La reivindicación de la ciencia ficción como género de calado artístico ha conllevado cierta circunspección. Sin embargo, La capacidad de amar del señor Konigsberg transita por los márgenes más divertidos, más desprejuiciados y hasta descacharrante de cierta sci-fi. ¿Es un alegato a favor de las aristas más disfrutonas del género?

Revindico todas las formas desprejuiciadas de todos los géneros. Ahora que lo dices, lo largo de los años he publicado novelas de humor, de literatura fantástica y de ciencia ficción. También libros de relatos y de microrrelatos, ¡hasta he publicado micro-ciencia-ficción! Si nos paramos a pensarlo, son todas las formas literarias que durante demasiado tiempo han estado fuera del mainstream y han sido miradas con recelo por críticos y editores. Es increíble, porque estamos en la tierra del Quijote, pero incluso el humor ha sido un sospechoso habitual y todavía hoy se me ocurren muy pocas excepciones de escritores que hayan conseguido superar de verdad las barreras, como Eduardo Mendoza, por ejemplo. Por suerte, las cosas siguen cambiando y en la última década hemos asistido a una creciente apertura editorial hacia lo fantástico, y los editores más prestigiosos han empezado a incluir en su catálogo enfoques y argumentos que hacía tiempo que venían demandando los lectores. Pero el realismo fantástico contaba con el precedente de la literatura latinoamericana y ya llegábamos con mucho retraso. La ciencia ficción sin embargo sigue siendo nuestra asignatura pendiente. Por eso decidí arrojarme de cabeza y, sí, con una ciencia ficción un poco incorrecta y fuera de su propio canon.

En realidad, más que ciencia ficción el libro es fiesta de la ficción, incluso con momentos abracadabrantes. Da la sensación de que no te pusiste ningún límite. ¿Es así?

Ése era precisamente el objetivo, tratar de escribir sin ningún límite. Y me gusta eso que dices de «fiesta de la ficción», representa muy bien el espíritu de la novela. Obviamente es imposible escribir sin límites, porque desde el momento en el que empiezas a garabatear sobre el papel estás marcando unas normas, haces elecciones y tienes que sostenerlas para proporcionar a la historia fluidez y una lógica interna. Pero no quería ponerme límites en cuanto a la trama. Pretendía que todos los puntos de giro fueran posibles. Hasta, en un momento dado, poner todo patas arriba y salirme una y otra vez de los géneros literarios por los que supuestamente transcurría la novela.

Propone a sus seguidores en Twitter que fabulen historias a partir de una foto. ¿Cuál fue la chispa, sea imagen o no, que encendió la mecha de esta novela?

Hay dos momentos de la literatura que siempre me han fascinado, porque para mí suponen el inicio de la posmodernidad en la ficción. Uno es la inversión kafkiana, que hace que a los personajes no les resulte extraña la anomalía y seamos los lectores quienes nos sentimos perturbados por esa realidad que no acaba de ser la nuestra; y el otro es el que suscita el personaje de Bartleby, el escribiente, con su completa inacción, haciendo de nuevo que recaiga en los lectores la responsabilidad del cambio, del movimiento, porque si fuese por el protagonista del cuento de Melville no habría relato. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de abordar una historia que recogiera este guante. La idea de partida de mi novela, por lo tanto, era esa: someter a un personaje inalterable a todas las presiones posibles, hacer que a su alrededor cambiase todo una y otra vez sin conseguir moverlo un ápice, hasta que el propio planeta se transformase no una sino varias veces.

La idea de esta historia es previa al confinamiento, por increíble que parezca. ¿Debemos abrazar el estoicismo y la matemática de la cotidianidad de Kant para nuestra supervivencia como especie?

No, no. No pretendo que todos seamos el señor Königsberg. Nada más lejos de mi intención que enviar el mensaje que de que hay que ser austeros, cumplidores y trabajadores obedientes para acabar siendo recompensados. La tesis que quería demostrar es otra: que incluso el individuo aparentemente menos apto, el rechazado por la sociedad en todos los ámbitos, puede convertirse en la única opción para la supervivencia de la especie siempre y cuando las condiciones se alineen de la forma necesaria. Nunca sabemos qué crisis o qué catástrofe natural nos está esperando a la vuelta de la esquina, y la naturaleza intenta estar preparada para todo. Eso es algo que ya sabíamos antes de la pandemia, por eso los escritores a veces nos podemos anticipar.

«For a moment nothing happened. The, after a second or do, nothing continued to happen». Ya sabe, de La guía del autoestopista galáctico. Se habla mucho de Bartleby a propósito de La capacidad de amar del señor Königsberg, pero yo lo veo más Douglas Adams...

No sé si alcanzo el mismo grado de barrabasada, sobre todo teniendo en cuenta que la suya es más cercana a la space opera y mi novela transcurre de atmósfera para adentro. Me considero más en la línea de Vonnegut, Lem o Italo Calvino, pero no creas que me molesta para nada la comparación. Creo que Adams hacía un tipo de literatura desprejuiciada, capaz de alcanzar muchos lectores sin renunciar a la calidad, que todos deberíamos reclamar.

Acaba de lanzar una antología de terror con su Escuela de Imaginadores, y me atrae la idea de leerle en un registro así. ¿A usted también?

En eso ando. Estoy ultimando una novela corta de terror, muy literaria, que pretende comprobar hasta dónde el lector es capaz seguir leyendo por más que lo que lea le horrorice. Me gusta explorar los extremos porque creo que, en el fondo, todos buscamos que la ficción nos ponga al límite. En este caso, el límite sería todo el horror y la angustia que pueda llegar a permitir el texto escrito. De lo que no estoy muy seguro es de qué editor se acabara atreviendo a publicar algo así.

Por cierto, hace unos meses, junto a una fantasmal imagen del Tajo de Ronda tuiteó usted: «Me pregunto por qué en Málaga no se hace más literatura fantástica». Pues eso, ¿por qué lo cree?

En realidad, aunque aproveché el aura sobrenatural de la fotografía para hacer un guiño a Málaga, mi tuit era irónico y pretendía interpelar a toda nuestra tradición. La pregunta habría sido: ¿por qué en España no se hace más literatura fantástica? Por supuesto, no faltaron los que acudieran enseguida a sacarme de mi error y señalarme que me olvidaba del libro de fulano o de mengano. Llevo más de veinte años investigando la literatura fantástica española, he publicado artículos y libros sobre nuestra tradición fantástica, sobre los trabajos de Cunqueiro, Perucho, Rafael Dieste, Pere Calders o Ana María Matute, y sobre los escritores fantásticos de la actualidad, desde José María Merino y Cristina Fernández Cubas hasta los más jóvenes. Así que parece que la pregunta correcta habría sido: ¿por qué en España el canon literario se ha centrado en la literatura realista y la fantástica siempre ha sido marginal? Y el resultado sería un tuit sin ninguna gracia.