Una de las características más definitorias de la sociedad actual es la de entretenerse en los meandros de las cosas, obviar la ruta que llega al meollo para perderse sin remedio. No se habla de lo importante, sino que nos centramos en los aspectos más anecdóticos, quizás porque propician unas conversaciones más simples, directas y emocionales. La prueba la hemos tenido estos días con el Andalucía Big, una de las citas musicales debutantes en el panorama festivalero este verano.

En los foros públicos no se ha discutido su millonaria subvención de la Junta de Andalucía (4 millones de euros concedidos por la Consejería de Turismo, entonces capitaneada por Ciudadanos), que sirvió para romper un hipotético fair play financiero en el sector; tampoco se comentó que la promotora, Mad Cool, anunciara que los conciertos tendrían lugar en Sacaba Beach sin tener aún los permisos del Ayuntamiento (menos mal: en los últimos meses, tres roturas de tuberías han inundado la zona de aguas fecales); ni que la organización esperara hasta el ultimísimo momento para anunciar los sustitutos de los caídos Rage Against The Machine y que estipulara un plazo de devolución de las entradas ya adquiridas más que estrecho, por decirlo con suavidad. No, la discusión social se ha basado en los niveles de «ruido» de un festival como éste, que ha contratado a estrellas internacionales, de popularidad incuestionable, como Muse, por ejemplo. 

Que conste: yo no habría pagado el abono del Andalucía Big, no comulgo con su cartel a grandes rasgos, así que estas líneas no son un «como a mí me gusta, mola». Seguramente si fuera vecino de zonas cercanas al Cortijo de Torres me habría quejado, en privado, dándome la enésima vuelta en la cama, del volumen de la cosa. Como también he hecho con los chupinazos de las salidas del Rocío, los fuegos artificiales que aterraban a mi gata, el zumbido de las marabunas durante la Feria y, en fin, todos los acontecimientos masivos que, al parecer, exigen de volumen brutal para acceder a los niveles de exaltación deseados.

Nunca he estado de acuerdo con la famosa frase de Vicente de Paúl: «El ruido no hace bien, el bien no hace ruido». Pregúnteselo a un niño, señor De Paúl, trate inculcarle las bondades del silencio a quien, aún agreste y ajeno a las convenciones, sólo persigue la diversión. Miren la estupenda foto (de Álex Zea) que corona este artículo: dos asistentes al Andalucía Big sonriendo. Sí, no soy tan iluso, detrás de esa imagen preciosa, hay cosas que no lo son tanto, pero a mí ver algo así me reconforta.  

Yo soy más de otra frase, que no es de un sacerdote sino de los Beastie Boys: «You’ve got to fight for your right to party» (o sea, «Tienes que luchar por tu derecho a la fiesta»). Especialmente en estos tiempos, tan oscuros y amenazantes, que tientan constantemente para que caigamos en el desánimo, el cinismo y el exabrupto, la importancia de la fiesta (por supuesto, regulada, dentro de los límites elementales de la convivencia) resulta más que capital; parece más una purga que un simple acto casual de diversión. Y claro que tenemos derecho a ello, a detener durante unas horas (dentro de la prudencia, insisto) la marcha de la vida y encontrar las razones para seguir adelante. Porque, ¿saben?, sospecho que quien encuentre el sentido de la existencia lo hará mientras salta, baila o canta, no delante de un escritorio dándole a la cabeza.  

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El Andalucía Big Festival, en imágenes Álex Zea / Jorge Zapata (EFE)

Por supuesto, hay daños colaterales, como en cualquier manifestación masiva, pero deben ser calibrados. No puede ser considerado equivalente un festival con las medidas de seguridad pertinentes a un botellón descontrolado debajo de tu casa; no es ni remotamente parecido que 90.000 personas (según el balance de la promotora) se acerquen a pasar un buen rato escuchando a algunas de sus bandas favoritas (repito, muchas de ellas de popularidad mundial) a sufrir el griterío, la suciedad y el descontrol de unos borrachines que se sienten legitimados para hacer lo que les venga en gana. 

Quejas, todas las del mundo, pero razonadas y razonables, sin generalizaciones, quizás, en este caso, por ejemplo, sobre la subvención millonaria a una cita ideada por una empresa privada. Porque, al final, las quejas que no son útiles, que son protestas al aire, que hacen el juego a esas redes sociales que se lucran de nuestros ahogos, terminan generando otro tipo de ruido, más sibilino pero igual de ensordecedor: el de una sociedad gruñona y aburrida incapaz de aceptar al otro. Y ése es un ruido muy, muy peligroso, que no se ajusta a los simples decibelios.