A Rogelio López Cuenca le encargaron participar en la exposición 'En el nombre del padre', colectiva del Museo Picasso Barcelona en que artistas contemporáneos españoles reflexionaban sobre la herencia de Pablo Picasso. El nerjeño, junto a Elo Vega, respondió con una simple instalación: un escaparate poblado por centenares de pequeños picassos caganers de monedas. No se trata, desde luego, del concepto más sutil en la historia del arte pero su potencia y rotundidad resultaban perfectos para plantarnos ante nuestras narices una pregunta más que pertinente: ¿de qué hablamos cuando hablamos de Picasso? ¿De arte, de comercio? ¿De un artista, de una marca?

Valga como pequeño ejemplo de la tremenda trayectoria creativa de López Cuenca, uno de los grandes observadores comprometidos del arte contemporáneo y su gestión pública, un analista brutal del turismo (cultural o no) y sus secuelas, un hombre preocupado por la mercantilización de lo intangible. Que haya recibido un premio de la envergadura del Nacional de Artes Plásticas un tipo tan incómodo, que ha demostrado ser insobornable, hasta empecinado en sus presupuestos artísticos, es una formidable noticia.

"Si el único baremo es el mercado, ya sabemos qué tipo de cultura vamos a tener", me comentó una vez el nerjeño durante una conversación sobre el dinero, el arte y el turismo cultural (al que definía así: "una señal inequívoca de la inminencia del Apocalipsis"). Por supuesto, se imaginarán que en su propia tierra, en Málaga, capital que se ha aupado al escaparate artístico internacional haciéndose con los stocks de grandes marcas de la exhibición mundial, Rogelio no haya sido el artista más querido por las instituciones que levantan los museos. Rogelio llevaba mucho, muchísimo tiempo sin exponer entre nosotros hasta que, finalmente, hace sólo unos meses, en mayo, la siempre aguerrida Tecla Lumbreras, vicerrectora de la UMA, le abrió las puertas del Rectorado para su Fremdenverkehr, un análisis a tres voces (Enrique Navarro y Juan Francisco Gutiérrez acompañaban la suya) de las relaciones entre el capitalismo, el sexismo y el clasismo con el aparentemente inocuo concepto del viaje de ocio. 

El corpus artístico de Rogelio López Cuenca no tiene fisuras, es absolutamente coherente, se levanta con un más que solido andamiaje teórico y es siempre planteado desde la disidencia, desde esa resistencia enemiga de la injusticia, lo superficial y el entertainment más vacío de contenido; convencido de que toda manifestación artística es política: "No hay arte que no tenga una dimensión y un uso político. Lo que ocurre es que cuando su política, o sus alusiones a lo político coinciden con las del amo, cuando va en la misma dirección que la ideología dominante, que la ideología-ambiente, esa condición política [de la manifestación artística] pasa desapercibida", reflexionó en una entrevista con 'Staf'. 

Depende de a quien le preguntes López Cuenca será una actualización del marxista trasnochado y tendencia al gruñido destemplado, siempre descontento con la evolución de las cosas o, en cambio, un intelectual de mirada preclara, que supo anticiparse a muchos de los problemas sociales y culturales que perturban nuestros días. Quizás tenga algo de ambos. En cualquier caso, su examen severo y cerebral, interpelando siempre a la colectividad, de asuntos que deben ser mirados con atención sigue siendo útil para todos aquellos que no se dejan llevar por el signo de los tiempos. Su arte dribla las trampas de tanta protesta que los recursos fáciles y llamativos que emplea aquello sobre lo que se protesta; no, Rogelio siempre busca el tuétano de las cosas, el fondo, lo que nos debe importar. El Premio Nacional de las Artes Plásticas nos lo recuerda con el galardón de esta edición.