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Enrique Vila-Matas Escritor

«Hoy hasta el más tonto de los escritores ha hecho un libro sobre su padre o su madre»

Tres años después de «Esta bruma insensata», vuelve Enrique Vila-Matas a la novela con Montevideo, una suerte de «tratado sobre la ambigüedad». Es un libro divertido e intenso en el que el catalán sigue abriendo puertas para plantarse en el punto exacto entre la ficción y la realidad

Enrique Vila-Matas. KIKE RINCÓN / EUROPA PRESS

Hay mucho de reseteo del disco duro y regreso a los orígenes en la última novela de Enrique Vila-Matas que acaba de llegar a las librerías. Montevideo se llama y para aquellos que busquen descripciones de la capital uruguaya, digamos que solo van a encontrar la de la habitación de un hotel real donde Julio Cortázar situó un relato suyo sobre una puerta condenada. La conversación se inicia impulsada por la preocupación por el estado del escritor, que acaba de superar un importante problema de salud. Poco lo dirían. Acaban de trasplantarle un riñón y la donante es su esposa, Paula. La sempiterna Paula de Parma de sus dedicatorias. El autor está moreno, delgado y con ganas de abordar la fatigosa promoción de su novela que ha publicado Seix Barral. Todo bien.

Sorprende el tono ligero de esta novela escrita en un periodo que no ha tenido nada de divertido.

Diría que desde Kassel no invita a la lógica no había urdido un libro tan libre. Mis últimas novelas estaban un poco atenazadas, especialmente la última. Aquí no me he querido poner reglas. Me he dicho que voy a volver a ser lo que soy.

¿Se podría decir que Montevideo es como una reescritura de París no se acaba nunca, uno de sus libros más exitosos?

Aquel libro era, por decirlo de alguna manera, autoficción, una palabra que se ha devaluado y ha sido poco comprendida, porque es sabido que todo lo que se escribe sobre la realidad modifica esta realidad. Aquí he querido marcar las diferencias con este narrador que viaja a París para ser como Hemingway y muy poco después se convierte en delincuente. No quería que de nuevo los periodistas me preguntaran si lo que escribo es autobiográfico. Pero es inútil, lo volverán a hacer.

¿Por qué le molesta ahora el término autoficción?

Antes era un término muy moderno que imponía. Recuerdo que una vez di una charla en una ciudad de provincias con la presencia de una parte de la Familia Real y me advirtieron que no hablara de autoficción ni de cosas raras [ríe] pero ahora se emplea para igualar a todos. Hoy hasta el más tonto de los escritores ha hecho un libro sobre su padre o su madre.

¿Qué es lo que ha querido decir aquí?

Básicamente, que estoy harto de los narradores y de las narraciones. Que lo que a mí me gusta es el pensamiento, la literatura, Nietzsche, Paul Valéry. Esas cosas.

¿Una novela sin historia, es eso?

Sí y se aprecia ya desde la portada que muestra ese cuadro de Hammershoi, el pintor danés, en el que tres puertas se entreabren en perspectiva. Me gusta porque es un interior sin figuras humanas y eso hace que la ilustración no esté relatando nada.

Pero sí le da un cierto aire fantástico. Se podría decir que esta es su primera incursión en esa geografía inquietante.

En La asesina ilustrada, la novela que escribí en 1977, ya estaba ahí. No quiero hacerme el inocente pero mientras escribía no me di cuenta de que estaba haciendo literatura fantástica. Yo solo quería buscar la puerta real de la habitación que inspiró a Cortázar en un hotel real, el Cervantes, que ahora ya no se llama así. Cuando viajé a Montevideo fui hasta allí y pedí la misma habitación.

¿Sabían allí algo del paso de Cortázar por el hotel?

No. El hotel se había convertido en un establecimiento de citas por horas y los clientes se quejaban de que había cucarachas. Había tenido tiempos mejores y sido frecuentado por Borges, Bioy Casares y Carlos Gardel, que llegó a cantar allí. Imaginé una conjura fraguada en la recepción del hotel que se pone en marcha a partir de una consigna, que no aparece como tal en el libro.

¿Y es?

Tacuarembó. Es el pueblecito donde los uruguayos aseguran que nació Gardel en oposición con la teoría de Buenos Aires o las que lo sitúan en Toulouse. Bueno, la conjura es bastante inocente. Solo con el libro acabado me di cuenta de que en realidad la búsqueda de un cuarto propio, como el de Virginia Woolf, es para mí la búsqueda de un estilo propio.

De Montevideo se traslada a París, donde la artista Dominique González-Foerster creó una habitación específica para usted.

Sí, fue en una retrospectiva que le dedicaron en el Pompidou. Creó para mí un cuarto único que solo podía abrir una llave que solo tenía yo. Muchos amigos me pidieron ir en mi lugar pero yo sentía que solo yo podía abrir esa puerta. No sabía que me iba a encontrar allí. Al final fue una maleta roja, muy parecida a una que me había encontrado en Toulouse, poco antes de que su propietaria aporreara la puerta del hotel donde me encontraba para gran desconcierto mío.

Hay una pregunta importante en el libro y es si en el fondo no escribimos sobre lo que no nos deja escribir.

Es una pregunta que le planteó Beckett a un amigo suyo. Y me parece muy bonito pensar en escribir sobre aquello a lo que no tenemos acceso. Que jamás llegaremos al final de una historia porque llegar ahí supone que no tenga sentido continuar.

Jugando con los paralelismos entre París no se acaba nunca y esta novela. Aquella acababa con una divertida frase lapidaria de su padre. Aquí la dice su madre.

Sí. Tras preguntarle por qué era tan extraño el mundo me soltó: «El gran misterio del universo es que hubiera un misterio del universo».

Su padre era una figura imponente y en cierta forma ha aparecido en muchas de sus novelas. Pero su madre, no.

Es curioso porque mi padre tampoco hablaba de su madre. En casa estábamos muy intrigados. Cuando empecé a escribir, ella solía venir a verme en las presentaciones y conferencias. Si yo contaba por ejemplo que nos habíamos ido a Cadaqués en un 600, ella se levantaba y decía en voz alta: «Falso, miente». No entendía la ficción.

Una señora muy literal.

Durante la guerra tuvo que trabajar mucho en la casa de Llavaneras y maduró muy pronto. No estaba para tonterías. Un día quise contarle una historia muy divertida. Fui a París en tren cama de esos de cuatro literas. Uno de los viajeros, que se parecía a Johnny Hallyday, llevaba un papagayo que solo decía «Je t’aime». Y lo decía continuamente. Faltaba el cuarto viajero que subió en Lyón, entró a oscuras y cuando se hubo acostado el pájaro se puso a gritar «Je t’aime». Nadie movió un músculo. Yo llevaba una polaroid y por la mañana les hice una foto al chico y al papagayo, básicamente, para enseñársela a mi madre. Cuando la vio me dijo: «Eso te lo has inventado».

Así, antes que los periodistas, la primera interesada por la realidad o no de sus ficciones fue su madre.

Mi padre tampoco tenía mucha relación con la ficción. Cuando escribí El viaje vertical le dije que iba a salir un libro que parecía que hablaba de él pero no era así. Me preguntó a qué se dedicaba el personaje. Bueno, dije, es político, nacionalista, juega al póker… pero las cosas que le ocurren me las invento. Fue entonces cuando mi madre preguntó: «Y, yo ¿salgo?» A lo que él respondió: «¿Cómo quieres salir tú si no salgo yo?» Brutal.

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