Su primer largometraje, 'Espíritu sagrado', una película sobre cazadores de ovnis, niñas desaparecidas, reencarnaciones, programas de telebsura y bocadillos rebozados de jamón y queso. La proyecta este domingo en el Cine Albéniz (12.00 horas) en La Sala de los Cineastas, con coloquio posterior.

¿Es consciente de que Espíritu sagrado sume al espectador en el desconcierto?

Sí, porque no se puede adscribir a ningún género. No es una comedia, pero quiero creer que provoca risas, algunas de ellas nerviosas. Tiene elementos de ciencia ficción pero transcurre entre pisos con gotelé en las paredes, bares de tapas y agencias inmobiliarias, y mientras la escribía yo tenía en mente thrillers y ficciones policíacas como Sospechosos habituales y Chinatown. Sí, lo que más me divierte es confundir y descolocar al espectador, y es una lástima que no se hagan más películas de ese tipo.

¿En qué se inspiró para retratar la asociación ufológica que aparece en la película?

En un grupo real llamado Centro Ilicitano de Parapsicología, que conocí hace tiempo mientras veía la tele local de Elche. Eran personas muy distintas las unas de las otras, y no pude evitar imaginármelas a todas juntas, pasando la noche juntas en el campo para contemplar el cielo, formando una familia esotérica. Llegué a entrevistarme con su presidente, y de inmediato comprendí que sentía verdadera pasión por los fenómenos extraños. Me resultó fascinante. El tipo me contaba cosas demenciales, pero estaba genuinamente comprometido con la búsqueda de la verdad.

Como en sus cortos previos, en Espíritu sagrado inserta lo sobrenatural en un entorno absolutamente naturalista. ¿Qué le atrae de esa combinación?

Yo intento encontrar en nuestra vida normal y cotidiana aquello que me fascina de los relatos de ciencia ficción: avistamientos de ovnis, sectas, curanderos, apariciones marcianas... Me interesa enfatizar el contraste entre lo doméstico y lo fantástico. Cuando paseo por la calle y me cruzo con un albañil, con su mono de trabajo, me pregunto si podría ser el protagonista de una película de marcianos, y lo mismo me pasa si abro al azar el álbum de fotos que hay en casa de mi abuela. ¿Podría alguna de esas imágenes ser un fotograma de una película de ciencia ficción?

¿Diría que la película se inspira en el auge que las creencias excéntricas han experimentado gracias a internet y las redes sociales?

A mí las creencias me interesan desde un punto de vista antropológico. Por ejemplo, que personas por lo demás sensatas defiendan teorías ridículas me parece fascinante, y hasta cierto punto me conmueve; después de todo, tengo la sensación de que para ellas creer es una forma de protegerse frente al sinsentido de todo esto. También me divierte pensar en que, en última instancia, lo que persiguen los terraplanistas y los antivacunas a su extraña manera es el bien común. Miguel Bosé está muy despistado, pero sus intenciones son buenas.

Su cine tiene una clara vocación localista, pero al mismo tiempo es aplaudido en festivales internacionales. ¿Cómo se lo explica?

Tengo la sensación de que lo local se aprecia cada vez más. Especialmente a raíz del auge de las plataformas, la producción cinematográfica se ha homogeneizado mucho. Actualmente, por ejemplo, en una película lituana los personajes hablan igual, visten igual y viven igual que en una estadounidense. Supongo que lo que atrae en el extranjero de mi cine es precisamente que transcurre en un sitio como Elche, que no sale en ninguna otra película, o que incluye personajes que van en chándal y música bakalao en la banda sonora.