Durante mucho tiempo, la palabra Woodstock fue sinónimo de amor y de paz; concretamente durante 30 años, hasta que el festival de música más famoso de todos los tiempos redujo su propia reputación a cenizas, literalmente. Woodstock 99 fue concebido como un homenaje a aquel hito de la contracultura –o al menos eso fingió–, pero degeneró en un pandemonio de violencia, abusos sexuales, caos y destrucción. El documental Woodstock 99: paz, amor y furia, dirigido por Garret Price (responsable de Con amor, Antosha) y recién estrenado en HBO, recuerda qué fue lo que falló.

La tragedia se mascaba desde el principio del evento. Los organizadores del evento, Michael Lang y John Scher, decidieron que, a diferencia de lo sucedido en el pasado –además de la original, sucesivas ediciones del festival habían tenido lugar en 1979, 1989 y 1994–, en esta ocasión iban a ganar dinero. Cayera quien cayera.

Los distintos conciertos se celebraron en la Base Aérea de Griffiss –sí, Woodstock en unas instalaciones militares–, un espacio con capacidad para 50.000 personas y no para las 300.000 que acabó acogiendo. Allí no había sombras ni espacios verdes, solo hormigón y tierra constantemente expuestos al calor de finales de julio, a causa del que tres asistentes acabarían muriendo. La comida y la bebida eran carísimas, y apenas había retretes y duchas. El personal de seguridad era poco y escasamente preparado, algunos trabajadores desertaron al ver las condiciones de todo aquello y buena parte del menú musical lo componían bandas que, además de mediocres, promovían un tipo de rabia más vinculado a la misoginia y la homofobia que a la conciencia social.

Las carencias logísticas fueron un problema desde el primer momento. La basura empezó a rodearlo todo. Colas kilométricas se formaron desde las contadas fuentes de agua potable que había en el recinto y, a causa de la frustración, algunas de ellas fueron destrozadas. Se formaron varias zonas encharcadas a las que también confluyeron los residuos que desbordaban los escasos sanitarios portátiles, creando así un cóctel de barro y heces. Muchos asistentes decidieron rebozarse con él, o arrojárselo con alegría los unos a los otros.

La noche del viernes, durante su concierto, los miembros de Insane Clown Posse tuvieron la genial idea de empezar a lanzar dinero al público, lo que provocó una melé de gente dispuesta a partirse la cara. Los ánimos, pues, ya estaban caldeados cuando 24 horas después, en medio de la actuación de Limp Bizkit, el cantante Fred Durst animó a los fans a que dieran rienda suelta a su agresividad.

Por entonces, una organización llamada PAX ya había repartido miles de velas entre la multitud; la idea era que se encendieran el domingo durante el concierto de Red Hot Chili Peppers, a modo de gesto pacifista. Llegado el momento, la horda las usó para hacer arder las montañas de basura acumulada, y saquearon puestos de venta y zonas de acampada en busca de material con el que avivar los fuegos. Durante las horas posteriores destrozaron coches, reventaron cajeros automáticos, derribaron las torres de sonido y quemaron todo cuanto pudieron hasta que llegó la Policía.

Finalizado el evento, un total de 44 personas habían sido arrestadas. Ninguna de ellas, eso sí, en relación con las agresiones sexuales que sucedieron allí, en una atmósfera saturada de machismo y testosterona indómita. Cuatro mujeres fueron violadas; a una de ellas la penetraron sucesivamente varios hombres durante el concierto de Limp Bizkit, algo que ocurrió justo delante del escenario.

Mientras recuerda todo aquello, el nuevo documental reflexiona sobre los peligros que la nostalgia puede acarrear. Lang y Scher (que posteriormente trataron de desmarcarse del asunto atribuyendo buena parte de las peores decisiones a la cadena MTV) pensaron que podrían hacer caja vendiendo la ilusoria imagen idílica perpetuada en torno a Woodstock a una generación que en los 60 ni siquiera había nacido y cuyos valores no podían estar más alejados de los ideales del flower power.

Y, al mismo tiempo, la película establece igualmente inquietantes paralelismos con el presente. Viéndola, resulta inevitable llegar a la conclusión de que los finales de los años 90 fueron una época terrible, sentir cierto alivio por haberla dejado atrás y, acto seguido, también, reconocer con amargura que la que nosotros vivimos no es mucho mejor.