08 de diciembre de 2020
08.12.2020
La Opinión de Málaga
Entrevista

Esther García Llovet: «En realidad todos somos mucho más atípicos de lo que creemos»

La autora malagueña ha vuelto a fascinar a la crítica con 'Sánchez' (Anagrama), una crónica del Madrid habitado por outsiders

07.12.2020 | 19:28
Esther García Llovet, en una imagen de archivo.

«La única regla del juego es que todos entramos en la vida de la misma manera pero nos marchamos cada una de una forma diferente. Lo que hay por en medio es puro azar», dice

La malagueña Esther García Llovet lanza Sánchez, la segunda entrega de la Trilogía instantánea de Madrid que la escritora ya inició con Cómo dejar de escribir. Dotada de una agudeza agitadora, proyecta en Sánchez un ambiente de extrarradio diferente, alejado de tópicos, con diálogos ágiles y sencillos, cargados de una crudeza que puede hasta resultar cándida. Asegura que cuenta con varias propuestas para llevar el libro a la pantalla. ¡Que le echen un galgo!

Nikki es una filóloga dedicada a las apuestas y las timbas; Sánchez, un superviviente solitario, y Beltrán un pijo de Majadahonda aspirante a ser alguien. ¿Acaso representan paradigmas de un espectro social?
No creo que mis personajes representen nada o por lo menos no se representan más que a sí mismos. En realidad todos somos mucho más atípicos de lo que creemos. Podría haber hecho que Beltrán fuera un chaval del barrio de San Blas, pero eso habría resultado una historia muy distinta. Los prejuicios no me interesan nada. Los postjuicios, sí.

Un coche robado a un sordomudo cargado de pirulas, gemelas pelirrojas de quince años que dominan la noche, una china de dos metros de altura, una artista serbia que monta una performance con carne cruda de ciervo o la italiana que busca un galgo de carreras. ¿Ese tipo de personajes se buscan o se encuentran?
Los personajes saben dónde buscarse, es lo que tiene andar por los lugares menos trillados, que son como clubs exclusivos o como prisiones, según se vea, donde todos están por lo mismo y se conocen entre sí. La madrugada también puede considerarse un lugar.

Nikki hace de narradora, protagonista y testigo de lo que pasa, la que va hilando las costuras en planos encadenados. ¿El ritmo acompasa la historia?
Al principio, el protagonista era Sánchez, pero como es un renuente y tirando a vago quería que el protagonista tirase de la historia y de los acontecimientos también. Nikki tenía más pegada para esto, más decisión y más mala leche.

Más allá de las postales que ilustran Madrid existe una ciudad marginal, oculta, espectral y muy real. ¿Lo sórdido es auténtico, resuena a vital?
No creo que lo marginal ni oculto tenga que ser sórdido. Que sea menos visible sólo quiere decir que lo conocen pocos, y eso es una ventaja para que ocurra cualquier tipo de historia diferente.

La violencia también se insinúa, ¿no?
Son unos personajes demasiado hedonistas como para ser violentos. Y son vagos. Si hubiera un amago de violencia tampoco se la creería nadie.

El tiempo se pierde, como el dinero, y la ruina acaba con la vergüenza en un santiamén. ¿Estamos tan expuestos?
Expuestos a la ruina estamos todo el tiempo; hay quien le tiene miedo y hay quien no. Mis personajes no le tienen miedo porque ya la conocen y, por ejemplo, quizá por eso se arruinan sin parar.

La vida es ganar y perder, volver a ganar y perder. ¿Un juego sin reglas?
La única regla del juego que hay es que todos entramos en la vida de la misma manera pero nos marchamos cada una de una forma diferente. Lo que hay por en medio es puro azar.

La gente con pasta parece que esté por encima de todas las cosas, cuando está detrás de las cosas, se dice en la novela.
En realidad creo que eso se aplica más al poder que al dinero, que no son necesariamente lo mismo. Y cuando digo poder tampoco me refiero a la política ni a las instituciones, más bien a las grandes corporaciones.

Y todo es fugaz, como las lágrimas de las noches de San Lorenzo.
La fugacidad de que todo ocurra en un lapso de tiempo muy corto, como es una sola noche, es algo que quise escribir siempre, no sólo porque los acontecimientos ocurren muy deprisa sino porque el libro se lee muy deprisa también. Me gusta la literatura breve porque deja más una sensación, una emoción, que un recuerdo.

Cuando un libro se lee como quien ve una película, todo parece abonado para que la literatura dé el salto a la pantalla.
Sí, hay varias propuestas ahora sobre la mesa para llevar el libro a la pantalla, aunque los plazos en cine son muy lentos.
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