Su currículum de premios lo inaugura Padre, un poemario. Desde aquel 2004 se hadedicado más bien a la novela, el relato y la dramaturgia, pero me imagino que en estos 17 años ha seguido escribiendo versos. ¿Por qué sí ha querido lanzar Los relojes de río?

Ya en aquel mismo 2004 quise publicar un libro de poemas que al final permaneció inédito porque aquel libro no merecía otra suerte. Sin embargo, como bien apunta, no he dejado de escribir poesía en todo este tiempo, como un barbecho del que he ido extrayendo materiales para otras cosas pero sin intención de publicarlo. Si decidí publicar Los relojes de río fue porque desde el principio ha sido, o eso he intentado, una tarea coherente: mucho antes de empezar a escribir tenía claras las ideas y la estructura, el qué y el cómo. Escribí los poemas del libro durante un año, reservé lo escrito durante un año más, lo sometí todo después a una revisión y me lancé a publicarlo.

En Los relojes de río, el río y su fluir nos recuerda que los seres humanos somos sólo tiempo. Escribe: «El porvenir llega siempre con el río: / sólo a partir de entonces se puede rememorar. / Así yo: escribo lo que soy capaz de evocar / a la espera de lo que habrá de acontecer». ¿Hay un cierto estoicismo?

Sí, aunque tal vez sería conveniente redefinir lo que entendemos por estoicismo. La esencia del estoicismo es la resignación, que por influencia del cristianismo se asume desde antiguo como una aceptación sacrificial de los designios ajenos o del destino. Pero yo prefiero pensar en el estoicismo como en una re-signación, un volver a interpretar la realidad a través de nuevos signos con tal de que nada de esa realidad nos aboque al miedo ni a la superstición. Los relojes de río trata, ciertamente, sobre el tiempo, de cuya naturaleza sabemos hoy mucho más que hace sólo un siglo. El tiempo ha sido tradicionalmente el gran verdugo, lo que se pierde y no vuelve, lo que nos condena a la corrupción y la muerte. Pero una re-signación nos permite entender el tiempo como algo que se nos da y que juega a nuestro favor. Lo que el conocimiento científico nos dice hoy sobre el tiempo, de hecho, se acerca mucho más a esta idea que a una mera sucesión de momentos.

¿Y qué somos los seres humanos en ese río?

Existimos no como individuos, sino como relaciones. No nos relacionamos, nosotros somos la relación: en eso que llamamos realidad, somos el vínculo que logra que nada pase y que todo permanezca.

El tiempo obliga a revisar cosas, acontecimientos, personas y sentimientos. En Las crononáuticas, hay una cierta reconciliación con su padre, o más bien con la figura de su padre. Intuyo que habrá sido de los más difíciles de escribir.

Las crononáuticas empiezan con un acercamiento a mi padre, como una presencia del pasado que impone ciertas condiciones a menudo incómodas en el presente; y terminan con unos versos dedicados a mi hija, en quien esas condiciones adquieren un sentido pleno gracias a una proyección futura. Ser hijo y padre es la manera más alucinante que he tenido de viajar en el tiempo. Sí que es verdad que tuve que afrontar una coyuntura algo desagradable para escribir ese poema, pero había que pasar por ahí para llegar al otro lado. Al final, es algo tan fácil como darte cuenta de que tu hija te ayuda de manera clara, sencilla y natural a superar situaciones a las antes te enfrentabas como se te dieras de cabeza contra un muro.

«Así que escribo o no lo hago / sin que existan diferencias». Hay a veces más poesía fuera de la poesía que en la escritura. ¿Qué le ha enseñado de escribir el proceso de escribir Los relojes de río?

Me interesan los procesos poéticos que se dan fuera de la escritura; por ejemplo, en las artes plásticas o en la danza, pero también en la naturaleza o en las matemáticas. La física cuántica puede leerse como un hermoso poema. Hay un dato curioso: la inteligencia artificial sustentada en algoritmos es capaz ya de componer preciosas sinfonías y de crear incluso ciertas imágenes que podemos interpretar como arte, con matices poéticos asombrosos. Pero la poesía no se le da bien: sus poemas son extrañamente infantiles y expresivamente pobres. Creo que la escritura poética es la manera que tenemos de incorporar a la experiencia humana, tan limitada e imperfecta, esa verdad poética que se da de manera natural fuera de la escritura. Por eso es indiferente escribir o no. La verdadera poesía está en otra parte.

Y si el tiempo nos lo da todo, ¿qué nos da la poesía?

La poesía empieza por la atención. Primero, a la realidad, a la naturaleza, al mundo; y luego a las palabras para escribir. Pues eso, la poesía es una escuela fabulosa para aprender a reparar en los detalles, a traspasar el trazo grueso y detenerte en lo ínfimo. En definitiva, para aprender a mirar.