23 de marzo de 2020
23.03.2020
La Opinión de Málaga
En primera persona

La gente de la cultura, desde sus búnkeres (II)

El confinamiento ordenado por el estado de alarma ha supuesto la cancelación de compromisos profesionales para los miembros de nuestra comunidad cultural. Hablamos con varios de ellos para ver cómo aprovechan estas jornadas forzosamente domésticas

23.03.2020 | 05:00

Seis relatos de creativos malagueños en su lucha cotidiana contra la pandemia y el aburrimiento

Regresamos a las trincheras finitas de los domicilios de los que hacen la cultura en Málaga, que estos días se refugian en la creatividad, la lectura y el cine para sobrellevar el confinamiento decretado por el coronavirus. Conectamos con los búnkeres personales de varios integrantes de la comunidad cultural malagueña para saber cómo llevan un acontecimiento que será devastador en muchos ámbitos pero quizás especialmente en el de la cultura.



Alejandro Simón Partal

Escritor y profesor

«Es difícil hablar de confinamiento propio sin parecer un pelín imbécil, como podemos comprobar estos días en las redes sociales. Soy un privilegiado, estoy en una casa cerca del mar junto a la mejor compañía, y, debido a que mi trabajo requiere clausura, mi rutina no ha variado demasiado. Solo espero que esta catástrofe sirva para que recordemos que nuestra misión aquí es la servidumbre. Lo importante no es lo que hagamos estos días, sino lo que supone para los demás eso que hacemos o dejamos de hacer. Asombra comprobar cómo seres tan necesitados y vulnerables como los humanos podamos sufrir de esta manera. El filósofo alemán Ernst Bloch decía que lo importante es aprender a esperar. Si lo aprendemos de verdad pasaremos a valorar el tiempo por su humanidad y no por la rentabilidad. Como personas que somos quizá nos interese más. Esta mañana, mientras desayunaba, leía una frase de Che Guevara en un libro del profesor Leonardo Boff: Hay que endurecerse sin perder jamás la ternura. Tengámosla presente, al menos, estas semanas».



José Luis González Vera

Escritor y profesor
«En primer lugar, me he confeccionado un estricto horario de tareas. Durante este encierro me he propuesto entregar a esta sociedad un poco de tanto como he recibido de su parte, y me estoy comportando como un ciudadano proactivo frente a la pandemia. Por ejemplo, me instalo en la terraza y detecto gentes insolidarias que pasean ajenas al daño que provocan. El otro día me peleé con dos vejetes que anduvieron una y otra vez calle arriba y abajo camuflados por una carpeta y unas gafas de sol tan ridículas que les delataban. Salí un par de veces y les azucé mi perro. A la tercera, intentaron alquilármelo. Respondí que, por motivos de conciencia, jamás cedería un perro con ébola. Salieron corriendo y no han regresado. Los pequeños gestos consiguen grandes avances. De igual modo, para que mis vecinos permanezcan en alerta, emito a mucho volumen sonidos guturales y agudos por el hueco de la escalera a las dos de la madrugada, o pulso sus timbres a altas horas de la noche. Me aseguro de que lo pensarán antes de atreverse a salir. En fin. Pequeñas ideas.

Por lo demás, y como pasatiempo, esto es, fuera de jornada, espío al vecindario femenino con los prismáticos siempre que encienden la luz de casa, juego al lanzamiento de cuchillos con una manzana y el repartidor del súper al que le corresponda ese día, hablo con mis amigos imaginarios a quienes no veía desde hace años y, eso sí, me lavo mucho las manos, además de hacer gárgaras con bicarbonato cada 15 minutos. No todo es malo en esta crisis; por ejemplo, me he dado cuenta de que no soy un ocasional consumidor de porno, ni mucho menos. Pero de manos limpias, por supuesto».


Isa Sánchez

Guionista y profesora
«Pues parece que esto solo acaba de empezar pero por ahora, lo llevo bastante bien. Tener un día por delante para ver películas, leer y escribir no creo que le sepa mal a ningún guionista. Estamos hechos a estar en casa y, por lo general, lo disfrutamos. Lo de salir a tomar un vino y darme un paseo también lo disfruto mucho y sé que voy a empezar a echarlo de menos pronto, pero bueno... Lo que peor voy a llevar es no ver en persona a mi familia y mis amigos, aunque tenemos teléfono y Skype. Incluso he vuelto a contactar con personas que hacía tiempo que no veía.
Lo que sí me ha cambiado es no poder ir a diario al gimnasio, pero estoy intentando no perder la rutina haciendo ejercicio en casa, que hay multitud de videos y aplicaciones. Me pongo una lista de Spotify, ¡y para adelante! Por lo demás, estamos descubriendo cuánto cunde el tiempo, ¿no? Estoy leyendo más, escribiendo más, viendo pelis y series atrasadas... ¡Cuando salgamos de esto, vamos a ser la generación de españoles más culturizada de la historia, jajaja! Y de momento, estoy resistiendo la tentación de escribir un guión sobre lo que está pasando... Pero no prometo nada...».

Soledad Parody

Música

«Yo ya he vivido otros confinamientos antes. Nunca tan estrictos, claro, nunca tan mundialmente colectivos. Pero quiero decir que no me cuesta encerrarme y buscarme cosas que hacer. O cosas que no hacer. Porque el mayor tesoro es tener tiempo que perder, dejar de producir, por dios, por un momento. Estoy haciendo música y escribiendo, pero estoy sobre todo pasando un montón de rato hablando con mis amigos y familia (conversaciones profundas, de varias horas al teléfono, de las que hacía tiempo no teníamos), cocinando cosas ricas, limpiando, haciendo ejercicio, leyendo y viendo películas. En el autorretrato salgo como estoy, en bata y sin peinar, en el quicio de la puerta de mi balcón (es una suerte enorme tener balcón), cegada momentáneamente por la luz del exterior... (Recuerden por favor que es importante que nos de el sol un ratito cada día)».»


Rafael Inglada

Poeta e investigador

«No me ha abrumado el confinamiento por edad. El silencio es a veces el reparador de uno mismo, pero más aún lo es el seguir las pautas en semanas tan difíciles. Esta clausura obligada (que nos hace añorar tantas cosas que siempre nos había parecido normalidades de la vida cotidiana, como abrazar al ser querido o estrecharle la mano al amigo casual) me ha permitido pensar más allá de lo pensable y disponer de un trabajo atrasado que, así parece, va cuesta abajo.
En este impasse he releído y he puesto al día asuntos que tenía demasiado pendientes y que avanzan, por la situación creada, demasiado, demasiado lento: preparar, para la temporada que se avecina en la Fundación Picasso, la exposición Eugenio Chicano: A Pablo Picasso, dedico, que me ha trasladado a años pretéritos y que suenan ahora con más rotundidad en la reclusión. Es el pintor y amigo desaparecido quien me acompañaba, quien me dicta desde un despacho demasiado ordenado con las paredes rojas y, frente a mí, el óleo de una naturaleza muerta: dos pájaros colgados, firmados por la mano maestra de José Ruiz Blasco, padre de Picasso. En el cuarto hay una calavera pintada por Antonio Mérida, una vista del Sagrario, de Paco Moreno, una estampa de San Juan de la Cruz, quien siempre va conmigo en las lecturas, y libro, libros y más libros de poesía.

Repaso las obras completas de Pablo García Baena para la editorial Renacimiento y corrijo textos y respondo al WhatsApp y a correos privados. En todo ello he convertido mi pequeño mundo, que soy yo mismo, y, aunque cunde el silencio, soy yo quien me dicto. Ojalá, muy pronto, regresemos a la alegría. Es cuestión de todos los que ahora me leéis desde estas páginas».

Foto de Laura Rosal.

David Leo García

Poeta

«¿Quién iba a imaginar que la inadaptabilidad social supusiera una ventaja evolutiva? De alguna forma, siento que llevaba toda la vida preparándome para un aislamiento de estas características y, aunque alguna pequeña crisis es inevitable, nunca falta algo que hacer: cocinar bien y lentamente (mucho pescado, mucha verdura), algo de gimnasia (compré una bici estática hace unos años), leer a los estoicos (¿qué estará haciendo Séneca ahora mismo?), imaginar que tengo perro, aprender (quizás) papiroflexia, fortalecer un idioma, mirar a los voyeurs de enfrente, fortalecer los lazos con los primos terceros, charlar con antiguos amigos que ahora parecen más receptivos que nunca, proponerme retos cinefílicos (todo Bergman, todo Ophüls, todo Lubitsch), aplaudir a horas intempestivas, procrastinar un poco menos. O un poco más. Y confiar en que saquemos alguna enseñanza de todo esto, aunque no estoy seguro».

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