Por curiosidad: ¿es usted el «incómodo periodista que no para de hacer preguntas» en Historia de un suicida?

Evidentemente, hay mucho de mí en ese personaje. Y, prácticamente, su currículo calca el mío, por ejemplo, en el tiempo que estuve cubriendo Tribunales, en la decepción que provoca esta profesión una vez que uno persiste en ella y comprende que es más un sacerdocio que un oficio, pese a que también hay alguna que otra alegría, por qué no decirlo; o en la consideración de la noticia o de la pieza informativa casi como un bien superior o jurídico a proteger con celo, porque hay mucho de eso que se está perdiendo. Es un alter ego que uso para reflexionar sobre la profesión, la precariedad laboral, las presiones interesadas y la ética inherente que debería llevar aparejada la práctica del periodismo en una situación como la que narro, la de un hombre de cincuenta y tantos años que ha decidido poner fin a su vida. También hay un homenaje al viejo periodismo, al de Sucesos y Tribunales, a las largas guardias a las puertas de un juzgado, a las informaciones que hacían dimitir a los malos. En ese periodismo estaba más claro que hoy quiénes eran los buenos y quiénes los malos.

El suicidio era hasta hace no mucho un tema tabú en los periódicos, mientras que, por el contrario, ha sido un motor muy inspirador en la literatura. ¿A usted qué le atrae de un asunto como éste?

De hecho, pocas veces hemos informado de ello en este periódico. Luego, algunos expertos han considerado que debe hablarse de ello, sobre todo para hacerles llegar a quienes están en ese trance los recursos que pueden ayudarles a evitarlo. A mí el suicidio siempre me ha parecido una idea abstracta, un pájaro de mal agüero que a veces revolotea junto a nuestras cabezas. En este caso, en este libro, se trata de la salida fácil, del atajo que coge un tipo que lo ha perdido todo y que, para calibrar o sopesar si lo único que le queda, que él cree que le queda, que es el cariño de los suyos, de su familia, amigos, socio o amante, es suficiente o no para seguir viviendo. Es un dilema ético, que creo que a muchas personas también les ha pasado por la cabeza alguna vez. Y, en torno a la decisión del protagonista, reflexiono sobre el suicidio como forma de relación social o como mecanismo para determinar la salud de las mismas.

¿Quién es Bonifacio Miró y qué nos dice de nosotros?

Bonifacio Miró es una persona pusilánime, incapaz de emprender proyectos, un perdedor. No lo fue en el pasado: era un hombre bueno, con ganas de vivir y comerse el mundo, que montó joven su asesoría fiscal, que se casó joven, que tuvo una hija en un matrimonio en el que había amor, pero el desengaño de vivir, el desgaste de los años, el desencuentro permanente en sus relaciones familiares, laborales, amistosas y sociales lo llevan a una situación sin salida. Cuando cumple cincuenta y tantos, un día se mira al espejo y se da cuenta de que hay una disonancia evidente entre aquel que se imaginó que llegaría a ser en su juventud y el que realmente es. A veces tardamos años en comprender que hemos fracasado, o tenido éxito. Él se da cuenta, tal vez demasiado tarde, de que ha perdido en su apuesta vital. Y ya sólo le queda avanzar en campo enemigo para tener un último gesto de dignidad. O lo que él cree dignidad. Y decide subirse a la barandilla de su balcón y amenazar con tirarse. Quiere provocar una reacción para ver si es que tal vez el fracaso ya constatado, es sólo un espejismo. Bonifacio Miró podríamos ser cualquiera de nosotros, porque la derrota es más común de lo que la gente se cree. Y el problema no es perder o ganar, sino lo que haces con la derrota o con el éxito. Si lo usas para construir o para destruirte. De eso va esta novela.

Los protagonistas de sus novelas y cuentos suelen atravesar crisis extremas. ¿Tan inspirador es el abismo?

El abismo produce el material literario más fecundo. Los personajes que, enfrentados a situaciones extremas, son capaces de dar lo mejor o lo peor de sí, de cometer indignidades o de los gestos más altruistas. La crisis económica fue un abismo moral. Y el amor, en cierta manera, también es una crisis, un precipicio, al menos en los primeros momentos, porque te obliga a replantearte demasiadas cosas. Lo mismo ocurre con la muerte, que es el verdadero tema de esta novela, o con la presencia constante de la muerte en nuestras vidas. ¿Puede redimir la muerte de uno una vida común y pusilánime? Este libro aborda las reacciones de personajes vinculados a Bonifacio Miró que un día, de repente, se ven obligados a mirar de frente a un hombre que ha decidido poner fin a su vida. Y tienen que hacerle frente también a que, quizás, ellos han tenido algo que ver. Estas situaciones muchas veces vienen por llevar al extremo a personas buenas o, al menos, bondadosas con comportamientos egoístas, estúpidos o poco solidarios. Quizás esta novela corta busca reivindicar la bondad. Ya es algo.

Muchos quizás esperaban que su segunda novela continuaría por la senda del género negro, con tantas salidas comerciales en estos momentos y que usted conoce a la perfección. ¿El volantazo ha sido intencionado?

Lola Oporto fue una novela negra que tuvo cierto éxito, quedó finalista de un premio nacional y, tal vez, la senda literaria debería haber continuado por ahí. Pero tenía ganas de hacer literatura algo menos comercial, con, por decirlo de alguna manera, voluntad de estilo. Me importaban la historia a contar y, claro, la forma de contarla. Hay una evidente atmósfera poética y un coqueteo con la tragedia a lo largo de toda la novela, que es la veta narrativa que genera la tensión dramática necesaria para llevar una historia a buen puerto.

¿Tarda mucho un periodista en considerarse escritor?

Periodistas y escritores cuentan historias. Las de los primeros son reales y las de los segundos, en su mayoría (salvo la autoficción) no. Periodismo y literatura comparten vastos territorios fronterizos como pueden ser el reportaje de fondo o las columnas. Hay quienes se quedan en cada uno de esos territorios y quienes se dejan seducir por las fronteras porosas de ambos campos. Yo soy de los segundos. Aunque no sé si soy escritor: dejémoslo en que cuento historias y reflexiono sobre lo que nos sucede. Unas veces lo hago en el periódico y otras, en libros.