Después de dar vida a una soberbia e inolvidable Traviata en 2018, vuelve Ainhoa Arteta al Cervantes con un concierto recopilatorio de su discografía no lírica. Versiones de aquellas canciones que la han acompañado desde pequeña, cada una con una historia detrás, cada una con su huella, y que han marcado su vida. Tears in heaven, Historia de un amor, Fly me to the moon, Alfonsina y el mar, With or without you, What a wonderful world, Piensa en mí y Guantanamera son algunos de los temas de este íntimo repertorio, un recopilatorio de sus discos crossover.

Hubo una razón muy importante detrás del salto al pop: «Después de cinco o seis años insistiéndome Universal para que hiciera algo así, todo detonó con la muerte de mi madre. Mi madre era la parte popular de mi casa. Cuando murió fui yo la que llamó a Universal para decirles que quería grabar sus canciones», recordó la soprano vasca en una entrevista con Platea Magazine. Una faceta popular que no crean que ha supuesto un cambio en su forma de ver la música: «Soy una fiel defensora de que hay que cantar lo que está escrito, porque el compositor se ha tomado un gran trabajo en que esté escrito precisamente así y sabe muy bien lo que quiere. Lo mismo que en el pop me confieso más freelance, en clásica mi compromiso es que se haga lo que está escrito», dice. Aprovechamos la ocasión para repasar su fecunda carrera profesional, analizar la situación actual del canto en nuestro país y pedirle algunos consejos para las futuras estrellas de la lírica española.

¿Qué va de aquella Mimí (La Boheme) en Nueva York a la Arteta de ahora mismo?

Madurez, sin duda el gran cambio está en la madurez, pues la pasión es la misma, incluso diría que ha indo en aumento. También he mejorado mi técnica y he aumentado la paciencia y el saber estar sobre el escenario. Sigo siendo aquella artista a la que le gusta saltarse el guion, a la que le encanta salirse de lo que está previsto e improvisar. Me gusta sentir el duende que hace que cada actuación sea especial.

Usted actuó en la Casa Blanca. ¿Alguna anécdota de aquella sesión?

Fue una actuación muy bonita, canté algunas de las canciones que cantaré en Mallorca como La maja de Goya de Granados, una partitura que hizo que me metiera, yo misma y sin querer, en un berenjenal, pues quise contar la historia que explica la letra que no es otra que la de una mujer que habla de su amor diciendo «si yo hallara quien me amara/ como él me amó,/no envidiara ni anhelara más/ venturas ni dichas yo». Y era justo la época en la que acababa de salir a la luz el caso Monica Lewinsky.

¿Cómo es eso de convivir con el instrumento musical, su garganta?

Buena pregunta. Los cantantes debemos reconocer que no somos dueños de nuestra voz, solamente portadores de la misma. Ella marca lo que puedes y no puedes hacer, otra cosa es que lo cumplas. Muchos fracasos vienen de ahí, de cantar lo que no puedes cantar, de asumir roles que no son propios de los de tu voz. Cuando alguien llega a la longevidad como cantante es porque ha entendido su instrumento. No le puedes pedir a tu voz lo que no puede dar. Asistí, en Nueva York a unas clases con Alfredo Kraus y lo entendí enseguida. Y eso hace que tengas que decir que no a algunas propuestas, como yo misma me negué a participar en el festival de Glyndeburg cuando me ofrecieron el papel de Manon de Puccini. Les dije que para mi voz mejor la Manon de Massenet, pero insistieron y les dije que no. Seguramente por eso no he cantado nunca allí. Una negativa te puede costar un teatro, pero puede salvar tu carrera. Yo misma acabo de cancelar una grabación importante porque no me veía cantando el papel. Volviendo a una frase de Kraus: «Teatros hay muchos, voces, una».

Ainhoa Arteta, en 2018, en una de sus últimas actuaciones. | B. RAMON

De hecho usted perdió la voz hace unos años.

Sí desde entonces decidí que a la hora de aceptar un papel tenía que ir sobrada vocalmente para cantarlo, que nunca iría justa ni pasada de cilindrada. Ir al límite no es bueno. Ahora selecciono mucho más los repertorios y los personajes. Es la gran aportación de la que fue mi maestra Ruth Falcón, tristemente desaparecida hace unos meses y con la que trabajé después de mi problema vocal. Ella ha preparado grandes sopranos como Deborah Voigt o Sondra Radvanovsky, nada menos. La llamé y me dijo que llevaba años queriendo trabajar conmigo. Ella puso de nuevo mi voz a punto.

¿Fue ella quién le aconsejó que podía cantar Strauss?

Sí, me animó y preparó para esas Cuatro últimas canciones de Richard Strauss, que son una auténtica delicia. Cantarlas fue una maravilla, un placer que pocas personas pueden degustar. Un reto y una oportunidad única. Fue el gran regalo de mi maestra.

Hace unas temporadas participó en una producción de Don Giovanni en la que cantaba un aria sobre una escalera que daba vueltas. ¿Podemos hablar de la tiranía de los maestros de escena?

Soy muy comprensiva con las exigencias de los buenos directores de escena. Si son realmente buenos saben hasta dónde puede llegar un cantante. A partir de María Callas, que puso el listón muy alto, los cantantes hemos asumido que no somos solamente eso, cantantes, sino también actores y por tanto debemos practicar para poder cantar en posiciones raras. Lo de salir a escena, cantar de pie y desaparecer es de otra época. Los directores que saben innovar y al mismo tiempo saben encontrar el equilibrio entre cuerpo y voz me fascinan. Eso también es parte de la pasión que siento por la ópera.

¿Por qué y cuándo decidió dedicarse profesionalmente a la música?

Fue cuando en el 93 gané el concurso del Metropolitan de Nueva York. Tenía a mi madre esperando para decidir si cerraba su peluquería o me la dejaba a mí. Entonces la llamé y le dije que ya podía retirarse, que yo no continuaría con el negocio familiar. Ahora bien, aquello fue el inicio, desde entonces no he dejado de aprender. Toda carrera de un artista exige esfuerzo, físico y mental. Y pasión, mucha pasión por lo que haces o si no, no sigues. Piense que estamos todo el día haciendo y deshaciendo maletas, cambiando de hotel, viajando… pero si sientes pasión por lo que haces, todo se te olvida al subir al escenario, pues sientes que eres un transmisor, un vehículo con el que el compositor llega al público.

Estudió primero en Guipúzcoa y luego en Nueva York. ¿Es importante para un cantante salir a estudiar fuera?

Todo estudiante de canto, tarde o temprano acaba por salir fuera de su tierra, primero para poder ir a clase con el maestro que más le convenga y también para conocer otras maneras de abordar la profesión. De todas maneras, le diré que el hecho de salir también hace que nuestra profesión sea interesante. Así que obligación de salir por salir, pues no, pero necesidad, con el tiempo, sí.

¿Cómo ve el nivel de canto en los Conservatorios?

Actualmente está muy alto. En la mayoría hay profesores que imparten muy buena técnica y que, por haber sido muchos de ellos cantantes antes, preparan muy bien. El problema está en los teatros y en las agencias que se centran en los jóvenes y les piden, o exigen incluso, que canten obras que no pueden ni deben cantar, porque no son para su voz. Ya lo he comentado antes: cada uno debe cantar no lo que le gustaría sino lo que puede cantar. Los cantantes sabios saben decir que no, cosa no siempre posible ni fácil. Si dices que sí a una cosa que no te conviene, comprometes tu voz y, a la larga tu carrera. Les diría a los que empiezan que eso es lo más importante. Son decisiones que cuesta tomar cuando eres joven pero que a la larga las ves como positivas. Los profesores deben guiar muy bien a sus alumnos en este aspecto. Pero también les diría a los que empiezan que si les gusta la profesión que no vean los sacrificios que conlleva como tales sino como un enriquecimiento.

En sus inicios, ¿qué significó el apoyo de Michael Tilson Thomas?

Que se fijara en mí fue una maravilla. Era joven e inexperta y poder trabajar con él fue un gran impulso. Pero un día me presenté sin haber trabajado bien el papel, cosa que repercutió en la confianza que él había depositado en mí. Cosas de juventud. De las caídas también se aprende.

¿Y el de Plácido Domingo?

Imagínese, yo era una cría y volví de Nueva York para ¡cantar en San Sebastián con Plácido! Estaba muerta de miedo y la verdad es que no lo debí hacer tan mal. Con la distancia veo aquella actuación como una de las importantes de mi carrera. Con él he seguido trabajando, en agosto daremos un recital juntos.