Cuando ya no se hablaba en las salas de conferencias de este primer encuentro de Escribidores que convoca la Cátedra Mario Vargas Llosa en La Térmica de Málaga, sentados de cualquier manera en los sillones largos del comedor donde se agasajaba a los ponentes, estaban Gioconda Belli, nicaragüense, poeta, novelista, y Héctor Abad Faciolince, también escritor de esas disciplinas, colombiano. Héctor, que conserva en su aspecto rasgos de aquel muchacho que vino a España en los años 90 para recoger silencio y premio, esta sentado en una silla recta, como si cumpliera una penitencia, hasta que disbruzó (así lo decía mi madre) las piernas y parecía un muchacho escuchando en la parte de atrás de la clase. Gioconda, que ha hecho de la sonrisa su manera de habitar el silencio, siguió en su sitio, explicando y escuchando explicaciones como si ella y Héctor desafiaran en esa reunión paciente los riesgos de la actual incomunicación mundial, asesinada de hecho por lo que mandan los artilugios digitales.

           Me acerqué y les hice una fotografía. Para la instantánea (se llamó en un tiempo instantánea, porque se hacía en un instante, pero tardaba en revelarse) posaron como habitualmente ocurre, la sonrisa que es como de bienvenida, suspendida la charla hasta que el que retrata da por concluida la tarea. Cuando ya me iba me dijeron de qué estaban hablando: de lo que pasa. Lo que pasa ahora es muy dramático, pues incluye la palabra guerra en Europa, en una nación, Ucrania, acosada por la vecina Rusia, mandada por un hombre al que algunos comentaristas acusan de loco y que con esa batuta distraída y ruin tiene en vilo a un continente y no sólo a un país chiquito, en el que niños y viejos están sometidos a la mala suerte que rifa la terrible casualidad de la geografía.

           Lo que pasa es eso, imaginé yo, pero si nos fijamos más en esa expresión, lo que pasa, e incluso en el tenor de las caras que tenían Gioconda y Héctor antes de la fotografía, se ve que en esa circunstancia que lleva años en sus corazones y en sus experiencias ambos tienen dentro la historia hecha pedazos de sus países respectivos, Nicaragua y Colombia, donde no han cesado el dolor y distintas maneras de satrapía o locura, como la que padecen ahora, y de qué modo, las numerosas víctimas de Vladimir Putin, que avergüenza a la vida y a la propia Rusia. Héctor acababa de hablar de su país y del mundo, junto a Sergio Ramírez, nicaragüense como Gioconda, y con el francés Pierre Assouline, reunidos en Escribidores ante las preguntas de la también escritora Esther Bendahan. Ésta preguntaba al galo y a los latinoamericanos por la identidad, hispana, latina, en lo que se tocan también con Europa, y en el fondo de lo que decían se notaba, en el caso de Sergio y de Héctor, que vienen de un pasado reciente que es aún más severo que la palabra identidad, y que es la vida.

           En el caso de Gioconda y Sergio se da ahora una circunstancia abrumadora, pues en este momento exactamente, mientras hablan en su estrado y cuando charlan con otros en estos salones de La Térmica, son concretamente exiliados del país por cuya libertad lucharon en los años setenta, presidido ahora por un sátrapa como Putin y que además apoya la guerra de Putin en sus desvaríos criminales. Ese exilio los ha traído a ambos a España, donde escriben y trabajan, después de haber sido compañeros revolucionarios de la gesta nicaragüense, echada a perder por Ortega instalando en el país que es su tierra una dictadura vergonzante que a ellos les señaló con esa disyuntiva: sumisión o muerte, muerte civil en todo caso. Héctor, que comparte la fotografía que tomé con Gioconda, viene de otro país cuyo tormento, en su caso, es también una herida personal que ya tenía aquella vez que venía, como un poeta de ojos asombrados, a una ciudad, Madrid, que con los años sería también otro hogar propio y de sus libros. Provenía y proviene de un país que tuvo la mala suerte histórica de ser capital de la amenaza y de la muerte, donde unos bandidos mataron a su padre por el pecado civil de ser un hombre bueno, un médico preocupado por la calidad del agua, símbolo no sólo poético de la salud de las personas.

           A lo largo de los años los dos, cada uno por su lado, con sus estilos distintos, con sus lenguajes marcados por distintas experiencias que concluyen en heridas parecidas, han ido contando América Latina; en el caso de Sergio, que no estaba en la fotografía, aunque estuvo un rato en esta sala de los pasos perdidos, animado por la música inmortal de Rubén Darío (soñando ahora, por cierto, en llevar al teatro su manera de ver las Luces de Bohemia de Valle Inclán en la que aparece el poeta sentado junto al licor del café) y estupefacto ante la realidad de pesadilla que a él y a Tulita, su mujer, lo han traído a vivir a Madrid mordidos por la incertidumbre y ayudados por la paciencia. Ese mundo del que vienen los tres es un imán para quienes hemos llegado a adultos cuando Latinoamérica era una esperanza o una luz aun bajo el estupor oscuro de la dictadura de Franco. Ahora allí formas distintas de la dictadura, también la dictadura de la maldad, es lo que pasa. Sentados cada uno en su sillón, Héctor con sus piernas disbruzadas, Gioconda con la sonrisa suspendida mientras el fotógrafo los retrataba, son símbolos mayores de una realidad que tiene su aposento enrabietado en libros que son historia moral de sus experiencias, símbolo de lo que pasa con el futuro cuando éste es manejado por la ruindad de unos malvados. (Por cierto, ahora que me fijo en la fotografía: detrás de Héctor y de Gioconda se ve a Juan Gabriel Vásquez, también colombiano, y a Carlos Franz, chileno, ambos escritores, ambos marcados, pues, por la voluntad de contar lo que pasa, como los que están en primer plano en el retrato).