De un tiempo a esta parte, Málaga se aprovecha de que proyectos internacionales de calado pensados para Barcelona se topan con barreras políticas y económicas en la Ciudad Condal. El peso específico en materia cultural que ha asumido la capital de la Costa del Sol tras sonadas aventuras museísticas como las del Centre Pompidou Málaga y el Museo Ruso nos ha convertido en un más que apetecible segundo plato: hay sensibilidad, ganas y, aparentemente, dinero para invertir en proyectos más o menos pantagruélicos entre el arte y el turismo. Y he aquí que los responsables de la expansión internacional del Hermitage han roto las negociaciones con Barcelona y ahora son todo oídos para las propuestas de alcaldes como los de Madrid, Valencia, Lisboa, Sevilla y, claro, Málaga. Pero, ¿hay espacio para una marca cultural más entre nosotros?

¿Por qué no lo vieron claro en Barcelona?

En la capital catalana no lo terminaron viendo claro: cuestionaron la viabilidad económica del Hermitage barcelonés (que exige una inversión inicial de 52 millones de euros, 30 sólo para construir el edificio), negaron la existencia de un proyecto completo tras la franquicia y recordaron los fiascos de iniciativas similares en Ámsterdam, Ferrara y Londres. Pero para nuestro alcalde, Francisco de la Torre, no hay ningún pero que poner: en Presente continuo, plataforma dedicada al arte andaluz contemporáneo, nos recuerdan que ya en el lejano 2008, siete años antes de las aperturas del Pompidou y el Ruso, se produjo una conversación casual entre De la Torre y el embajador francés de aquel entonces con idea de poner a Málaga «en la mira de las grandes firmas museísticas europeas», especialmente, dos grandes marcas: el Louvre y al Hermitage. Al final, nos tuvimos que conformar con el Pompidou y la Colección de San Petersburgo, sellos fundamentales e importantes, claro, pero no al nivel icónico de aquellos por los que suspiraban desde el Consistorio. Y quien crea que al alcalde se le olvida una presa, es que no lo conoce realmente.

¿Cuál es el éxito de un museo?

Responder a la pregunta de si necesitamos otro gran museo franquicia en nuestra ciudad pasa por evaluar el éxito de los ya instalados hace ya seis años, algo realmente complicado (en Bilbao siguen en ello, y su Guggenheim tiene cuadro décadas a sus espaldas). Porque, en el ámbito museístico, ¿qué significa el éxito? ¿Sólo espectaculares cifras de visitantes? ¿Grandes nombres propios de la historia del arte en las exposiciones? «Sin una definición clara de éxito, tampoco hay una definición de fracaso. Por lo tanto, los museos, por falta de definición, no pueden fracasar» ('Cultural Strategy Partners, Measuring success: Why Museums Can’t Fail'). Los números importan, porque levantar y sostener el Pompidou y el Ruso consumen unas nada desdeñables partidas de dinero público y los ciudadanos debemos exigir resultados. ¿Cuáles? Hay reside el quid: la lógica económica no debe aplicarse a empresas como éstas (ojalá sirvieran para generar, por ejemplo, empleo de calidad, pero no lo hacen) sino que debemos analizar su pertinencia en términos menos tangibles pero no por ellos menos decisivos; por ejemplo, ¿potencian estos equipamientos el tejido cultural malagueño propio? ¿Mejoran la opinión que tenemos de nosotros mismos, nos inspiran a ser ciudadanos más cultivados, inquietos y orgullosos de lo que somos?

Yo ya he expresado mi opinión en diversas ocasiones: me reconforta saber que los futuros gestores, políticos, artistas, albañiles y mecánicos de esta ciudad serán personas que, de pequeños, vieron piezas de Marc Chagall o Frida Kahlo en una visita escolar, en lugar de las fábricas de bollos y refrescos a las que me llevaron a mí cuando era un chaval ávido de experiencias trascendentales. Quizás gracias a ello, esos futuros ciudadanos, hoy peques con ganas de todo, no conocerán ese maldito complejo de inferioridad -peor o mejor motivado; complejo, al fin y al cabo- sobrecargándoles sus espaldas. No sé si tantos opinan como yo (cabe la posibilidad de que sea un iluso): ojalá los números de visitantes locales, no foráneos, a las dependencias de los museos fueran más altos; aunque, créanme, eso pasa en todos los lugares del mundo.

¿Cuántos museos son demasiados?

Es difícil en esto de la cultura decidir cuándo parar. En mi discoteca, por ejemplo, tengo más de 5.000 cds: ¿Quién dice que son demasiados? Pero, en este asunto, ¿Cuánto más museos, mejor? La cosa ya se ha convertido en arma de la oposición política: el año pasado, en plena pandemia, el PSOE exigió al Ayuntamiento que se redimensionara su aportación a las pinacotecas y destinara lo ahorrado en gastos sociales. Por eso, el alcalde y su equipo, que manejan el dinero de todos y todas, tendrían que plantearse bastantes preguntas a la hora de afrontar ‘comprarse’ un Hermitage: ¿Dinamitaría el parque museístico actual o sería un aditamento interesante? ¿Cómo explicarles a los ciudadanos que a los en torno a 15 millones de euros anuales que salen de las arcas públicas para el mantenimiento de las pinacotecas existentes habría que añadir una partida más para algo que, está comprobado, ellos no disfrutan directamente? Porque, claro, a todos nos gusta y nos enorgullece escuchar a gente que exclama «¡Qué bonitá está Málaga!» y que admira la estrategia cultural de la ciudad mientras otras ciudades miraban para otro lado, pero, claro, todo eso hay que pagarlo. Y no es barato.  

«El aterrizaje de la franquicia de un museo de -más o menos- renombre no difiere en lo esencial del de una tienda de cualquier otra marca afamada (da igual lujo o low cost, Starbucks o Vuitton) o de un evento espectacular (la visita del Papa o la vuelta ciclista). No son sino señales dirigidas a llamar la atención de losmedia. Son anuncios. Publicidad comercial. Y lo que venden es la ciudad misma», escribió hace un tiempo el artista malagueño Rogelio López Cuenca en 'El Cultural'. O sea que hemos vendido Málaga, una imagen nueva de Málaga, una Málaga moderna, sensibie y dinámica. Bien. Quizás ya haya terminado la fase de lanzamiento de la nueva marca y toque esperar a ver cómo ha ido la campaña, en lugar de seguir anunciándonos en el infinito. Porque si uno invierte indefinidamente no invierte, sino que sólo gasta.