20 de diciembre de 2020
20.12.2020
La Opinión de Málaga
La vida moderna merma

La Esperanza de Málaga

La Esperanza tiene a Málaga como camarín pues es toda la ciudad el espacio en el que se detiene a dar consuelo. La esperanza de La Esperanza

19.12.2020 | 20:04
La Esperanza de Málaga

Las personas somos mucho menos fuertes de lo que aparentamos. El ciudadano medio discurre de manera altiva por la vida, sin prestar mucha atención a nada y con la vista puesta en lo individual.

No hay más. Ni menos. Nadie quiere saber nada del otro si no es por interés de algún tipo. No interesa lo ajeno. El problema común se atiende únicamente por acallar el fuero interno o simplemente por modas. Incluso, en algunos casos, nos preocupamos del hermano únicamente para fardar ante los demás de la gesta honorífica que supone abrir los brazos al que lo pasa mal.

Los valores no existen salvo en redes sociales. En la postura. Pero jamás en el fondo. Y el motivo es sencillo, tenemos lo suficiente para costearnos una puerta que nos encierre en nuestra realidad sin que nadie la vea. Y con eso basta. Así nadie conocerá nuestras miserias. Ruinas, por cierto, que en muchos casos rozan el abismo pero que, al ser desconocidos por el resto, nos sitúa siempre en una irreal atalaya de comodidad.

Cuestiones para el lamento interno hay muchas. Y no siempre económicas. Lo pasamos muy mal en el día a día. Los conflictos con los seres queridos. Las enfermedades. El caos en la familia o los sentimientos desbordados ante una injusticia nos aterran. El miedo al miedo elevado a la máxima expresión cuando de lo que se trata es de afrontar los problemas. Y siempre, sin que nadie se entere.

Con todo, siempre teníamos un fondo de armario que nos aliviaba. El sistema nos regala -o vende- elementos para en entretenimiento mental. Amistades fugaces. Sentimientos que no son tales. Relaciones efímeras y raciones bien servidas de fantasía nos sostenían.

Pero la vida nos ha dado un toque de atención. De los enérgicos. Y de un día para otro nos robó ese mundo anteriormente descrito. Y quedamos desprovistos de todo. De lo bueno y lo malo. Y llegó el encierro. La soledad espiritual y física. La maquinaria falsa dejó de funcionar y afloraron tantas verdades como terrores. Y en esas, salvo quienes se siguen consolando con miguitas de irrealidad, estamos aún.

Atravesamos una situación tan difícil que cada vez son menos los recursos reales a los que aferrarse para encontrar consuelo.

En ese sentido, nuestra ciudad, por sus características y complejidades, está viviendo una situación ciertamente amarga. El trabajo está en pause y el desconcierto es mayúsculo. Son muchos los que viven de un ERTE que nadie sabe hasta cuando continuará.

Las empresas están muy afectadas. El golpe ha sido fuerte y la sonrisa se apaga día tras día al no ver luz real al final del túnel.

Pero, en definitiva, lo que resulta común a todos en cuanto a preocupación es la incertidumbre. El miedo. No saber si tendré para pagar las facturas y el sustento de los míos en un par de meses. Si volverá el trabajo. Si mis jefes me despedirán porque el cierre de su empresa es inminente.

El profesional mayor que no sabe si será capaz de reincorporarse cuando esto se resuelva. Y la salud. El terrible dolor provocado por el mero planteamiento de no saber si vas a perder o no a algún ser querido.

La muerte está más cerca que nunca y nadie se escapa de ella.

Málaga se siente huérfana. Y ahora, al pasar el 18 de diciembre, hemos podido comprobar cómo sigue inquebrantable el consuelo que ofrece nuestra Virgen de la Esperanza.

Ahí, en un cercano crisol de verdes, se presentaba la imagen de la Virgen que, como cada día, se ofrece al auxilio del pueblo de Málaga.

Y yo no sé exactamente qué clase de soberanía ostenta, pero hasta la fecha, no se conoce un recurso más justo y necesario que su divinidad.

La Esperanza tiene a Málaga como camarín pues es toda la ciudad el espacio en el que se detiene a dar consuelo. La esperanza de La Esperanza. El recurso de los pobres, en espíritu y riqueza. El muro de las lamentaciones de todos los que necesitamos ayuda. Y además huele a romero.

Por eso estamos siempre a sus pies. Y acudimos, presencial, espiritual o virtualmente, a pedir y dar gracias.

Es un ruego continuo que para que nos ayude a salir de ésta. Que nos saque lo mejor posible de esta situación. Que no enferme nuestra madre. Que bendiga a los más chicos. Que nos proteja del peligro que supone la pandemia. Y que guarde a los que han muerto.

Necesitamos a La Esperanza. Y son tantas las dificultades que nos acechan que es consuelo y causa de nuestra alegría.

No te avergüences por pedirle a la Virgen. Primero porque no es malo. Segundo porque lo necesitas. Y tercero porque es tu madre.

Quizá, estos días con la Virgen más cerca, han sido los mejores que hemos tenido en Málaga desde el mes de marzo. Y ahí comprendes lo mucho que necesitamos el cariño, el consuelo, la misericordia y el buen consejo del vaso insigne de devoción que es La Esperanza.

El miedo nos puede porque esta pandemia nos está comiendo. El dolor nos aterra, pero el alivio está muy cerca. Bajo el cielo verde que inunda Málaga.

Nunca sabremos con certeza qué es todo esto. Pero lo único que queda claro es la falta que nos hace.

Viva Málaga y su Virgen de La Esperanza.

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