La hija de Celestina, de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo; La niña de los embustes, de Alonso Castillo de Solórzano; La pícara Justina, de Francisco López de Úbeda, y Tres letrillas y un romance, de Quevedo, se pasearán el 5 de febrero por las tablas del Teatro Cervantes con el montaje Malvivir, propuesta de la compañía Ay Teatro, con dramaturgia y adaptación de Álvaro Tato, y dirección de Yayo Cáceres. Juntos, y a través de fragmentos de estas obras, ofrecen un recorrido por las novelas de pícaras del Siglo de Oro, a las que dan vida Aitana Sánchez-Gijón y Marta Poveda, acompañadas en el escenario por Bruno Tambascio (un rabelín que toca y canta en directo para acompañar la acción y crear los diversos espacios y atmósferas). Porque sí, son dos intérpretes con el desafío de asumir todos los personajes de esto texto, incluida, claro está Elena de Paz, protagonista de Malvivir, mujer libre, rebelde, ladrona, ingeniosa, embustera y fugitiva que desafía todas las convenciones de su época y paga el precio de su libertad. La propia Poveda nos cuesta algunos detalles de esta divertida reflexión sobre la libertad y la supervivencia.

El montaje que defiende este fin de semana otorga visibilidad a las mujeres pícaras del Siglo de Oro.

En la Compañía Nacional de Teatro Clásico he tenido la suerte de hacer algunos de los personajes femeninos más potentes de mi carrera como actriz (aunque éstos fueran escritos por hombres como Calderón, Tirso de Molina, Lope, etc.). Hablamos de mujeres que tienen que luchar por su libertad...; además, diría que, en general, los personajes femeninos en el Siglo de Oro tienen mucho poder. Concretamente este texto, lo que ha hecho [Alberto] Tato, con absoluta maestría, es sacar la figura de la pícara, que sí que estaba un poco bajo escombros, escondida... Ha hecho una aglutinación de textos para crear un personaje con una grandísima entidad, sacando a reducir la necesidad de supervivencia de las mujeres de esa clase, que además cargaban con un conflicto vital mucho más complejo que el de los hombres: porque ellas eran violadas, cosidas, prostituidas... lo tenían mucho más difícil.

Habla de papeles femeninos interesantes en ese período literario concreto, ¿los echa en falta en la dramaturgia actual?

La verdad es que sí... Echo en falta, en general, papeles de mujeres de todas las edades, y papeles con enjundia. En el Siglo de Oro son unas luchadoras que pelean con su inteligencia y con su fuerza vital. Es verdad que la dramaturgia actual es muy amplia, con una parte muy experimental, pero a mí, que la vida me ha hecho especializarme en el Siglo de Oro y que he tenido la oportunidad de interpretar a Shakespeare, me parece que no hay en el teatro actual personajes femeninos de esa altura.

Dice que la vida le ha especializado en el Siglo de Oro, ¿cómo ha sido ese camino?

Ha sido el regalo profesional más bonito que he podido recibir. Yo vengo del teatro independiente. Estudié en La cuarta pared, con Sanchis Sinisterra y tuve la suerte de que me vio trabajar la directora Helena Pimenta. Ella me telefoneó y me comentó que un día me llamaría para algún papel y yo... no me lo creí. Pero, poco tiempo después, el teléfono sonó y me ofreció hacer de Rosaura en La vida es sueño, con Blanca Portillo. A partir de ahí, me formé en el Siglo de Oro: trabajé mucho el verso y empezamos a encontrar juntas un camino muy interesante y experimental, más allá de lo ortodoxo. Debo decir que me gustan todas las disciplinas, todos los géneros y todas las opciones, pero me enganché al Siglo de Oro porque es un mundo fascinante. Para enfrentarse al presente y al futuro, creo que está muy bien conocer el pasado.

¿Por qué?

El ser humano no cambia. Es una naturaleza que tiene dos opciones: ser bueno o ser malo (con sus matices, claro está). El teatro clásico es extrapolable al momento presente.

En Malvivir está rodeada de grandes profesionales.

Sí. Con Álvaro Tato ya había trabajado, por ejemplo, y, de hecho, mi presencia en este proyecto nace de una necesidad de montar algo juntos. Tato es maravilloso y creo que es el Lope de Vega del siglo XXI. Con Aitana Sánchez-Gijón también había compartido un par de proyectos de teatro y de televisión. Nos conocemos desde hace 15 años y somos amigas. Con el director Yayo Cáceres nunca había trabajado, pero le tenía una gran admiración por su trabajo en Ron Lalá. Él viene de un teatro muy lúdico, pero con mucha profundidad. Trabajar con él ha sido muy interesante: a partir de lo físico, llegamos a lo intelectual y lo emocional. Hemos trabajado como mulas [Risas].

Esta propuesta cuenta también con música en directo.

A cargo de Bruno Tambascio, sí. Es un compositor muy interesante que en directo hace de una especie de juglar que, con sus canciones, nos ayuda a contar la historia.

Por cierto, cada intérprete encarna a infinidad de personajes. Explíquenos.

Entre Aitana y yo hacemos quince personajes, por ejemplo. Además, el personaje principal es Elena de Paz, y a ella la interpretamos ambas. Es una mujer que, ante todo, quiere vivir y ser feliz. Ella, en el útero materno, dice: «Madre, que me muero por vivir...», pero todo lo que se le viene encima es tan cruel, tan salvaje y tan desmoralizador que se pasa la vida sobreviviendo y malviviendo... Y, pese a todo, no pierde su deseo de felicidad. En la primera fase de la vida de esta mujer la encarno yo y Aitana hace el resto de personajes que hay alrededor, mientras que en la segunda parte de su existencia la interpreta Aitana y yo hago el resto de personajes.

¿Qué tal tantos cambios de rol?

Es divertidísimo. Es muy interesante. Aitana y yo somos actrices con dos fuerzas y dos maneras de trabajar diferentes, y ver esa fusión y el cambio de personajes resulta interesante. Desde el punto de vista actoral, me enfrento a muchos contrastes. Equilibrar la intelectualidad con la intuición y el trabajo físico es muy duro... Tienes que mantener un entrenamiento porque con el trabajo de la palabra y con el del cuerpo realizamos un esfuerzo considerable... Es un reto para un actor tener que trabajar constantemente a ese nivel de concentración.

¿El espectador del siglo XXI conecta con esta visión tragicómica el siglo XVII?

Absolutamente sí. También tiene que ver mucho con la impronta que le ha dado el director, Yayo Cáceres; con el sello que le pone a sus funciones, que son muy lúdicas, que son teatro puro. Son casi artesanía sin artificios: no hace falta más que actores y contar la historia. El texto tiene muchísima belleza porque no renuncia al lenguaje del Siglo de Oro, pero a la vez es muy accesible y la obra visualmente es maravillosa.

¿El espacio escénico es muy simbólico?

Así es. Es esencial para que permita que nuestros cuerpos se muevan. Y es muy anacrónico, por cierto, al igual que nuestro vestuario.

Comenzó en la interpretación haciendo teatro experimental y trabaja mucho el teatro clásico. Si tuviera que ponerlos en una balanza, ¿cuál ganaría?

Creo que lo que gana es un buen texto y una buena dirección con ganas de trabajar duro. Yo no puedo comparar a Calderón con Sanchis Sinisterra, con quien he hecho textos que me fascinan de la misma manera. Me hace inclinarme por un proyecto u otro un buen texto y un equipo volcado en el teatro, nada de pajas mentales [Risas].

Usted ha trabajado con los mejores directores de este país: desde Gerardo Vera hasta Mario Gas, entre otros muchos. Atesora un amplio bagaje...

¡Tengo tanta suerte...! Gerardo [Vera] siempre decía que había que trabajar en familia para lo bueno y para lo malo. Sinisterra me enseñó a valorar la palabra por encima de todo. Mario Gas me ha dado grandes lecciones de pasión por el teatro (y de cómo entender el texto desde la musicalidad) Helena Pimienta me ha enseñado lo que es que el personaje siempre esté por delante de la escena… Tengo un cúmulo de aprendizajes. Me han regalado la caja de Pandora de los secretos del teatro y yo estoy intentado aprender a ejecutarlos bien.

¿Y qué otros proyectos está ejecutando actualmente?

Pues estoy trabajando en una serie para una plataforma que tiene muy buena pinta. Y compaginándolo con esta gira. Subirse a un escenario tras la que nos hemos comido, recorrer todo el país y ver cómo la gente entra al teatro con sus mascarillas y contempla lo que haces, es para dar las gracias a la vida.