25 de abril de 2020
25.04.2020
La Opinión de Málaga
Crisis del coronavirus

La gente de la cultura, desde sus búnkeres (VII)

El confinamiento ordenado por el Estado de Alarma ha supuesto la cancelación de compromisos profesionales para los miembros de nuestra comunidad cultural. Hablamos con varios de ellos para ver cómo aprovechan estas jornadas forzosamente domésticas

25.04.2020 | 20:35
Beatriz Russo.

Regresamos a las trincheras finitas de los domicilios de los que hacen la cultura en nuestra ciudad, que estos días se refugian en la creatividad, la lectura y el cine para sobrellevar el confinamiento decretado por el coronavirus. Conectamos con los búnkeres personales de varios integrantes de la comunidad cultural malagueña.

Beatriz Russo, poeta y narradora


«Antes del confinamiento me quejaba del poco tiempo que tenía para pasar en casa. Anhelaba aquellas tardes de sillón, dormitando con el rumor de una película de fondo, o estar simplemente en la tumbona del jardín contemplando el cielo. En definitiva; no hacer nada. Por eso, cuando llegó el estado de alerta (yo ya me había anticipado una semana al seguir las noticias de Italia), pensé que esos días me servirían para descansar. No me imaginaba yo que quedarme en casa iba a ser aún más estresante que la agenda que tenía programada antes del ataque del Covid-19.

Mis días transcurren entre ayudar a mi hijo a organizar sus infinitos deberes (hacer de profe), llevar la casa y trabajar como lo hacía antes, a distancia. Me encargo de los contenidos del blog de la editorial Malpaso y seguimos el mismo procedimiento que antes, con reuniones de los equipos por videoconferencia un par de veces a la semana. Mi trabajo consiste en leer mucho, así es que mato dos pájaros de un tiro, porque mi herramienta laboral es también mi ocio. Por otro lado, acabo de sacar un nuevo libro de poesía, La llama inversa (Huerga&Fierro), que, evidentemente no ha podido cumplir la agenda de presentaciones prevista. Así es que la única manera de promocionarlo es online, compartiendo en RRSS videopoemas y reseñas que los críticos van publicando en sus medios. Pero no es lo mismo, necesito salir a la calle con mi libro y pasearlo entre la gente.

Mi vida social es un caos. Entre estar pendiente constantemente de mis padres (nunca antes había hablado tanto con ellos) y hablar por videoconferencia (qué gran invento) con mi hermana y familia que viven en Berlín, mis amigos más cercanos (y los que no lo son tanto pero me preocupan), y estar al tanto de cómo se va resolviendo la pandemia, se me va el día. Quizás la noche sea el único momento para relajarme porque me espera mi momento cine. Me ha dado por hacer un repaso de los clásicos y tengo montados varios ciclos. Es maravilloso, me devuelven a mi infancia de cine en blanco y negro o cinemascope.

La parte negativa y terrible del día a día es, obviamente, esa sensación tan espantosa a las doce de la mañana cuando compruebo el número de víctimas. Es entonces cuando miro a mi alrededor y doy gracias por estar en casa pese a echar de menos muchas cosas, sobre todo las sociales; ver a mi familia y amigos, tomarme un espeto en un chiringuito, pasear por la playa, viajar, asistir a eventos culturales... pero sé que llegará el momento. Y si quiero que sea cuanto antes, mejor... #YoMeQuedoEnCasa».

Fran Perea

Fran Perea, cantante y actor


«Amanece otro día.

Muchas novedades en el mundo, pero en mi casa parece que todo está igual, en calma. Los ruidos de la vecina de arriba rompen la tranquilidad de la mañana (y a veces de la noche, no sabemos qué hace)...

Pongo la cafetera sobre la vitro, empiezo a consultar el móvil: Twitter echa humo, lo dejo rápido, Instagram aun está despertando, miro Facebook también, consulto las cuentas del banco, no sé, parece que sintiera que mirándolas varias veces se produjeran ingresos, pero no. Pongo la radio. Nos hace mucha compañía en estos días. También la música...

Cuando la cafeína ha hecho efecto, me voy al estudio. Toco un rato la guitarra, compongo, estudio, hago algún video que la gente me pide para ayudar a diferentes causas en estos días, con la esperanza de que lleguen a cumplir su objetivo...

La tripa me avisa de que hay que empezar a hacer la comida. Aperitivo, almuerzo con el telediario y a veces, un poco de siesta, es el ritual. Desperezarse y volvemos a la carga. Lectura, estudio, manualidades, bricolaje y a las 18.30h, ejercicio, una hora.

Conversación con la familia, videoconferencia. Ver a mis padres, a mi hermana, a los sobrinos. Siempre se queda uno con ganas de más, pero hay que salir a aplaudir. Cada día con más ganas, por la gente que hace que el mundo sea mejor cada día. Gracias...

Otro rato de guitarra...

Quizá algún directo en Instagram...

Cena, serie, u otra serie, u otra.

El día termina. Otro día más. Otro menos».

Pablo Garrido (y su hija Victoria)

Pablo Garrido, músico y periodista


«La verdad que en cierto sentido no ha parado el ajetreo. Eso sí, con algunos retoques en mis mecanismos y hábitos normales. Si realmente lo pienso no he dejado de ser el mismo ratón caminando en círculos en el bucle de una onda. Me explico: yo vivo encerrado en un estudio de grabación la mayor parte del año, exceptuando cuando salgo a tocar, a hacer el sonido o grabar a alguien en algún estudio externo. Así que mi vida, durante ciertas épocas, ya es una especie de confinamiento monacal/musical.

Después de mis últimas correrías en el periodismo y la política me dije a mi mismo que mientras pueda y mi economía me lo permita, esto es lo único que me interesa hacer ahora. Estar expuesto demasiado tiempo al asbesto de la vida pública, como muchos sabrán, puede ser tan tóxico o más que el Covid 19.

El confinamiento ha eliminado mi rutina de estudio, ensayos, conciertos y grabaciones externas y ha trasladado toda la actividad a mi home estudio, donde solo puedo trabajar por las tardes. Las mañanas las dedico a hacer de profe y animador socio cultural de Victoria (mi hija) y tampoco puedo hacer ruido porque la verdadera profe de la casa, María Isabel Ponce (mi pareja), está dando clases a su alumnado del IES Campanillas toda la mañana por la webcam.

Por las mañanas también tengo que sacar huecos porque estoy haciendo promoción del nuevo disco, contestando entrevistas, mandando reseñas y haciendo contactos. Por la tarde me pongo a tocar, a grabar cosas, mezclar o arreglar algún encargo de otro artista. No puedo hacer mucho ruido en mi apartamento. No quiero que mis vecinos me odien, así que solo me queda hacer algo de magia con las mixes o los arreglos o alguna cabronada con el sonido. Por supuesto con los cascos puestos o los monitores muy bajitos.

Posdata: Estuve a punto de sacar los altavoces al balcón y hacer una versión del Resistiré del Dúo Dinámico en clave Metal machine music de Lou Reed, pero Marisa amenazó con mandarme a un Arca de Noé de esas y desistí de hacerlo».

Álex Meléndez.

Álex Meléndez, músico y escritor


«Que en peores guerras he estado, no me cabe duda; en una tan extraña, en absoluto.
Mis días discurren en un ya conocido confinamiento. En la otra vida entre semana me dedicaba a estar con el teléfono colgado de la oreja cerrando conciertos, como buen tratante gitano que soy –corre por mis venas– esperando que llegara el jueves –el lunes de cualquier artista- para salir como un victorino desbocado a comerme el escenario con mis proyectos musicales (hasta inclusive últimamente los domingos con dobletes, tripletes). Ahora parece que el único escenario son esas redes en la que al principio con esa buena voluntad de esperanza en el ser humano todavía guardaba, traté de organizar una serie de conciertos online con compañeros maravillosos; al poco rato nos trataron de aprovechados, oportunistas, autobombistas, de no cobrar por hacerlo los mismos que toman el relevo en estos momentos de conciertos patateros como los definían. Mejor ser desconocido en estos tiempos que mal conocido, que decía Castaneda.

Aprovechando este retiro a punta de mascarilla, estoy centrado en un proyecto de guitarra instrumental con un gran compañero de Barcelona, Manuel Perez, componiendo y grabando a golpe de wetransfer y whatsapp un maravilloso trabajo. Poner estos temas en las redes es como meter una tarta de nata inmaculada en un sótano inundado de aguas fecales, por que el patio internauta está de aúpa con tanto politólogo agobiado.

Mi próximo disco, Prueba De Vida – parece que tengo un punto de adivino en poner títulos a mis discos-, aguarda en el cajón. Pero sobre todo en lo que más centrado estoy es en sobrevivir, sin ninguna entrada de dinero en casa, ninguna prestación a la vista y todo el trabajo anulado o pospuesto para el año que viene. Voy a intentar de convencer a mi directora de banco de irle saldando cuentas a golpe de sonetos y décimas o algún concierto patatero privado por el Skype.

Salud para todos y mucha fuerza a todos, saldremos de ésta como podamos, pero saldremos. Un abrazo zocato».

Martín de Arriba y la Pink Chadora.

Martín de Arriba, artista


«8.50 h. Despego el ojo mientras un perro de raza incierta (pero parece grandecito) ladra desde el iPhone, justo diez minutos antes de llegar al trabajo. Me preparo el café y, mientras la cafetera ruge, enciendo el ordenador (no, no vivo en un zoológico).

9.00 h. Las primeras cuatro horas del día parecen normales. En pijama, sí, pero normales. Y sí, en las reuniones soy esa clase de persona que se pone mona solo de torso para arriba. Abro las redes de las editoriales, reviso el correo, trabajo en uno de los libros futuros, organizo algún evento online con nuestros autores y poco más, ya es la una y trabajar en una editorial gastronómica da hambre y en una de poesía más hambre aún (si no que le pregunten a un poeta).

13.00 h. Doy un salto (literal) y me pongo con la cocina. El iPhone me regaña porque dice que apenas he cumplido con mi ración diaria de pasos. Lo silencio. Recojo un poco la casa. Tiendo las ya clásicas lavadoras de toallas y pijamas. Una vida al estilo de Los Simpsons.

14.00 h. Aquí se come como Dios manda: a las dos y... mirando la tele (¿o será la vejez incipiente?). El dedo no se despega del mando para cambiar de canal en cuanto escuchamos la palabra coronavirus, algo que convierte la comida en un speech con hipo ininteligible.

15.00 h. Tiempo libre. Al final acabamos hablando sobre el virus, claro. Lo quieras o no está en el aire, es imposible evitarlo, como yo ahora mismo. Cualquier intento de esquivar el tema cae en saco roto.

16.00 h. Lunes, martes y miércoles: me pongo un chándal improvisado y hacemos deporte. Me cuesta arrancar, pero, cuando te pones, una buena sesión de puñetazo y patadas al aire le sienta bien a cualquiera. ¿Que me cansa la broma repetida del monitor? ¡Sí! ¿Que todos los días me dice que lo estoy haciendo fenomenal? También.

Jueves: Cocino en un directo de Instagram con la reina de los dulces, @aliterdulcia. Entramos en trescientas cocinas engordando solo en una (aunque la relación tiempo invertido haciendo deporte vs. comiendo dulce no me convence del todo).

Viernes y sábado: Suele venir a vernos Pink Chadora. Da la casualidad de que yo nunca estoy en casa. Pero tampoco he salido, claro. Ella sí que sabe cómo invertir su tiempo: si no viene arreglada, sus dos horitas se las pega haciéndolo. Después lo mismo te monta un gabinete de videncia que un recital de poemas pop, además de tutoriales de maquillaje, consultorios amorosos o entrevistas desde la bañera.

Los domingos los aprovechamos como las últimas horas del día. Metemos en un cajón el látigo de la productividad. Perdemos un buen puñado de horas viendo noticias, saltando de un perfil a otro en las redes sociales y a las 22 h ya estamos en la cama con la mente en blanco.

Saldremos de este bucle absurdo y espero que sea antes de que acabe la temporada de Tiger King.

Tres cosas que no os he dicho: me ducho una vez al día, cargo el móvil tres veces y #PinkChadora soy yo».

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