¿Qué significa 1985 para Carlos Zanón?

Nada demasiado especial. De hecho, en un principio quería que los protagonistas jugaran a volver a 1982, que es cuando se publicó la canción Come on, Eileen, de los Dexys Midnight Runners, pero por una serie de razones acabé descartándolo y busqué otro año. Me quedé con 1985 porque mi disco favorito de toda la historia, Steve McQueen, de Prefab Sprout, es de ese año. Y también la canción The whole of the moon, de los Waterboys, que me gustaba mucho y me encajaba muy bien en la historia. Así que ya tiré por aquí y empecé a buscar otras canciones de ese año y a conectar cosas.

Ese 1985 imaginario al que quieren volver los personajes, ¿es una representación de la burbuja de irrealidad en la que viven?

Sí, claro. En esta novela quería hablar de los no lugares, los sitios que parecen existir al margen de la realidad. Como los cámpings y las discotecas de localidades costeras fuera de temporada en los que transcurre la historia. Pienso que la música tiene también algo de eso. La gente que se dedica a la música se sitúa en lugares que no son del todo reales. Y los aficionados nos pasamos el día escuchando canciones de gente que igual lleva 40 años muerta. Me interesaba abordar esa idea de la creación artística como un lugar en el que te puedes refugiar y que es ajeno al tiempo y a la realidad, pero que al mismo tiempo es muy real para ti.

Desde su no lugar, los protagonistas perciben la tecnología como algo inútil o directamente amenazador.

Una idea que quería incluir en la novela es que la tecnología hoy es tan violenta que nos impide entender el mundo e imaginar el futuro. Por eso cuando los protagonistas buscan un lugar mental en el que refugiarse, prescinden de los teléfonos móviles y de Google. Aunque no todo es tan sencillo…

La idea del rock and roll que encarnan Cowboy, Jim y Eileen es, en sí misma, un mundo que hoy ya casi no existe.

Ellos personifican una manera emocional de conectar con la música que ya está en fase crepuscular. La mezcla de ilusión y ansiedad con la que esperabas la salida de los discos de tus grupos favoritos o la expectación por ir a verlos cuando tocaban en tu ciudad, todo eso ha desaparecido. El consumo de música ha cambiado mucho, y los personajes son conscientes de que, en esa última gira, se están despidiendo de muchas cosas.

A diferencia de Yo fui Johnny Thunders, que también era una novela protagonizada por músicos, aquí la mitología rockera queda un poco aparcada y el peso recae en las canciones y en su naturaleza casi mágica.

Tal cual. En Johnny Thunders me interesaba hablar del rock and roll como estilo de vida, como una manera de relacionarse con el mundo y de conectar con los demás. Love song es más una reflexión sobre la creación. Sobre cómo se hacen las canciones, de dónde vienen. Ese lugar del que salen las canciones tiene una belleza y un misterio muy especiales, y quería visitarlo. Y también tenía ganas de explicar que lo que nos dan los músicos es algo tan bestia y maravilloso que nunca podremos pagarlo.

¿Le ha dejado algún sentimiento de frustración no haberse dedicado a la música?

No. Para mí la música siempre ha sido un medio para explicar historias. A ver, mis referentes no eran escritores, yo quería ser una estrella del rock and roll. Pero fui consciente desde el primer momento de que, aunque me resultaba más o menos sencillo escribir letras, no tenía un talento para tocar un instrumento o componer música. Y, al estar en contacto con muchos músicos, también entendí que podíamos ser primos hermanos pero no éramos iguales. La gente que se dedica a la música funciona de otra manera.

En la novela, el impulso creativo nace en ocasiones de sentimientos poco nobles, como la envidia o el deseo de superar al otro.

Bueno, es que la creación es también una forma de fricción. A menudo nos embarcamos en una aventura creativa solo porque queremos impresionar a alguien. Y ese es un camino peligroso. Al pensar en el trío protagonista yo tomé como referentes a Lord Byron y los Shelley. Ellos se hacen muy amigos y se fascinan mucho mutuamente, y esa fascinación es lo que los mata. Literalmente. [Percy Bysshe] Shelley intenta hacer una cosa muy de Byron, que es, sin saber navegar, coger un velero en medio de una tormenta, y se muere ahogado. Y Byron, que en ese momento estaba persiguiendo señoritas italianas, se dedica a contratar a unos militares y se va a Missolonghi a luchar por la independencia de Grecia, que es algo que a Shelley le habría encantado. Y se muere también. Me gusta esa idea de que, en el intento por hacerte digno de la admiración del otro, puedes crear cosas muy potentes pero también puedes destruirte.

Ese triángulo amoroso destinado a acabar mal tiene algo de arquetipo, ¿no? Pienso, por ejemplo, en Jules y Jim.

Sí, claro, y hay muchos otros ejemplos. El triángulo trágico. A mí me interesan mucho esas historias que provienen de mitos y que se van repitiendo a lo largo del tiempo con algunos cambios. El reto es jugar con eso y ser capaz de darles a los personajes una entidad que vaya más allá del cliché.

¿Nos seguimos reconociendo en esos relatos de origen mítico?.

Totalmente. Nada nos explica mejor quiénes somos que las historias que nunca nos hemos dejado de contar. Los relatos que nos cambian son relatos que podemos asimilar porque los entendemos. Otro que se repite a menudo y siempre resulta fascinante es el de la persona que nace en un lugar y en un entorno de los que no cabría esperar nada y que, con una pureza extraña, acaba convirtiéndose en alguien absolutamente inspirador. Es una historia que compramos siempre, ya sea el protagonista Jesús naciendo en un establo en Belén o Bob Dylan saliendo de Duluth, Minnesota.

Salvando todas las distancias que haya que salvar, ¿tiene usted también la sensación de haber nacido en un lugar equivocado?

Tengo la sensación de haber llegado a un lugar en el que nadie me estaba esperando. Mis padres son gente superhumilde a los que no les gusta leer. Yo no conocía a nadie en el mundo literario cuando empecé a escribir, nadie me estaba esperando ahí. Si hubiera querido ser mecánico, mi padre me habría podido echar una mano porque conocía muchos talleres, pero en la literatura… A mí no me dieron nunca una beca, ni una ayuda, y tampoco hubiera sabido dónde y cómo pedirla. Entonces, no sé si el lugar era equivocado, pero sí sé que lo que quería era salir de allí.

Nunca ha romantizado esa idea del origen humilde.

Qué va, qué va. Es lo que soy, pero no es lo quiero ser. En esa lucha sale lo mejor de ti, el talento que puedas tener para alguna cosa. Y eso hay que aprovecharlo. El barrio, la familia, el entorno en el que creces, todo eso te define, por supuesto, pero también te limita, y en ese conflicto es donde está la posibilidad de hacer cosas.