Dicho ya el adiós a Miquel Barceló, el Museo Picasso Málaga prepara ya su inminente exposición temporal, El París de Brassaï. Fotos de la ciudad que amó Picasso, una cita insoslayable con dos amigos y fans el uno del otro que comenzará el 19 de octubre y que también reivindicará el sentido del asombro a partir de lo cotidiano.

«La pasarela de Solférino vista a través del Pont Royal» (París, 1931). | ESTATE BRASSAÏ SUCCESSION-PHILIPPE RIBEYROLLES.

Decir Brassaï es decir París. No en vano, el artista (fue fotógrafo, sí, pero también pintor, escultor, escritor e, incluso, realizó una película) es uno de los que mejor ha retratado la capital francesa, ciudad por la cual sentía verdadera fascinación. La plasmó de día y sobre todo de noche. Recogió sus espacios más marginales pero también los de la alta sociedad. Inmortalizó a sus protagonistas, desconocidos y reconocidos, como Henry Miller, quien le dio el apodo de El ojo de París; Salvador Dalí, con el que colaboró haciendo esculturas y Pablo Picasso, del que fue durante 40 años uno de sus mejores amigos. También fue una relación de admiración: para Picasso, las fotografías de Brassaï, uno de los grandes maestros de la luz del siglo XX, eran arte en estado puro. De hecho, el húngaro fue una de las pocas personas a quien Picasso permitió el libre acceso a todos sus talleres, y el primero en fotografiar sus esculturas. La pinacoteca del Palacio de Buenavista junta ahora las vidas y las obras de ambos en su próxima temporal, a través de más de 240 fotografías, dibujos y esculturas provenientes en su mayoría de los fondos de los archivos de la familia Brassaï , así como una treintena de piezas de Pablo Picasso, pinturas de otros artistas (Pierre Bonnard, Georges Braque, Lucien Clergue, Fernand Léger, Dora Maar y Henri Michaux), junto a más de cuarenta publicaciones, películas y abundante material documental. Todo un festín, desde luego.

«Estanque de los jardines de Luxemburgo» (París, 1930) | ESTATE BRASSAÏ SUCCESSION-PHILIPPE RIBEYROLLES

El París nocturno, solitario, silencioso, evocador, casi poético son las instantáneas más conocidas de Brassaï; no en vano, se le considera el fotógrafo de la noche. Imágenes tomadas, principalmente, en la década de los 30 y que tienen su inicio en 1932, cuando el editor Charles Peignot le encargó, al aún desconocido Brassaï, el libro Paris de nuit. Por entonces ya llevaba ocho años instalado en la ciudad, se codeaba con los representantes más significativos de las vanguardias artísticas (Picasso, Giacometti, Matisse, ManRay, Breton...) y había cambiado su nombre real, Gyulá Halász, por el pseudónimo con el que siempre firmó y que sacó de su ciudad natal: Brassó, hoy Rumanía por esa época, Hungría. Hacía poco que se dedicaba a la fotografía. Apenas tres años. Antes había invertido su talento en el periodismo, la ilustración y en el estudio de las bellas artes, en Budapest y Berlín. A la fotografía llegó como agente, al poco cogió la cámara, y ya no la soltó.

Brassaï, apodado El ojo de París por el escritor Henry Miller, siempre tuvo una ambición artística: «Retratar los aspectos cotidianos como si los viéramos por primera vez»

Paisaje urbano y humano. Porque si en algunas de sus fotografías no hay presencia humana, como en las nocturnas y fantasmagóricas imágenes de imponentes arquitecturas, ahí están la gárgola en primer plano de Nôtre Dame y el Pont Royal visto desde el agua, ni en las diurnas de adoquines y cortes abruptos y geométricos; en otras, los personajes son los protagonistas. Imágenes que Brassai clasificó bajo el epígrafe ‘Plaisirs’ cuando organizó su archivo tras la segunda guerra mundial. Y que no vieron la luz hasta 1976, cuarenta años después de haber sido tomadas. Personajes de los bajos fondos de la noche parisina de la década de los 30 siempre fotografiados con un punto poético. «No son documentales ni son reportajes. Son la representación de una mitología que ya existía en la tradición literaria y de las artes visuales sobre los perdonavidas, prostitutas, aventureros, marginados... Brassaï la trasplantó al medio fotográfico de la manera más directa, más convincente y más clara posible. Esta es su grandeza como artista», en palabras de Peter Galassi, exconservador de fotografía del MOMA.

Comunidad artística

Brassaï llegó a París en 1924 empujado por la Gran Depresión. Pronto se integró en la fascinante comunidad intelectual y artística vanguardista parisina, especialmente entabló vínculos con los surrealistas, aunque no siempre concordara con sus postulados artísticos. «Decía que a los surrealistas les interesaban las deformaciones, las cosas raras e inquietantes, y que a él lo que realmente le interesaba era lo ordinario, que siempre era extraño, mágico e inquietante», explicó Galassi. Lo resumió a la perfección el propio fotógrafo, un escritor muy elocuente: «Mi ambición es retratar los aspectos cotidianos como si los viéramos por primera vez».

Allí también conoció a Picasso. En 1932, el editor de la revista Minotaure, Albert Skira, invitó a Brassaï a fotografiar a Picasso para el primer número. Del encuentro entre los dos creadores salió una larga relación de camaradería y admiración mutua que se mantuvo en el tiempo y de la que ha quedado como legado el libro Conversaciones con Picasso, quizás una de las mejores maneras de entrar en el universo personal de un artista titánico, a través de conversaciones y estampas informales. De hecho, durante la ocupación alemana de París, Brassaï se negó a colaborar con el régimen nazi y sobrevivió gracias a los encargos que le hizo el malagueño, quien aseguraba que nadie fotografiaba sus piezas como él. También afirmaba que el verdadero arte de Brassaï estaba en el pincel: «Tiene una mina de oro y explota una mina de sal», por eso le animó a que volviera a dibujar tras la segunda guerra mundial. Ahora, tantos años después, ambos instalados en el inconsciente colectivo de todos, vuelven a encontrarse en el Museo Picasso Málaga.