21 de noviembre de 2020
21.11.2020
La Opinión de Málaga
Serie

Las 64 casillas saltan a la TV

Las partidas de la serie están copiadas de juegos reales entre grandes maestros. La ambientación es muy fiel a la realidad, desde los clubs de Kentucky hasta Moscú y el sistema de duelos aplazados

20.11.2020 | 22:33
Las 64 casillas saltan a la TV

Gambito de Dama se convierte en uno de los fenómenos de la temporada catódica. La serie recrea con gran acierto y alguna licencia justificable la vida de los ajedrecistas. Los productores contrataron a Kasparov como asesor y entrenaron a los actores para que fueran creíbles. Analizamos la ficción con algunos de los ajedrecistas nacionales más importantes. ¿Una conclusión? Una lástima que la protagonista contribuye a perpetuar el tópico del ajedrecista inestable.

De la misma manera que los médicos serían críticos si el doctor House recetara un tratamiento inverosímil, los aficionados al ajedrez lamentan las escenas cinematográficas, desgraciadamente habituales, que incluyen movimientos absurdos y actitudes muy alejadas de lo que es el juego de las 64 casillas. Ingmar Bergman, por ejemplo, comete en su clásico El séptimo sello el error infantil de colocar al revés el tablero en la partida que disputan la Muerte y el caballero Antonius Block. Y tampoco un jugador de elevado nivel recibe un inesperado mate de su rival en un juego a ritmo pausado, como sí les endosan Jeff Goldblum y el replicante Roy Batty a sus rivales en Independence Day y Blade Runner, entre otras muchas películas.

Gambito de dama, la exitosa serie de Netflix sobre Beth Harmon, una ajedrecista ficticia criada en un orfanato, de formación autodidacta y adicta a los tranquilizantes, ha puesto medios y dedicación para evitar esos errores. Lo más destacado es que los productores contrataron como asesores al excampeón mundial Garri Kasparov y al reputado entrenador Bruce Pandolfini, cuyo trabajo con una joven promesa del ajedrez fue inmortalizado por Ben Kingsley en En busca de Bobby Fischer.

No era una cuestión menor puesto que no se trata de una serie con el ajedrez como recurso, sino como eje. Los personajes son inventados, pero parecen reales. Hablan como ajedrecistas. Mueven como ajedrecistas. En la serie sigue habiendo algunas libertades –más que imprecisiones–, pero no son sustanciales. «No es un documental, no son torneos reales. Creo que no hay que ser puntilloso y se pueden aceptar licencias dramáticas», sintetiza una de las jugadoras más fuertes de España, la maestra internacional femenina Patricia Llaneza. «Empecé a verla por curiosidad y la verdad es que me ha gustado mucho», añade.

Las partidas que se observan en la serie son algo más que creíbles. «Son reales, algunas clásicas y famosas y otras no tan conocidas. Se percibe un gran trabajo detrás», sintetiza el maestro internacional Alfonso Jerez. Las bases de datos no dejan lugar a dudas. La partida del campeonato de Kentucky en la que Beth Harmon derrota al favorito Harry Beltik está copiada de un duelo que mantuvieron Nezhmetdinov y Kasparian en Riga en 1955. La última partida rápida contra Benny Watts disputada en el apartamento de Nueva York fue antes una victoria de Morphy sobre Harrwitz (París, 1858). Y el duelo trascendental contra el campeón soviético Visili Borgov es una transcripción de una espectacular partida real que disputaron Ivanchuk y Wolff (Biel, 1993). Una curiosa anomalía es la ausencia de partidas que concluyan en tablas, un resultado más que habitual entre jugadores de altísimo nivel.

En cambio, se cuidan otros detalles hasta el punto de que se recupera el llamado sistema descriptivo (P4R, P4AD) de anotación de las partidas, desterrado hace tres décadas en favor del sistema algebraico (e4, c5). La lástima es que la traducción al castellano no sea la más acertada. No se dice «caballo rey a dama tres», sino simplemente «caballo tres dama».

Los actores fueron entrenados para memorizar las largas series de jugadas que se aprecian en la serie. «No se limitan a mover las piezas sin orden ni concierto, lo que no es nada fácil si no eres un jugador experimentado», comenta Jerez. Y lo hacen con estilo: los movimientos de las manos a la hora de capturar una pieza enemiga o pulsar el reloj de juego son excelentes.

Sin embargo, es censurable totalmente el acto de tumbar el rey, por muy cinematográfico que resulte, puesto que no es ni mucho menos lo habitual en el mundo de ajedrez. Cuando un jugador se encuentra perdido y quiere abandonar, lo que hace es tender la mano a su rival con gesto de resignación y parar el reloj.

Y otro detalle mejorable: cuando le toca pensar al rival, los actores se levantan y deambulan alrededor del tablero, algo habitual en el mundo real, pero, ¡horror!, nunca comentan con el contrincante los movimientos en medio del juego, como sucede cuando Beth se enfrenta en México a un joven prodigio ruso, y mucho menos lo insultan, como hace Beltik al enfrentarse por primera vez con la protagonista. Es más, hablar está prohibido por el reglamento.

Lo que no resulta nada convincente en Gambito de dama es el frenético ritmo en las partidas de los torneos. A esa velocidad, los juegos no durarían ni 10 minutos. De hecho, en un momento de la serie un director de un torneo le recuerda a Beth que cada jugador dispone de dos horas para efectuar 40 movimientos, un ritmo habitual en competición. Obviamente los guionistas sabían que el ajedrez es así, pero lo sacrificaron en aras del relato cinematográfico. El espectador no ajedrecista lo agradece.

Un aspecto muy cuidado es la selección de los escenarios, desde el sistema de sorteo manual hasta los relojes con palanca, hoy piezas de coleccionista. «Es una perfecta recreación de cómo eran los torneos de la época», afirma Jerez, quien destaca el gran contraste –real en los años 60– entre el campeonato nacional de EEUU, con escaso público, y el torneo internacional de Moscú, con multitudes agolpadas en la puerta siguiendo los movimientos de sus ídolos y buscando autógrafos.

Los ordenadores han acabado con las partidas aplazadas en los torneos, pero en Gambito de dama quedan muy bien reflejados los equipos que preparaban la continuación de las partidas en los grandes duelos.

«Me ha gustado cómo plasman la variedad de tipos de ajedrecista –prosigue Patricia Llaneza–: el buscavidas que se pasa las horas jugando rápidas, los aficionados que no pierden la ilusión pese a las derrotas, el jugador que busca un trabajo más estable pero siempre tiene el gusanillo, el niño prodigio...». «Salen algunos personajes extravagantes –añade Jerez–, pero en el mundo del ajedrez esos personajes existen y a nadie que juegue puede sorprenderle verlos». Por cierto, es relativamente común que los buenos jugadores puedan seguir partidas sin mirar un tablero, como demuestran Beth Harmon y su amigo Benny Watts en una conversación mientras van en coche.

El ajedrez, como sucede con la música, alumbra infinidad de niños prodigio, practicantes que descuellan sin haber cumplido los diez años. Sin embargo, la progresión de Beth es poco creíble sin tener más maestro que un voluntarioso conserje que a las primeras de cambio ya es derrotado. «Una de las cosas que más chirría es que ella se presenta en su primer torneo y lo gana: normalmente en tu primer torneo pierdes todas o casi todas las partidas, por mucho talento que tengas o muy bueno que acabes siendo», dice Jerez. «Probablemente la carrera de Beth va demasiado rápida y una vez comienza a destacar se encuentra demasiados pocos obstáculos para ser verdad (y, como ha comentado Judit Polgár, sus rivales la tratan demasiado bien para lo que podía esperar una mujer en aquel momento), pero no hay que olvidar que es una ficción y que explora muchos temas además del ajedrez de competición: su propio desarrollo personal, la lucha contra sus demonios y sus relaciones con otros personajes», relata Llaneza.

La lástima es que Beth Harmon repita el tópico del ajedrecista inestable. «Seguramente Beth Harmon no es un gran modelo por sus traumas y adicciones –concluye la jugadora española–, pero es muy positivo tener como referente y protagonista a una chica joven, elegante e independiente, rompiendo los estereotipos sobre tíos empollones, inseguros y desequilibrados a los que nos tienen acostumbrados la tele y el cine».

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