El movimiento de fondo colea desde hace algunos años, y es ahora cuando se manifiesta de un modo más palmario, filtrándose en las distintas escenas, desde la más experimental hasta la más comercial. Si bien, hasta hace muy poco, guitarras eléctricas o sintetizadores podían representar la modernidad, se abren paso ahora la zanfona, la botella de anís o las voces de armonías ancestrales. Y la copla, el cant de batre y el corrido castellano, legados de los que los artistas se sirven para construir obras rampantes, sin temor a ser acusados de retrógrados o de rurales.

Lo observamos en artistas como C. Tangana, Vetusta Morla o Amaia, que han acudido a los legados tradicionales en sus nuevos trabajos, si bien llueve sobre mojado, en un escenario previamente sembrado por creadores que concibieron su idea de modernidad mirando hacia atrás y hacia adentro: desde el un día cantautor indie Nacho Vegas hasta la misma Rosalía con su jondo de vanguardia y sus polifonías litúrgicas. De ahí, al folk de la Alcarria de Los Hermanos Cubero, el music hall con raíces asturianas (lengua incluida) de Rodrigo Cuevas, el neoflamenco de la catalana María José Llergo, los palos tradicionales con tratamiento de shock electrónico de Maria Arnal y Marcel Bagés, el rock andaluz (y andalusí) de Califato ¾, las eurovisivas pandereteiras de Tanxugueiras, las coplas y saetas psicodélicas del dúo madrileño Ruiseñora, el canto ancestral venido del futuro de la mallorquina Joana Gomila y la menorquina Anna Ferrer... Esto es un no parar, y lo que vendrá.

Está claro que «se han perdido los complejos y los prejuicios», y que «ya no da vergüenza trabajar con materiales tradicionales», observa Francesc Viladiu, director del veterano festival (a)phònica, de Banyoles, centrado en la voz, y uno de los impulsores de Càntut. Marca esta de la que pende una prodigiosa web (con un archivo de 1.550 canciones transmitidas por tradición oral y capturadas de viva voz por vecinos venerables, al estilo del estadounidense Alan Lomax en los años 50), así como producciones discográficas y escénicas, y el festival celebrado cada noviembre en Cassà de la Selva. En su opinión, manda ahora «la búsqueda de la singularidad y del producto de kilómetro cero, que se manifiesta en la música del mismo modo que en el comercio o la comida». El mayor adiestramiento de los músicos jóvenes del ámbito popular respecto a sus mayores, donde dominaba el amateurismo, es otro factor. «Las escuelas superiores de música prestigian los instrumentos tradicionales como la tenora o el flabiol, que antes parecían de segunda división», estima Francesc Viladiu, que destaca la labor persistente, a lo largo de los años, de escaparates sectoriales en Catalunya como la Fira Mediterrània y Tradicionàrius, y de veteranos activistas como Artur Blasco, Jaume Arnella o el fallecido Jordi Fàbregas.

Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de música tradicional? Porque, veamos, ¿qué música está exenta de pasado? Quizá solo se trata de ver dónde se sitúan las raíces: el rock y el pop no son entes abstractos o flotantes, sino construcciones anglosajonas que absorbieron señales del folk irlandés, el country o la herencia africana palpable en el blues y el góspel. Pero la denominación de origen parece no existir cuando una expresión se convierte en hegemónica y global, y el acento connotado tan solo se dispensa a «los otros», a los que quedan fuera de la foto.

Ahí se sitúa la reflexión de Edi Pou, miembro del aventurero dúo Za!, cuyo último proyecto, con la Transmegacobla y las voces de Tarta Relena, entrará el mes que viene en el estudio. «Es como cuando se popularizó la etiqueta de músicas del mundo, como si las músicas anglosajonas no fueran de este mundo, cuando si vas hacia atrás seguramente llegarás hasta los trovadores ingleses», observa Pou, que ve cierto agotamiento del canon pop-rock. «La cultura anglo está en un ciclo de decadencia y la sociedad se abre a otras influencias. Hace un tiempo fueron las músicas de culturas lejanas, y ahora se mira a la tradición propia», añade el músico barcelonés, que apunta, como Viladiu, a la tendencia al kilómetro cero y a «la reivindicación de lo local».

Canciones versus ídolos

En realidad, el título de este artículo entraña una redundancia: la palabra folklore alude al carácter popular, de donde procede la forma pop. ¿Hablamos de lo mismo, entonces? Sí en su naturaleza originaria, si bien cada etiqueta ha desarrollado significados distintivos. Como apunta Edi Pou, «en el folk pesan la colectividad y el asociacionismo», mientras que el pop va asociado «a la producción industrial y a la creación de ídolos». En el folklore son más importantes las canciones (concebidas para ir de boca en boca) que los artistas y las estrellas, si bien está por ver si, en este nuevo orden en que se celebra lo más enraizado, los creadores sabrán apañárselas para que sus composiciones sigan vivas dentro de un siglo, o más, del mismo modo que el catálogo que les precede.