Se han cumplido dos años de la publicación de Los asquerosos (Blackie Books) y lejos de disiparse su influjo, como ocurre con buena parte de las modas literarias (va por la vigésima edición con más de 150.000 ejemplares vendidos), incluso se ha amplificado y ha logrado alcanzar una dimensión casi profética después de la pandemia.

En Los asquerosos, Santiago Lorenzo, a través del personaje de Manuel, hablaba de encontrar la felicidad a través de las cosas más simples, de la soledad, de la «parquedad gozosa», de la «austeridad fiera», como él mismo lo definía. ¿Hemos aprendido a valorar lo que tenemos y a disfrutar con lo mínimo después de haber visto peligrar nuestro sistema de vida a causa de un virus? Puede que releer ahora la novela nos de algunas pistas sobre este derrumbe de la sociedad de la abundancia. Pero no nos pongamos apocalípticos, porque tampoco va de eso. En realidad, se trata más bien de reírnos de nuestras propias miserias, de poner de manifiesto las contradicciones del mundo en el que vivimos. Eso es lo que ha intentado el tándem formado por el dramaturgo Jordi Galceran (responsable de hitos como El método Grönholm o Palabaras encadenadas) y Jaume Buixó (guionista y director de Polònia) al adaptar la novela de Santiago Lorenzo al teatro: no perder su enrevesado sentido del humor y situarlo en el centro de la función, que se estrena el 31 de enero en el Teatro Cervantes (dentro del XXXVIII Festival de Teatro) dirigida por David Serrano y protagonizada por Secun de la Rosa (Manuel) y Miguel Rellán (su tío).

¿Pero cómo se adapta a las tablas una novela en la que no hay diálogos? «Cuando leímos la novela Jaume y yo comenzamos a retarnos, casi como si fuera un juego», cuenta Galcerán. «Es imposible, nos decíamos, es imposible. Después pensamos, qué coño imposible, ¡a que sí se va a poder! Y al final encontramos la manera de hacerlo».

Para ellos lo complicado era encontrar la fórmula dramática dentro de una novela profundamente descriptiva. Al final, se dieron cuenta de que lo que tenían que contar era la historia de amistad entre dos hombres, Manuel y su tío. Y por supuesto, respetar a rajatabla el lenguaje de Lorenzo, porque en él reside en buena medida la fuerza cómica del texto. «Nuestro trabajo ha sido ser muy escrupulosos con el espíritu de la novela, porque en el lenguaje está la clave de todo, es mucho más divertido cómo lo cuenta que lo que cuenta en sí, así que hemos mantenido todas esas palabras imposibles y epítetos encadenados que crean un efecto hilarante. Eso sí, pensamos: pobre del actor que se tenga que aprender esto».

Efectivamente, tanto Miguel Rellán como Secun de la Rosa admiten que meterse en la piel de estos personajes ha sido todo un reto, que han sufrido lo suyo, pero coinciden en la importancia cómica que tiene la obra. «Es un texto muy profundo, casi filosófico y, sin embargo, no puedes parar de reír, creo que por eso tanto el libro como la obra son tan especiales», dice Secun de la Rosa. «Teníamos miedo porque es un lenguaje muy rico y gustoso de leer en página, pero no sabíamos si iba a funcionar al decirlo, si iba a crear una distancia con el espectador, y ha sido todo lo contrario, la gente disfruta con la manera marciana con la que dicen las cosas Manuel y su tío», añade David Serrano.

En cuanto a la escenografía, obra de Alessio Meloni, contiene un guiño al universo de Santiago Lorenzo ya que incluye una de sus pasiones, las maquetas, así como los juguetes, convirtiéndose así el pueblo de Zarzahuriel donde se refugia Manuel en una especie de pequeño espacio sacado como de un cuento de Dickens.

A Santiago Lorenzo le llamaron para pedirle los derechos de la obra una Nochebuena. Pensó que era el día más raro del mundo para hablar de esas cosas, pero precisamente por eso, también se dijo que debían tenerlo muy claro, que era cosa seria. «Lo único que agradecí es que no me pidieran a mí hacer la adaptación, porque no habría sabido ni por donde empezar, me parece la novela menos indicada para llevar al teatro, pero Jordi Galcerán y Jaume Buixó son unos titanes», cuenta el escritor desde su retiro en un pequeño pueblo de Segovia.

¿Y qué hay de la mochufa, ese término inventado por Lorenzo para referirse a esos asquerosos ruidosos y cuñados de la era del smartphone que se compran una cinta para correr cuando están en el campo? «Mi concepto no ha cambiado desde que apareció en Las ganas, pero sí se ha enriquecido temáticamente», cuenta Lorenzo. «Cada vez veo más mochufas a ciertas formaciones políticas por la zona de estribor. Ahora la mochufa, que estaba más agazapada, está en el Congreso».

«Yo creo que estamos invadidos por la mochufa», añade Rellán. «Por la banalidad, por la estupidez, el mundo va derecho a la mochufada absoluta, a lo facilón». Secun de la Rosa cree que seguimos teniendo mucho miedo al silencio, a la soledad y que parece que estemos obligados a tener la aprobación de todos. «Yo creo que Los asquerosos es una especie de viaje de autoconocimiento anti-Twiter, contra la intolerancia, contra los juicios, la ofensa continua, la falta de criterio y las modas», culmina el actor.