¿Le cuesta decir adiós o le gusta llevarse la contraria?

¡Ja, ja ja! Creo que es más lo primero. De hecho, siempre he intentado ser coherente y columpiarme lo menos posible. No obstante, he intentado explicar los motivos de mi vuelta usando la misma canción que escribí con Luis Prado para despedirme. Aquel «Bye Bye Ríos», se ha convertido en «Hola Ríos, Hello». Ahí confieso mi dependencia a los placeres que da el oficio y mi adicción al aplauso.

¿Cuántas partes de ego hay que ponerle al combinado para aguantar casi 60 años en este negocio?

Creo que, para los estándares del gremio rockero, tengo un ego razonable. Empecé a grabar en el 62 y he disfrutado estando en la cresta de la ola y arrollado por ella. Pero nunca he pecado de arrogancia. Creo que esta es una forma maravillosa de ganarse la vida, pero nada más que un oficio. Eso sí, nunca pensé que tendría una carrera tan larga y tan exitosa.

En el «Blues de la tercera edad» habla de la soledad de los ancianos. ¿Se puede recuperar un país que los ha dejado morir solos durante la pandemia?

Este es un país en el que la memoria histórica no goza de buena salud. Si aplicamos esta teoría para lo que ha pasado en las residencias en la pandemia, no habrá reparación ni nos servirá para mejorar como sociedad. Solo creceremos si asumimos que hay que cambiar de paradigma, que tenemos que buscar otra forma de progreso

A Ana, la protagonista del «Blues», «hasta el final de la partida / le quedan sueños por soñar». ¿Hay algún sueño que ya sepa usted que no va a cumplir?

Desde que me di cuenta que nunca podría cantar como Ray Charles, solo tengo sueños razonables. Soñé, cuando era joven y hippie, que vería la Era de Acuario, pero veo que la sequía espiritual retrasa sine die su advenimiento. En lo personal espero cumplir los más posibles, pero no tengo ninguna cuenta pendiente.

¿Qué recuerdo tiene de los tiempos en los que las giras no funcionaban y los discos no se vendían?

Desde el principio de mi carrera, cuando vi que me había enrolado en una cultura que no tenía nada que ver con la mía, ni con la de aquel país gris y triste en qué vivía, me di cuenta de que la cosa pintaba regular. Me costó aprender el oficio, encontrar mi voz, encorsetar el castellano en el beat sajón y, sobre todo creérmelo. Creo que fue un aprendizaje muy eficaz. Después, y a pesar de haber hecho cosas remarcables, he sentido muchas veces el síndrome de Sísifo. Otra vez al pie de la montaña y la puta piedra era tan gorda como siempre. Esas vivencias imprimen carácter y te enseñan a ser resiliente.

¿La superviviencia es cuestión de clase social?

Supongo que tiene que ver más con la genética, pero, quizá, también con la ética. Aunque, pensándolo bien, puede que ese instinto nazca de la recompensa narcótica que dan los aplausos. Hay yonquis del dinero, vosotros los conocéis de primera mano. Pero el cariño también es adictivo.

Acaba de firmar un manifiesto contra el fascismo. ¿Hay que recordarle al rock que su esencia, como apunta en «Memphis-Granada», es ir a la contra?

El rock, como género musical, es un continente que cada uno llena con su ideología. Empezó como una excusa para pasárselo bien y se convirtió en un movimiento contracultural en toda regla. Pero la ideología la lleva uno en su corazón, en su educación sentimental, en su lugar en el mundo. El fascismo se ha demostrado venenoso para la convivencia social y es algo a lo que nos debemos enfrentar sin ambages.

«La estirpe de Caín siega la esperanza». ¿L a ha perdido?

Para no perder la esperanza es por lo que escribo canciones como esa. Es un grito de alerta, una llamada de atención a mi consciencia, para que no se adormezca en el lado muelle de la vida. A mí me motiva el ser humano, me motivan las personas que veo que, a pesar de lo duro de sus vidas, buscan su lugar bajo el sol. «La estirpre de Caín» es la crónica de un desastre anunciado.

En esa canción habla de cómo los ricos defienden la libertad montados en Mercedes.

El poder es el gran fagocitador de nuestro tiempo, porque no le teme ni a la hemeroteca ni al descrédito. «Libertad y rock and roll», dice el texto. Y es así como asoció mi generación el advenimiento de una música liberadora, en un país sometido. Lo de los ricos y el Mercedes, es el relato fidedigno de una imagen que escupieron todas las teles del país: un tipo orondo en el asiento de atrás de un Mercedes descapotable, conducido por un chofer uniformado, gritaba megáfono en mano la palabra libertad, por una calle de un barrio bien de Madrid. Literal.

¿La rabia es buena consejera a la hora de componer?

Al escribir «La estirpe…» más que rabioso estaba desolado. Me parecía mentira que se estuviera practicando una política tan mezquina y cortoplacista. El planeta se estaba desangrando y los cálculos iban sobre si se tumbaba un gobierno o no. Daba miedo volver a ver a las «liebres corriendo por el mar». Volver al «vamos a contar mentiras, tralará» de nuestro pasado.

¿Quiere que su música refleje un tiempo y un país?

Teniendo en cuenta que estamos, al menos yo, al servicio de las musas, cuando te mandan sus gracias hay que aprovecharlas, que luego se van siempre con Serrat o Sabina. Me intereso por contar mi tiempo, arrastrado por él, pero en una vida no caben demasiados cambios. Escribí en el 83 «En la frontera» y ahora está de más maldita actualidad que nunca.

"La nostalgia como memoria está muy bien pero como sostén anímico es peligrosa"

¿Se ha sentido musicalmente viejo alguna vez?

Renovarse o morir. Casi 60 años en la carretera te obligan a estar despierto, a sentir el pulso del momento y tu poder de adaptación hace el resto. Creo que las edades por las que atravesamos sirven para acompasar tu pulso a tu expresión artística, así evitas imposturas. Físicamente te sientes viejo antes en las articulaciones que en la garganta.

¿La nostalgia es tan atractiva como peligrosa?

A los artistas con largas biografías nos cuesta no repetirse. Al final casi siempre acabas escribiendo la misma canción, con nuevos matices o desde un punto de vista distinto. Pero el hecho de cantar repertorio antiguo es, en primer lugar, porque se tiene grandes canciones, y en segundo, porque tus fans no te perdonarían que le escatimaras el gusto de cantar contigo los mejores momentos musicales de sus vidas. Pero sí, la nostalgia como memoria está muy bien, pero como sostén anímico es peligrosa.