auténtico de la cultura genuina?
Por supuesto aquí, de la misma manera que en otros capitales, la cultura se consume como botellón, como escaparate y espectáculo. No hay un discurso real que promueva un tejido cultural interactivo real ni una auténtica profesionalidad que suba el listón de las propuestas. Hay una tendencia a la culturalización, una precariedad que alimenta la mediocridad y el confeti. Pero no existe un proyecto real de transformación, de avance, de crear un mapa ni un motor. Aunque sí hay gente estupenda que se esfuerza, que trabaja, y que aporta algunas cosas nuevas y diferentes a lo trillado.

¿Por qué parece que de repente a los políticos, especialmente municipales, parece importantes tanto la cultura, cuando históricamente ha sido la maría de sus programas?
Es que no es verdad que les importe. Lo que se hace es cubrir expedientes, vender puestas en escenas más o menos llamativas, sin el aval necesario de una financiación y una profesionalidad eficaces. La mayoría de esas apuestas esconden precariedad, escasez de criterios, erróneas y lamentables politizaciones de filias y fobias. Hay también algunas apuestas importantes que funcionan y otras que podrían hacerlo mejor. Pero a veces el miedo a rodearse de los mejores termina por restarles potencial. La diferencia reside en que no es lo mismo ser capital de la cultura que el hecho de que la cultura sea el capital de una ciudad.

¿Qué le dice la expresión turismo cultural? ¿Es realmente un contrasentido o es posible que la cultura pueda ser un motor turístico sin perder su profundidad por el camino?
Éste es un problema complejo que hay que saber resolver. Primero desde la educación social y de la instrucción del conocimiento y después desde la gestión. No tiene sentido acudir en chándal al Belvedere de Viena y formar cinco filas de selfies con El Beso de Klimt detrás ni desfilar delante de los cuadros charlando con el acompañante de cuestiones insustanciales y ajenas a lo que muestran los cuadros o lo que transmiten. El turismo cultural lo que favorece es la gincana jolgoriana de la cultura que, al contrario, requiere recogimiento, introspección, experiencia de los sentidos y no embriaguez que es lo que generalmente produce el turismo cultural.

No puedo dejar de preguntarle por el adiós de la revista Mercurio (en La cultura, querido Robinson incluye piezas publicadas en la revista). Ahora que ya han pasado unos meses del cierre, ¿qué queda de aquella aventura que usted capitaneó durante sus últimos 12 años años?
Lo que queda es la satisfacción de haber hecho desde Andalucía una de las mejores revistas nacionales de literatura basada en la pluralidad, en contenidos que siempre intentamos mantener desde la exigencia y la independencia de la calidad. Queda la satisfacción de un trabajo hecho lo mejor posible con entrega, amplitud de miras y generosidad, dándole visibilidad a los sellos más pequeños y con un buen equipo de profesionales. Esto que digo y lo que queda está en las hemerotecas que muestran las palabras de apoyo, de reivindicación y de felicitación que tuvimos de muchísima gente de renombre el gremio y de lectores a lo que han sido los doce últimos años de Mercurio y a mi trabajo al frente intentando equilibrar la divulgación, la plasticidad estética y la riqueza de la expresión literaria en favor del fomento de la lectura. Lo malo es lo que siempre nos vuelve a herir de la naturaleza humana: la falta de elegancia de unos, la arrogancia y torpeza de otros, la facilidad con la que se olvida el valor y la generosidad en la aventura.

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