29 de noviembre de 2019
29.11.2019
Tribuna

Revisitando a Miguel Romero Esteo

El Pizzicato es un escupitajo en la cara del público que acude con aires culturetas a los teatros para luego tener conversación en los urinarios

29.11.2019 | 05:00
Miguel Romero Esteo

Pasa el tiempo, corren los días, agotamos las horas y llegan, fieles e inoportunos, los tristes aniversarios: hace un año se marchó sin hacer ruido el escritor Miguel Romero Esteo. Desde entonces se han llevado a cabo varias iniciativas cuyo objetivo común es que su nombre, pero en especial su obra, no caigan en las garras tiranas del olvido: lecturas, publicaciones, premios y artículos en prensa dan buena cuenta de ello. La legión de seguidores parece que va en aumento pero su obra dramática, que es el tuétano de su universo, todavía espera para ser llevada de manera sistemática a las tablas, con valentía.

El trabajo previo, desempolvarla y ofrecerla en cuidadas ediciones enriquecidas con estudios y archivos de todo tipo, ya lo hizo la editorial Fundamentos bajo el auspicio de Luis Vera y Óscar Cornago. Publicaron todas las grotescomaquias, las geniales y las mediocres, y Tartessos, el monumento. Para cerrar el círculo queda aún el resto del ciclo tartésico, largo y espeso. Y luego habría que meterle mano a lo inédito, que no es precisamente poco. En cualquier caso nunca será una empresa fácil ni individual y cualquier aportación tiene que ser bienvenida y abrazada.

Si había alguien que odiara los chiringuitos del poder y las apropiaciones indebidas, ese era Romero Esteo, que siempre se mantuvo, tanto en Madrid como en Málaga, al margen de los circuitos culturales promovidos por los burgueses y los pequeñoburgueses, los estetas y los teoretas: sencillamente, le repateaba el hígado.

En nuestra opinión, no hay mejor manera de acercarse a su obra que a través del Pizzicato irrisorio y gran pavana de lechuzos, escrita en el año 62 pero publicada en el 78 en la colección de Letras Hispánicas de Cátedra, a la que añadió uno de sus más recordados escritos, Introducción al currículum vitae y al agua de rosas, dividido a su vez en El teatro de la muerte, las memorias de sus años infantiles y adolescentes, con la Guerra Civil en el meollo del asunto, y La muerte del teatro, texto teórico en el que discurre sobre su relación de mucho amor y no menos odio con el teatro. Porque él quería ser músico, y lo repitió hasta la saciedad toda su vida. El Pizzicato, sostenemos, es una pieza altamente recomendable, y por algo lo elegiría el autor antes que las más conseguidas Horror Vacui o Pontifical. Las ventajas que presenta son evidentes: no desquicia en su lectura pero irrita lo suficiente, tanto por su vocabulario soez y ambiguo como por los temas tratados sin disimulo; es perfecta para comprender los recursos estilísticos y retóricos que amplificará y mejorará en obras posteriores y, por último, da una cabal idea de las obsesiones que vertebran y dan sentido al conjunto de su obra: la importancia del rito y la liturgia, la salmodia, la locura, las ganas irrefrenables de destrucción masiva, de que nada, en fin, tiene solución. Romero Esteo alberga desde el principio pocas esperanzas en eso que hemos dado en llamar ser humano.

Aires culturetas

El Pizzicato, en esencia, es un desmadre, una suerte de descenso a un infierno chusco y español. El país tampoco da para más, que diría don Miguel. O dicho de otra manera, es un escupitajo en la cara del público que acude zombi y con muchos aires culturetas a los teatros para luego tener conversación en los urinarios. La acción arranca en el salón decadente de una rica familia burguesa, cuando a las doce del mediodía los señores de la casa deciden desayunar servidos por la criada, la Fámula. Irán desfilando a partir de ese momento unos personajes grotescos, ridículos, patéticos, siniestros, subnormales, cretinos: el hijo medio rebelde y lelo que se muere de las muchas cagaleras, los vecinos pijos con su doncella casadera, un caco de guante blanco que desciende negro de carbón por la chimenea, unos polis que recuerdan a los guindillas valleinclanescos, un esqueleto que es metáfora de la universidad masificada y cateta, un clérigo, el profesor, el médico, el magistrado... La obra arrastra el tufillo de las deliciosas y apacibles comedias de enredo adobada de cierto aire detectivesco a lo Agatha Christie, pero intuimos que una mente muy perversa y canalla y nada misericordiosa anda entre bambalinas para volverlo todo del revés y rizar el rizo hasta el delirante infinito. A todo se le saca punta.

Protagonistas

Las palabras, alzándose en protagonistas absolutas, engendran palabras, sin contención ni medida alguna. La maestría y la originalidad en la acotación son absolutas. Hay momentos sublimes que seguro conducen a la plena catarsis durante la representación. Lo menos logrado sea, quizás, el desenlace, que en nuestra opinión se tendría que cerrar en la penúltima escena, cuando para liberar al hijo de las ansias de libertad deciden sodomizarlo con un embudo en un espeluznante ritual para así devolverlo a la normalidad de la sacrosanta familia española. Así se las gasta Miguel. En el ambiente queda flotando el recuerdo delirante de El Bosco. No es su mejor obra, es verdad, pero sí la más gamberra y anarcoide. Luis Vera nos ha confirmado que en una lectura que se hizo hace pocos años en una librería madrileña las risas del público, el descojono, presidieron el que se pretendía como solemne acto serio.

En la página 31 del número 5 del Boletín de Información Teatral de 1980 se informa de que el grupo vasco Akelarre ha recibido una subvención de un millón de pesetas para representarla. Muerto su fundador, Luis Iturri, amigo de Miguel, quizás nunca sepamos qué ocurrió para que ese proyecto no viera la luz. Para que de una vez pueda llegar a las tablas sin tener que rendir pleitesías a nadie solo se nos ocurre una idea: que alguna compañía sea capaz de asumir el riesgo y, a través de una campaña de micromecenazgo, reunir el suficiente dinero para representarla. No sabemos de cuánto estaríamos hablando, pero seguro que somos muchos los dispuestos a rascarnos el bolsillo. La poligonera Sala París sería un enclave perfecto. Representarla a la caída de la tarde, hasta la medianoche, y con bocadillos de chorizo y jarras de cerveza para los entreactos. Y la gran lámpara visigoda presidiéndolo todo. Así se aconseja en la Introducción. La gente, ilusa y suspicaz, no se lo cree, pero la obra es un verdadero desmadre, de una escatología enervante y desquiciante. ¿Le han pasado los años? Seguramente, pero sigue sorprendiendo por su osadía y su originalidad. El 16 de junio de 1978 fue un jueves frío y desapacible en Madrid. Miguel estuvo en El Retiro firmando ejemplares en la Feria del Libro. La editorial le dio a la obra cierta publicidad, anunciándola en revistas y periódicos. Cuarenta años después la ha hecho desaparecer de su catálogo digital, ninguneada. No estaría nada mal que nos animáramos para recuperarla y disfrutar juntos de ese ejemplo único de verdadero texto-fiesta.

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