Místico, políglota, experimental, vitalista, provocador y transgresor, rockero soñador y romántico atípico, apasionado de las doctrinas orientales y del mundo árabe, vegetariano, casi un anacoreta... todo estos calificativos y muchos más no bastarían para encasillar al cantante Franco Battiato, que ha fallecido a los 76 años en su casa de Milo, en Sicilia. Llevaba desde hace cuatro años prácticamente retirado de los escenarios por cuestiones de salud, aunque se permitó regalarnos en 2019 un último trabajo, "Torneremo ancora" ("Regresaremos de nuevo"), que sonaba indiscutiblemente a epitafio musical.

El público malagueño, no obstante, tuvo la fortuna de acudir en julio de 2017 a uno de sus últimos conciertos, celebrado en la plaza de toros de la Malagueta y donde en una noche memorable sus incondicionales pudieron (pudimos) entonar por última vez a coro con el maestro himnos como "Yo quiero verde danzar", "La Cura", "Cucurrucucú" o "La estación de los amores". Un Battiato de aspecto sereno y frágil, y de voz mágica y aterciopelada, aunque algo menguada por el paso de los años.

Ya en ese momento, durante los bises que encandilaron al público (que abandonó los asientos desplegados en la arena del coso para arremolinarse a los pies del escenario, a escasos metros del cantante), el músico reafirmó su querencia por los temas más "espirituales" de su repertorio, tirando de canciones como "Io, chi sono?" que dejaban al espectador malagueño la sensación de estar ante una auténtica despedida del músico italiano más excéntrico y genial de los últimos 40 años. Sus letras crípticas, trufadas de citas a autores tan variopintos como Fleur Jaeggy, Gesualdo Bufalino, Gurdjieff y Dante o de la propia Biblia, hechizaron durante décadas al gran público y le granjearon el respeto de músicos de todas las esferas.

Pese a ese cultismo de su repertorio, fue un autor que logró tocar el corazón de sus fieles seguidores a través de una profunda y fascinante espiritualidad, a contracorriente en estos tiempos, desde la que hablaba del amor, el sentido de la vida o la divinidad. "Te salvaré de cada melancolía, porque eres un ser especial y yo siempre te cuidaré", cantaba en "La cura" ("El cuidado", en español), una de las canciones con las que más exito cosechó. "Somos ángeles caídos en el planeta Tierra, sin memoria de dónde venimos, hasta curar completamente", recitaba en "Sagradas sinfonías del tiempo". Un universo propio forjado a través de casi 50 años de carrera musical. 

Battiato, que también tocó un par de veces en el Teatro Cervantes de Málaga en los años 1999 y 2003, era tan capaz de escribir éxitos de masa, elaborar complejas piezas de música electrónica y reinterpretar clásicos italianos o anglosajones como de abordar la partitura de una misa en latín u ofrecer un concierto en la Bagdad de los 90 desafiando el embargo internacional de aquellos años al régimen de Sadam Husein. En Italia era toda una institución y, a partir de ahora, un absoluto mito, aunque lamentablemente en España su carrera se haya asemejado al curso del Guadiana, con unos años 90 y primera década de los 2000 donde el gran público le perdió bastante la pista (no existía todavía Spotify) pese a sus éxitos continuos en el país transalpino.

Los que se quedaran en el Battiato de las emblemáticas "Centro de gravedad permanente", "La era del jabalí blanco" o "Nómadas" deben saber que el músico que en los 70 despuntó con un sonido electrónico y vanguardista y que en los 80 pasó a ser un fenómeno de masas siguió siempre fiel a su estilo (tan intimista en sentimientos como evocador de culturas milenarias o continentes perdidos) a través de una musica preñada a la vez de influencias étnicas, rockeras y futuristas. Hizo una gran amistad con el filósofo Manlio Sgalamabro, con el que formó durante muchos años un formidable binomio creativo, y no rehuyó las polémicas, sobre todo por las críticas al Gobierno de Berlusconi y en general a toda la clase política italiana (denunciando su sometimiento a la mafia) que destilaban temas como "Povera Patria" o "Innere Auges".

Fue el primer artista pop en dar un concierto ante un papa (Juan Pablo II en los años 80) y aunque agradecía su formación cristiana estaba alejado del catolicismo. En realidad, Battiato era practicante del sufismo, una doctrina derivada del Islam caracterizada por su misticismo, aunque también se interesaba por otras creencias como el budismo tibetano. "Lo importante es elevar el espíritu. Se puede alcanzar con el hinduismo, el cristianismo o el Islam", afirmaba el músico, muy influenciado por los textos de místicos como San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús. También era un ferviente convencido de la reencarnación: "No veo la hora de reencarnarme", sostenía.

Cantó con artistas como Milva, Carmen Consoli, Tiziano Ferro, Cristina Scabbia o Antony&The Johnsons y versioneó con gran creatividad temas de Rolling Stone, Fabrizio de André, Aznavour, Otis Redding o Afrodite's Childs. Uno de sus últimos trabajos, Apriti Sésamo, lanzado en 2013, fue también publicado en español gracias a las adaptaciones de las canciones realizadas por J de Planetas y Manu Ferrón.

Batiatto era además un enamorado de la música popular, asiduo a festivales de música ligera como el de San Remo en Italia. Cantó también algunas composiciones en dialecto siciliano. Algunos además recordarán que llegó a acudir a Eurovisíón en el año 1983 junto a la cantante Alice interpretando "I treni di Tozeur", tema con el que logaron un meritorio quinto puesto. Battitato, por otro lado, hizo también sus incursiones en el mundo de la pintura y en la dirección cinematográfica, colaborando en alguna ocasión con otro inclasificable como Alejandro Jodorowski. Italia y el mundo de la música lloran hoy la pérdida de este siciliano irrepetible.