El 15 de febrero se cumplirán 10 años de la muerte en Málaga de Lina Romay, a quien la historia del cine ha relegado al papel de musa de su marido, el director de cine Jesús Franco, pero cuya biografía y obra revelan, más bien, a una pionera y una creadora desde la independencia más absoluta, el desprecio por el qué dirán y el imperio de la crítica de cine. Delante de las cámaras hizo de vampira, condesa misteriosa, agente secreto, mujer liberada ávida de sexo y cualquier delirio que se le ocurriera a su pareja (y a ella); detrás, siempre voluntariamente a la sombra del director, leyendo, con su ordenador montando imágenes, encargándose de la logística doméstica... ¿Quién fue Lina Romay?

«Yo diría que ambos, Jesús y Lina, son musas para el otro, en todos los aspectos, y que su libertad y su osadía se retroalimentaban. Especialmente en los periodos más oscuros de trabajo y de relación con el equipo, Jess [uno de los muchos sobrenombres por los que era conocido el realizador] no podría haber hecho cine sin ella», dice Álex Mendíbil, uno de los grandes expertos en la casi infinita filmografía de Franco.

Lina Romay (nombre real: Rosa María Almirall Martínez) nació en Barcelona en 1954 y su obsesión vital fue la búsqueda de la libertad: nos cuenta Mendíbil que probablemente era menor de edad cuando se casó con Ramón Ardid para poder salir de Barcelona sin permiso paterno, y que Ardid la introdujo en ese mundo del cine de Franco donde trabajaba como fotógrafo. «Así Lina empezó a viajar por España, Canarias y lugares tan exóticos como Madeira, y a conocer un modo de vida sin duda muy peculiar, donde Jess era el maestro de ceremonias. Ella empieza a trabajar para él en pequeños papeles a partir de 1972 y en 1973 iniciaron una relación secreta en Madeira, mientras rodaban La comtesse noire/Female vampire», asegura. Imposible olvidar a Lina Romay en una imagen totémica de esa película: casi desnuda, salvo por una capa (que parecía la prolongación de su cabellera) y una braga negras, en plena bruma, lenta y serena pero amenazantemente caminando hacia el espectador.

Lina Romay, en 'Le comtesse noire', uno de sus títulos icónicos. L. O.

«En Lina Jesús encontró la horma de su zapato. Alguien que lo ayudaba en sus locuras, que las compartía, y eso para un creador es muy importante», razona José Manuel Serrano Cueto, autor de uno de los libros más completos sobre Franco, 'Non grato'. En aquellos delirios protagonizados por la obsesión con el sadomasoquismo, los iconos del terror venidos a mucho menos y todo tipo de bizarros y psicotrónicos personajes tuvieron Lina y Jesús su patio de juegos y aventuras, tan fascinante para algunos como detestable e incómodo para bastantes más. «Yo lo que hago, y lo que haga, lo hago por mi cuenta y riesgo. Al que le guste bien y al que no, que se joda», sentenció Franco. Pues le gustó a mucha gente, incluidos Quentin Tarantino y Fritz Lang, por ejemplo.

Romay era, dicen, tímida, cerebral, tranquila, todo lo contrario al icono para los espectadores del cine de terror y también del porno; sí, porno, porque Lina se convirtió en la protagonista de las fantasías lúbricas filmadas del director: ambos fueron pioneros del cine X patrio a mediados de los 70, cuando apenas vivían en España; sin activismos, simplemente por seguir haciendo lo que les daba la gana (y dinero, por supuesto). «Lina estaba acostumbrada a desnudarse ante las cámaras desde los 18 años y rodar porno nunca fue un problema ni lo vivió como una revolución; cosa que no le resta valor, al contrario, da idea de una mentalidad muy libre y decidida que fraguó desde muy temprano. Tampoco les importaba un pimiento el ostracismo o la mala imagen que podía provocar dedicarse entonces al cine porno, ya tenían más que asumida su condición de francotiradores y marginados, como a Jess le gustaba decir», dice Mendíbil.

La actriz, en una escena de Exorcism (en la que es perseguida por el exorcista encarnado por Jesús Franco). L. O.

Cuenta Serrano Cueto que en las películas más fuertes del tándem (con títulos inequívocos como Macumba sexual, Falo Crest o Aberraciones sexuales de una mujer casada) «participaron actores y actrices convencionales que hoy reniegan de esa etapa»: «Lina no sólo no renegó, sino que se reía de quien renegaba de ello diciendo cosas como que Fulanito (ella decía el nombre) diga que no hizo porno, pero yo se la he chupado delante de las cámaras». Al fin y al cabo, a Romay se le atribuye la frase: «Yo solo me visto si lo exige el guion».

Sexo delante de las cámaras y, claro, delante de su pareja, el director. «Todo el mundo que les conoció en profundidad coinciden en decir que tenían una relación muy especial, pero no especial en el sentido tópico, sino en el de fuera de lo corriente. Una complicidad y un apoyo constantes que les hacía funcionar como un bloque inquebrantable. Con todo lo bueno y lo malo que eso implica de cara al trabajo en equipo. Se podría decir que había algo vampírico, por hacer un símil práctico», apunta Mendíbil. José Manuel Serrano Cueto ahonda en esta idea: «Su éxito como pareja» radicaba en que «se entendían muy bien, y, sobre todo, en que se daban espacio y respetaban».

El productor y realizador malagueño Kike Mesa aporta una feliz definición: «Lina y Jesús eran un monstruo con dos cabezas; a veces no sabías dónde acababa uno y empezaba el otro. Jesus era un autorretrato de Lina y Lina, remake de Jesús; él, cerebro yella, corazón»

Formaban un tándem perfecto. Jesús Franco, figura pública (todo lo que podía serlo un señor que rodaba películas como las suyas), se jactaba de su independencia con frases sentenciosas y tremendas, de gusto provocador; Lina Romay, su actriz y ayudante de dirección (entre muchas otras cosas), encargándose de que todo fuera bien en los rodajes y en casa ( «No era ama de casa, pero lo tenía todo muy limpito y muy arregladito», aseguró Antonio Mayans, actor habitual de Franco, a El Confidencial en una ocasión).

Cuentan que en los rodajes, entre escena y escena, Lina se apartaba a leer por algún rincón. Recuerda Mendíbil: «También era así al final: las veces que les visité en su casa apenas te dabas cuenta de que Lina estaba allí: se metía en una habitación y dejaba que Jess se ocupara de los fans o la prensa». El rodar porno había curtido su personalidad: «Lina padecía el apriorismo de ser actriz X ante descerebrados que habían intentado, presuponiendo que era una mujer fácil, realizar algunas fantasías con ella. Pero Lina era un muro construido con la argamasa del cine, nunca regalaba un cumplido y a veces no perdía oportunidad de dejar en evidencia a aquellos monigotes que la trataban con babosa superioridad», asegura Mesa.

Lina como Rosa Almirall. L..O.

Quizás por ese carácter solitario y tranquilo Romay empezó a centrarse más en funciones de edición, montando muchas de las películas del madrileño, escribiendo guiones y también dirigiendo películas, muchas de ellas X. Aunque la cosa no fue tan así: según la mayoría de expertos en Jess y sus alrededores, los filmes que en Internet Movie Database figuran como dirigidos por Lulú Laverne, Lennie Hayden y Betty Carter (seudónimos de Lina) fueron, en realidad, realizados por su pareja: «Hay bastante consenso por parte de toda la gente que les rodeaba: Lina no dirigió ninguna película, ni porno, ni erótica, ni nada. Lo de Laverne y los créditos que ella obtenía de vez en cuando era más una estrategia de cara a los derechos de autor y temas burocráticos de ese estilo. Lo que sí dirigió son dos cortos, más bien prácticas de montaje».

Málaga

Lina y Jesús se asentaron en Málaga (tras un tiempo en Playamar), en un piso del Edificio Santa Lucía que era continuo lugar de peregrinación de seguidores de ambos. Asegura Serrano Cueto que ambos encontraron en la Costa del Sol «el clima, la añoranza de otra época y, sobre todo, un grupo de gente joven que lo apoyaba incondicionalmente, entre ellos Pedro Temboury, José Roberto Vila o Carmen Montes». Junto a sus jóvenes camaradas, al margen de la industria como siempre, rodó en el Tívoli, hizo realidad cintas sobre mujeres mutantes que se transforman en tarántulas y cualquier marcianada que se les pasara por la cabeza y les entusiasmara. Aquí también, entre nosotros, en 2008, tras décadas de amor y colaboración, se casaron.

En una entrevista, Franco se jactó de que jamás le darían un Goya pero, quizás por eso, por haberlo dicho, finalmente la Academia le concedió una estatuilla honorífica en 2009. Y allí se plantaron Lina y Jesús: él, ya en silla de ruedas; ella, llevando la silla. «Cuando se lo dieron, Jesús y Lina regresaron a su butaca y tampoco a ninguna zona VIP. Se $$fueron a la sala de prensa y allí se sentó a tomar algo mientras se echaba fotos con los periodistas», recuerda Serrano Cueto. Aquella fue la única ocasión en que la cultura oficial destacó el talento de Jesús Franco y Lina Romay. Y la última aparición pública de ambos: Lina murió el 15 de febrero de 2012, a los 57 años, víctima de un cáncer detectado apenas tres semanas antes. KikeMesa, que acompañó a la actriz al hospital cuando se le comunicó el diagnóstico, fue el encargado de darle la terrible noticia al realizador. «Pero, ¿qué es eso de que se ha muerto?, me gritó nervioso. ¡ Bueno, pues no me hables más de Lina! ¡Ella sabra! Jesus odió a Lina como se odia a al amante que te traiciona, negando sin llegar a entender nunca aquel abandono del que la culpaba. Nunca mas me habló de ella. Sin corazón aquel brillante cerebro no volvería a ser el mismo».

Lina Romay, acompañando a Jesús Franco al recibir un Goya de Honor que era para los dos. L. O.

Los amigos jóvenes que le rodeaban pronto se dieron cuenta de que sólo habría una forma de que el tío Jess se sobrepusiera a la pérdida: involucrarle en una película. Y así surgió Al Pereira vs Alligator Ladies, un filme que, lamentablemente, sería póstumo: Jesús Franco falleció apenas un año después de la desaparición de su mujer, su musa, su coconspiradora en sus aventuras imposibles y una pionera, sin saberlo y seguramente sin quererlo, ajena a activismos y banderas, en tantas cosas. Diez años después de su muerte, Lina Romay sigue siendo un misterio. Y lo será dentro de otros diez.