Cuando Mediaset comenzó a preparar el documental sobre Rocío Carrasco, parecía que lo tenía todo para triunfar. Tras la demoledora entrevista de Kiko Rivera en contra de su madre, Isabel Pantoja, de nuevo se contaba con un gran golpe de efecto en prime time con un personaje mediático que por fin hablaba sin tapujos tras años de silencio.

Los resultados de audiencia fueron excelentes. Casi 4 millones de espectadores, lo que representa un 33% de las personas que estaban viendo la televisión en esa franja horaria, y el récord de recaudación publicitaria en lo que llevamos de año.

Sin embargo, la jugada se les podría volver finalmente en contra. Porque el conflicto entre la hija de Rocío Jurado y el padre de sus hijos no es un contenido más de Sálvame. Se trata de una historia que ha traspasado la frontera de la prensa del corazón y se ha convertido en un debate social sobre la violencia de género.

Por un lado, Rocío Carrasco, a la que muchos reconocen como una mujer maltratada. Por otro, Antonio David Flores, que tiene pocos defensores, incluso en la propia cadena, a la que ya se acusa de haberle castigado injustamente con el despido sin haberle dejado pronunciarse tras el contundente documental.

Lo cierto es que Mediaset no calibró bien las consecuencias que el debate sobre los supuestos malos tratos a Rocío Carrasco podía desatar. Su gestión de la situación antes del estreno ha sido cuanto menos errática, ya que, conociendo la naturaleza del material desde que hace meses inició su producción, no actuó hasta después de su emisión.

Sabiendo perfectamente lo que se iba a decir, mantuvo a Antonio David como colaborador hasta el mismo día del estreno. De hecho, los cebos de Jorge Javier Vázquez, especulando con su primera reacción en los siguientes días, indicaban que su despido no estaba en ningún caso en la hoja de ruta.

No se entiende cómo, conociendo perfectamente el contenido de Rocío. Contar la verdad para seguir viva, no acordara con Antonio David un impasse en sus colaboraciones semanas antes de estrenarlo, de manera discreta, hasta ver los efectos tras su emisión y evitar este conflicto.

Irene Montero sobre la docuserie de Rocío Carrasco: “Necesitamos un periodismo que legitime y acompañe a las mujeres maltratadas” Agencia ATLAS | Foto: EP

El ruido mediático generado la noche del estreno hizo entrar en escena a figuras políticas relevantes como Irene Montero, ministra de Igualdad, o Adriana Lastra, portavoz del PSOE en el Congreso, y saltaron todas las alarmas en Fuencarral. En Mediaset caben todas las polémicas. Pero solo hay una línea roja que no se puede traspasar bajo ningún concepto: molestar a los anunciantes.

Ya se habían visto campañas de presión para que las marcas retiraran su publicidad, una cuando desde La Noria pagó a la madre de El Cuco –el menor implicado en la desaparición de Marta del Castillo– por una entrevista; y otra, por la gestión de la supuesta violación de la concursante malagueña Carlota Prado en Gran Hermano.

El temor es máximo a que la situación se repita y, por tanto, se apartó a Antonio David Flores de los programas de Telecinco y se vigila con detenimiento el tratamiento que se hace de la cuestión en los magazines de la cadena. Es por ello que, para tratar de ganar ese debate social, diferentes portavoces de asociaciones que defienden los derechos de las víctimas de violencia machista están tomando la palabra en espacios como Sálvame. El show continuará, pero caminando sobre el filo de la navaja.

Ejemplos recientes de ensañamiento mediático

La historia de Rocío Carrasco y Antonio David no es, ni de lejos, la primera en la que la televisión se ha ensañado con popular protagonistas de la prensa del corazón. 

  • Carmina Ordóñez (Socialité). Carmen Ordóñez sufrió malos tratos durante su matrimonio con Ernesto Neyra, un suplicio que fue desacreditado con saña en platós y juzgados. En 2001, vivió un linchamiento público cuando explicó en Crónicas marcianas que había sido víctima de violencia de género. Una acusación que el juez desestimó con argumentos patriarcales y peregrinos.
  • Raquel Mosquera (Peluquera y viuda de Pedro Carrasco). El filón en este caso es la enfermedad mental. La muerte de su marido, el pugilista Pedro Carrasco –padre de Rocío– , le provocó una depresión que, a su vez, destapó un trastorno bipolar. Sus ingresos en la clínica López Ibor y el Hospital Puerta de Hierro y sus brotes han sido explotados hasta la impudicia. Y nadie le paró los pies para entrar en Supervivientes.
  • Belén Esteban (tertuliana). La ex de Jesulín de Ubrique pasó unos cuantos años saliendo a plató como Amy Winehouse en el concierto de Belgrado. Muy mal. La de San Blas, que en un giro de crueldad fue coronada Princesa del Pueblo, ‘funcionaba’ con sus subidas de volumen y sus «Andreíta cómete el pollo» . Paolo Vasile tuvo que mandarla a rehab, pero hasta que no llegó ese crucial momento, darle pisto fue casi inhumano. Su paso por Gran Hermano VIP, ya recuperada, también tuvo su ración de vituperio. 
  • Isabel Pantoja (tonadillera). Quizá nadie sepa como ella cuánto puede darte y quitarte la industria del corazón. Es cierto que su vida puede seguirse de exclusiva en exclusiva. Pero también lo es que pocas figuras han sufrido el calibre de un acoso non-stop a cuenta de sus relaciones, su maternidad y sus cuitas en Cantora. Para el sector, la abisal Pantoja –con drama carcelario incluido– siempre ha sido un inagotable filón.
  • Kiko Rivera (DJ). Su vida entera ha sido seguida en streaming y, en parte por eso, Kiko cayó en las drogas. En los últimos tiempos se ha monetizado su proceso de desintoxicación y los ajustes de cuentas con su madre, Isabel Pantoja, por su presunto desapego y por la herencia envenenada de Paquirri. Nada que reme a favor de su recuperación.