¿Por qué decidió dar el salto a la novela con esta historia?

He escrito poesía durante veinticinco años. Estaba empezando a sentir atracción por la musculatura narrativa. La poesía era mi zona de confort, y hasta que no me he sentido a gusto con el proceso de elaborar una historia, con sus personajes, no he querido atreverme.

¿No es la poesía el género más complejo de abordar?

Todo es complejo. Con una metáfora, creo que la poesía es para velocistas, para correr los 60 metros lisos. Un novelista, en cambio, es un corredor de fondo. Los hay quienes hacen auténticos maratones y llevan a cabo sagas. Tu músculo narrativo se debe adaptar a cada secuencia. En la poesía te la juegas más, está todo muy medido. La narrativa aporta más flexibilidad y requiere de visión de conjunto. Aun así, en cualquier género hay que ser profesional.

¿Dónde queda la intuición?

La profesionalidad no está reñida con la pasión. Es cierto que en todo escritor hay un componente intuitivo porque, a diferencia de otros ámbitos, pones en marcha personajes y no sabes qué va a pasar con ellos. En la novela, los personajes toman su espacio y se relacionan entre sí. Tú tienes que ser lo suficientemente flexible para ver qué te pide el personaje y lo suficientemente ágil para poder llevarlo a donde tú quieres. Así que sí veo una mezcla de intuición y de oficio. En lo que respecta a la literatura, me gusta hablar de oficio. Es una parte muy importante de mi vida.

Esta historia surgió durante el confinamiento.

Sí, surgió en los primeros días. Cuando llevaba una semana lo abandoné, supongo que por el hartazgo que todo el mundo sintió en un momento dado. Hay quien optó por el yoga, las manualidades o la gimnasia. En mi caso, fue la escritura de una novela [Risas]. Pero muchos teníamos la cabeza tan cambiada por estar encerrados que no veíamos más que los barrotes. Hay quien lo vivió bien, pero yo estaba loco por salir. No he comprado más barras de pan en mi vida [Risas]. Así que retomé el proyecto tras la pandemia y reconozco que me ayudó el no tener plazos marcados.

¿Cómo logró la intimidad en ámbitos tan poco habituales como vivir del cine de adultos o el debutar en el fútbol?

Cuando uno hace una novela tiene que ponerse en la piel de los personajes. Más que investigar sobre aspectos profesionales, quise averiguar cómo son las vidas privadas de esas personas. Me interesa saber qué pasa con las personas cuando se apagan los focos, ya se trate de una actriz, un político o un vigilante de seguridad. No por cotilleo, sino porque creo que la literatura es de las pocas artes que puede investigar sobre esas trastiendas personales.

¿Es una novela social?

No al uso, como la que se impuso en los 60 en España, con unos discursos e intención política decisiva. Sí es una novela con una carga social importante, pero trasciende para ir más allá del género. Otro elemento continuador en la historia es la ausencia de dinero y su búsqueda. Es un cuarto personaje. Es el gran gestor y dinamitador de las relaciones sociales de nuestra época.

El fútbol también está muy presente, ¿usted es aficionado?

Muchísimo [Risas]. El fútbol es metáfora de muchas cosas, más allá de veintidós personas pateando un cuero. Pasan cosas tan extrañas como el empate que, además, solo se da en el ajedrez. El empate tiene mucho que ver con la vida: en la vida casi nunca se gana o se pierde por completo, sino que la mayoría de las veces empatamos. Incluso se puede hacer muy mal partido y ganar. Eso es lo que me llama la atención. Me gusta el fútbol porque es tan imprevisible como la vida.