Menudos tiempos de luto regio. La reina de Inglaterra, eterna, se murió un jueves y el domingo siguiente nos dejó Javier Marías, rey de Redonda, no menos eterno. El exquisito filósofo Julián Marías decidió inscribir a su hijo Javier con la vieja grafía de la jota, Xavier (la que hace que México se escriba con X y se pronuncie Méjico), de ahí que el escritor decidiera recuperarla al ser coronado como Xavier I, cuando se alzó como soberano de Redonda, una isla caribeña que pertenece geográficamente a Antigua y Barbuda y que (cosas de la Commonwealth) tenía a Isabel II como soberana y ahora a su hijo Carlos. La historia de cómo el escritor madrileño alcanzó ese título es preciosa. Más que nada se trata de un juego literario, una hermosa ficción, sobre un islote únicamente habitado por aves marinas. También ha enriquecido algunos de los libros de Marías como Todas las almas y Negra espalda del tiempo.

Una imagen del islote de Redonda, cercano a la isla de Antigua, en el Caribe. | EL PERIÓDICO

Ahora con el autor fallecido, muchos de sus lectores se preguntan quién le sucederá, porque básicamente la actividad real de Marías pasaba por impartir títulos de nobleza a sus amigos y a algunos escritores, cineastas y artistas particularmente queridos por él, es el caso de Francis Ford Coppola, Ray Bradbury, J. M. Coetzee, Mario Vargas Llosa, Phillip Pullman o Colm Toíbin. Duquesas, muy pocas, ay, Julia Navarro y la ensayista británica Marina Sarah Warner, entre ellas. Juan Cruz fue nombrado comisario de agitación y propaganda y al parecer a Javier Mariscal le tocó el honor de diseñar la bandera.

El reino le sirvió también a Marías para crear un sello editorial, Reino de Redonda, que fundó junto con su esposa, Carmen López Mercader. «Quizá el reinado de Redonda ha sido un empeño que Javier llevó a cabo solo pero la editorial era un proyecto compartido con su esposa», explica María Lynch, de la agencia Casanovas & Lynch, que lleva los derechos del escritor y así como los de los dos raros autores que precedieron a Marías en el trono de Redonda, M. P. Shield y John Gawsworth, aunque al primero le falte muy poco para entrar en el dominio público. Para la agente, la sucesión está en manos de las disposiciones que habría dejado el autor, pero también en la voluntad de la viuda de darle continuidad a un sello que era sobre todo un reflejo de los gustos y obsesiones personales del escritor en un catálogo que ronda ahora los 40 títulos.

Un miembro muy cercano del círculo de amigos del escritor hace una revelación significativa: Marías no se fue dejando el trono vacante. «Ya tenía pensado sucesor», explica, «estaba cansado y quería cederlo. Eso se revelará posiblemente en los próximos días. También es muy probable que el título quede desvinculado de la editorial». Otro de los grandes amigos de Marías, el cineasta Agustín Díaz Yanes, que le conoció en la facultad de Filología, fue uno de esos notables que alcanzaron un título ducal. «No veo a nadie que no sea Javier ejerciendo de rey de Redonda -explica el director- porque fue él quien dio a conocer universalmente esa historia, era muy suya aunque él no la hubiera creado. Como rey era muy trabajador algo que no abunda entre la realeza».

De «broma seria» califica el reinado de Xavier I otro miembro de su círculo más íntimo, el poeta y narrador Luis Antonio de Villena, que recientemente ha hecho pública en El Mundo una nota reciente enviada por el autor en la que le comentaba la necesidad de nombrar un sucesor. «Aunque siempre le puso una gran energía al proyecto, en los últimos tiempos se mostraba cansado y supongo que la idea le perseguía. No era fácil hacer la elección, primero porque necesitaba a alguien que diera el perfil, lo que era importante, y más importante todavía, que la persona que se comprometiera a ella lo haga con el mismo compromiso que él». Tanto Villena como Díaz Yanes convienen en que Marías no pensaba en un fin próximo. «Tanto él como yo éramos muy supersticiosos y sencillamente no hablábamos de eso», comenta el director.

¿Esconde el comentario de la misiva enviada a Villena la intención de cederle el cetro al amigo? Villena, duque de Malmundo, no lo cree así: «A mí no me importaría pero no tengo la disponibilidad ni la dedicación enorme que le puso Javier».

Un cuento de hadas

La creación del reino de Redonda se remonta al siglo XIX en lo que parece el inicio de un viejo cuento de hadas. Un magnate naviero caribeño con ocho hijas deseaba un hijo varón. Cuando lo logró no se le ocurrió cosa mejor para celebrarlo que comprarle al pequeño un islote cercano a Antigua, descubierto en su día por Cristóbal Colón, y coronar a su hijo como rey del lugar. Poco después, los británicos decidieron anexionarse la isla al descubrir que allí había fosfato de aluminio. Los tiras y aflojas legales entre la corona y Shiel se prologaron durante décadas hasta que finalmente la reina Victoria accedió a que fuera denominado rey con la condición de que el título estuviera vacío de contenido. Shiel se convirtió en un estimable escritor de literatura fantástica -quien ha leído La nube púrpura no la olvida- y, sin descendencia, y el título pasó a otro escritor aún más olvidado, John Gawsworth, que inició la costumbre de repartir títulos entre la intelectualidad anglosajona. Fue así como Lawrence Durrell, Henry Miller y Dylan Thomas fueron nombrados duques de Redonda.

Borracho hasta el delirium tremens y acuciado por las deudas, Gawsworth vendió su título varias veces por un vaso de vino a los propietarios de los pubs que frecuentaba y al final, mucho más sobrio, cedió el honor a John Wynne-Tysson, el tercer rey de Redonda. Cuando esté leyó Todas las almas, libro en el que se relata la triste historia de Gawsworth, decidió abdicar en él porque el cargo le suponía muchos quebraderos de cabeza, ya que los posaderos exigían sus comprados derechos. Cedérselos a un español fue una jugada maestra, ya que Marías internacionalizó la historia y acuñó la leyenda. ¿Podrá sobrevivir un reino de fantasía sin la presencia de la persona que aunque no lo inventó si le dio carta de categoría? El tiempo lo dirá. Mientras tanto hagan sus apuestas: ¿regresará la distinción a Inglaterra o se quedará en tierras hispanas, tal como el descubridor a Occidente de aquellas tierras, Cristóbal Colón, habría deseado?