Visitar el mundo de Patricia Highsmith (1921-1995) nos empuja a entender a quienes cometen actos terribles; a olvidar qué es lo que está bien y qué lo que está mal porque, después de todo, la naturaleza humana tiene honduras y dimensiones que la moralidad convencional no puede comprender, ni por supuesto controlar. La escritora estadounidense nos arrastra adentro de un vórtice infinito de relatividades éticas, culpas transferibles e identidades inestables, a través tanto de sus 22 novelas y numerosas colecciones de relatos cortos –en su mayoría estudios de psicopatía cotidiana protagonizados por sádicos implacables y asesinos impasibles–, como de las sucesivas adaptaciones para la pantalla que llevan siete décadas haciéndose de ellas.

Highsmith, en efecto, pertenece al exclusivo grupo de novelistas de género del siglo XX –junto a Stephen King, a J.G. Ballard, a Philip K. Dick y a Elmore Leonard– cuyos textos continúan inspirando a una procesión constante de cineastas. Existen más de 30 películas basadas en su obra, y es lógico porque, al fin y al cabo, el estilo de su prosa es esencialmente fílmico. Nadie describe de forma más vívida que ella el horror físico que el asesinato genera. Sus cadáveres se retuercen, patean, se resisten a morir e, incluso después de marcharse, perturban.

La escritora, eso sí, aceptó las prolongaciones audiovisuales de su obra con resignación. Por lo demás, consideraba que el cine se mostraba incapaz de reproducir la ambigüedad moral de sus historias. Bastan unos pocos ejemplos para darle la razón: mientras que su novela Extraños en un tren se centra en la culpa experimentada por un ciudadano honesto que comete un asesinato, en la película homónima de Alfred Hitchcock el personaje ni siquiera llega a ejecutar el crimen y, por tanto, resulta más fácil empatizar con él; y al final del metraje de A pleno sol, adaptación de El talento de Mr. Ripley a cargo de René Clément, el antihéroe Tom Ripley se ve repentinamente en manos de la justicia por sus crímenes, pese a que nada de eso sucede en las páginas de la autora.

Un ícono amoral

Ripley es, claro, la gran creación de Highsmith –protagoniza cuatro de sus novelas–, y uno de los sociópatas más queridos de la historia de la ficción. Nos sentimos atraídos por él porque, aunque sobre el papel son censurables, sus acciones no son sino reacciones extremas a una emoción que reconocemos perfectamente: la sensación de que hay una vida mejor que está en otro lugar, vivida por alguien que no está atrapado en un tipo de existencia vacía. Todos hemos sido Tom Ripley alguna vez.

Quizá sea por ello que las cinco personificaciones cinematográficas que existen de él son tan distintas entre sí. En A pleno sol, Alain Delon lo dotó de una irresistible combinación de poder seductor y brutalidad amoral, y en El amigo americano –adaptación de El juego de Ripley, dirigida por Wim Wenders en 1977–, Dennis Hopper enfatizó su promiscuidad y su vena sarcástica; en la piel de Matt Damon, protagonista de El talento de Mr. Ripley (1999), era víctima de la homofobia y prácticamente arrastrado contra su voluntad a la vida criminal, y El juego de Ripley (2002) recurrió a John Malkovich para retratarlo como un esnob decadente, embebido en su propio ingenio. Y, al frente de Ripley Under Ground (2005), Barry Pepper hizo lo más difícil: convertirlo en una presencia anodina.

En última instancia, la confusión que genera el personaje es un reflejo de la que envuelve a su creadora. Dependiendo de quién opine al respecto, Highsmith era una insociable o una víctima de la discriminación, una amiga fiel y encantadora o una arpía traidora y sádica; uno de sus editores, Otto Penzler, la describió como «un ser humano mezquino, cruel, indigno de amor e incapaz de amar», y aun así era uno de sus fans más entregados. Probablemente, pues, la escritora ejerciera en su vida el mismo tipo de seducción perversa que sus textos –y las películas basadas en ellos– siguen ejerciendo sobre nosotros: la que inspira una mezcla de atracción y repulsión y que, por tanto, resulta doblemente irresistible.