Dijo Peter Greenaway que cualquiera que escribe un diario espera secretamente que alguien lo lea alguna vez. Ajuste de cuentas no es un diario pero sí un libro muy íntimo escrito sobre usted. Estas notas, aforismos, reflexiones, etc que nutren el libro, ¿fueron escritas para alguien más?

Aunque intrínsicamente sólo escribo para mí, siempre deseando que alguna editorial lo publique, sueñas, generalmente bebido y bebiendo, con cientos de miles de lectores, regalías y simposios mensuales en universidades y centros culturales a siete mil euros la acción. Pero quiero recalcar que el ajuste de cuentas es esencialmente contra mí o para mí. Lo que ocurre es que no tendría sentido, si a diarios nos referimos, no ser igual de explícito cuando hablo sobre otras personas o situaciones. ¿Acaso cuando se piensa cambiamos la manera de hacerlo según a quién le afecte? Soberana tontería, esgrimo.

En gran medida Ajuste de cuentas va sobre «ser escritor». ¿Es lo mismo escribir que ser escritor?

No siempre. Escribir puede llegar a ser desde un trabajo a un ejercicio diario. Ser escritor, aparte de escribir a diario, es dar forma a tu sueño perdiendo el tiempo (o no) con todos los satélites que engrandecen ese sueño: justamente el de ser escritor. Buscar editoriales, comenzar proyectos mientras aún escribes otros, gastarte el poco dinero que tienes en un ramillete de poemarios, intentar convencer a gentes para que te inviten a festivales literarios, viajar por toda la geografía española para llegar a Mérida y que, por poner un ejemplo negativo, sólo acudan dos personas a la presentación de una de mis obras, quedar con un seguidor en un bar de Madrid y darte cuenta que en realidad necesita ayuda médica y podría llevar un cuchillo escondido… Entiendo que los poetas que otrora fueron –o eso se decía– malditos hoy no son más que accesorios del Ikea. Se escribe más en Twitter que para un libro. La máscara facial por la pandemia no ha molestado tanto, si lo piensas. Y cuando nos esposen o encadenen no creo que muchos se manifiesten.

«Soy feliz en mi derrota. Sobre todo porque sigo escribiendo, sea lo que sea, y pase lo que pase», se lee en un pasaje. ¿Qué es escribir entonces para usted?

Tampoco podemos ceñirnos al pie de la letra a todo lo que he escrito en mi vida, teniendo en cuenta el veletismo acérrimo de los escritores, en sí una normalidad en la política. Aunque esa vez fuera feliz en mi derrota debo reconocer también plenas satisfacciones desde que transito por los mundos de la literatura. De hecho la mayor satisfacción, sin ningún género de dudas, sigue siendo el que pasen los años y continúe teniendo proyectos, finalizándolos y viéndolos publicados. Y que me entrevisten para poder seguir expresándome tampoco está nada mal.

¿Este libro va sobre Joaquín Campos o va sobre Joaquín? ¿No tiene miedo de que a estas alturas se esté convirtiendo en un personaje de usted mismo?

El mayor fracaso de la humanidad y del estilo de vida occidental, creado por occidentales y copiado por numerosos orientales, africanos y latinoamericanos, es vivir diariamente chapoteando en la mentira. Por la supuesta educación o el qué dirán somos incapaces de ser auténticos, al menos verdaderos. Hace años, en Camboya, le pregunté a un amigo americano si quería al día siguiente que quedáramos a cenar. Su respuesta tan novedosa como impecable: «No me apetece… Podría haberte dicho que tengo otra cita o cosas que hacer, pero quiero ser absolutamente sincero: prefiero quedarme a solas en mi casa». La gente no acepta la verdad. Dentro de poco nos anestesiarán para ir a defecar. Que no duela nada. Por eso cuando te enfrentas a la muerte ajena o a las separaciones de pareja o amigos además de a las pérdidas de trabajos o negocios, se llenan las alacenas de ansiolíticos y los gestos son continuamente compungidos. No queremos saber la verdad ni decirla. Y no, no creo que Joaquín se esté convirtiendo en un personaje. Sólo digo mi verdad tratando de no caer en la miseria de ignorarla para sacar algún rédito: el rédito del arrodillado.

El libro comienza con un alegato: «No sólo digo lo que pienso sino que, además, lo escribo». Alguna frase, reflexión o vivencia se habrá callado alguna vez, me imagino.

Uno trata de no dejarse nada en el tintero. Yo supe desde hace años que si no iba a ser el mejor prosista o poeta del globo terráqueo sí al menos podría ser, si no el más auténtico sí alguien muy cercano a ello. Y ahí sigo. No es que escribir sea meterte en problemas, simplemente escribir debería ser un ejercicio donde jamás existiera la autocensura. Con ese detalle ya habrías ganado muchísimo.

«Pienso en mi carrera literaria, algo parecido a una caída libre mientras sonríes a la cámara», escribe. ¿Practicas contigo mismo la conmiseración, te da placer salir mal parado en tus propios libros? 

Creo que salgo muy bien parado en todos ellos, porque mis personajes no dejan de ser dioses en la Tierra, por más que a alguno les duela. No es sólo la anécdota negativa la que subyace en el este o en otros libros; en realidad, viajo, trabajo, leo y sigo escribiendo, y todo dentro de una soledad fascinante. Diríamos que cuando escribo sobre mí no me maquillo ni me peino. Y sobre la carrera literaria, estoy mucho más tranquilo desde que certifiqué que, salvo milagro de ultimísima hora, viviré de mi trabajo por cuenta propia o ajena y poco o nada de mis royalties. Porque la caída libre es cómo está el mundo literario. Yo bastante tengo con seguir ejerciendo. Gracias a Dios por puro placer.

¿Sabe exactamente qué frase va a tocar las narices cuando la escribe o los lectores ofendidos le sorprenden alguna vez?

Ajuste de cuentas es un diario sin fechas, o como usted dice, un libro muy íntimo repleto de notas, aforismos y reflexiones, y como tal, me parecía inútil rectificarlo tres años después. Imagino que todo el que está leyendo esta entrevista pensará a solas y a diario. Y no imagino que pensando alguien sea capaz de tamizar sus pensamientos. Y mucho menos meses después. ¿Se imagina rectificar en 2021 un «te quiero» de 2019? Pues bien, en Ajuste de cuentas ocurre lo mismo. Porque si cuando decimos te quiero a alguien o nos gusta mucho una obra todo está bien, ¿por qué al contrario no escribirlo, expresarlo? ¿Por qué está mal decir lo que uno siente si lo que siente afecta a otros? Parecemos niños. Niños mimados. O lo que nos gusta o nada.

«A una gallega le acabo de pedir una foto desnuda. Me ha borrado del Facebook. Soy feliz. Sé que todo esto será delito dentro de poco si es que no lo es ya». El libro es, también en gran medida, un manual sobre cómo encontrar la felicidad en pequeñas derrotas, ¿no?

Si suma las victorias y las derrotas de su vida se dará cuenta de que el porcentaje genera un desnivel abrumador: 10% de victorias y 90% de derrotas. Lo esencial es que en ese porcentaje de victorias esté el sueño de tu vida y que por el inmenso porcentaje de derrotas transiten asuntos mucho menos trascendentes: si el café era tan bueno como te dijo el camarero, si finalmente el ascensor sigue estropeado y debes subir siete pisos a pie o si una gallega te bloquea en las redes sociales porque se sintió violentada. Ya ni me acuerdo de su cara ni de su nombre. Realmente no me acuerdo ni de lo que pensé esta mañana. Por eso, a veces, escribo lo que pienso.