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Eduardo Ruiz Sosa Escritor

«Me pareció más ético que hablaran las víctimas y sus familiares»

La memoria, la enfermedad y la muerte son tres constantes en las obras del escritor Eduardo Ruiz Sosa, autor que dedicó 15 años a gestar su nueva novela sobre las desapariciones en México - ‘El libro de nuestras ausencias’, una mirada al tormentoso mundo de los desaparecidos

El escritor Eduardo Ruiz Sosa. KALA MADRIZ

El escritor méxicano asentado en Barcelona, Eduardo Ruiz Sosa (39 años), visitó Málaga, el pasado lunes 12 de septiembre, para presentar su nueva novela, ‘El libro de nuestras ausencias’ (Candaya), un relato sobre las desapariciones del México contemporáneo, un país fragmentado por sus múltiples personalidades.

La novela comienza señalando que serían necesarios más de 120 años para desenterrar los más de 52 mil restos humanos que están sin identificar en México ¿qué le llevó a querer escribir esta historia?

Es una realidad que se ha intensificado en los últimos años y me resulta inevitable escribir sobre ello, pues me toca muy de cerca. Aunque viva en Barcelona, es parte de mi vida cotidiana porque mi familia y amigos están ahí. Me interesa que todo lo que escribo tenga una orientación política y una posición ética que funcione también como una denuncia. Sin embargo, me gusta también profundizar en los aspectos emotivos y que haya una interpelación a lo íntimo de quien lee y de los personajes que se retratan en el libro. Quería que no fuese solo una cuestión, cronística, histórica o periodística

¿Cuál ha sido el mayor obstáculo con el que se ha encontrado a la hora de escribir esta novela?

Lograr un equilibrio entre lo social-político y la parte más personal e íntima para que no fuesen dos esferas aisladas. También el renunciar a ciertos elementos autobiográficos o de la intimidad que yo quería contar. En la última fase de escritura del libro, decidí eliminar casi 800 páginas que tenían que ver con una presencia muy fuerte de un narrador en primera persona que llevaba al lector a lo largo de la historia. Pero me pareció más ético que hablaran las víctimas y sus familias, y no yo. Fue un proceso muy veloz. Unos meses muy intensos y agotadores, en los que escribía diez u doce horas diarias.

Además este libro lo ha gestado durante casi 15 años...

Han sido muchas versiones escritas y tiradas a la basura. Los primeros esbozos son del 2007 y, a partir de ahí, cada tanto tiempo reescribía todo el libro. Evaluaba la estructura, lo reescribía y lo volvía a tirar. Conforme iba cambiando la realidad de mi entorno, también lo iba haciendo la historia en la que iban apareciendo y desapareciendo personajes.

¿Ha cambiado mucho desde el planteamiento inicial hasta ahora?

El objetivo esencial de hablar de la ausencia y de la desaparición siempre se ha mantenido. Lo que ha cambiado ha sido la forma de hablar del libro. La prosa, la estructura del relato y algunos elementos narrativos, como varios personajes.

Al inicio, afirma también que no ha encontrado otra forma de mirar a este presente ¿cómo ha sido esa manera de mirar?

Es un presente hecho pedazos. Una realidad social y colectiva rota con todos sus vínculos internos destruidos. De manera que, para mí, la prosa tenía que ser también rota, sincopada y con una determinada respiración. Por eso el libro tiene esos cortes, versos y espacios en blanco, que representan, por un lado, una realidad social muy concreta; y, por otra, el cuerpo del ausente y su memoria. Para mí era importante no solo explicar la historia, sino reflejarla también en la disposición del lenguaje y el modo de explicar la prosa.

¿Por qué considera que «México es un país esquizofrénico, lleno de fantasmas»?

En la novela, las Rastreadoras, al cavar, encontraban a sus hijos, pero, al continuar, encontraban también a los muertos de la revolución, los de la independencia, los de las colonias… y así sucesivamente, como si en las fosas clandestinas hubiese estratos de muerte y ausencia. Justamente eso es lo que pasa con México, que hay como una especie de múltiples capas de realidad. Una serie de realidades que cohabitan como si fuesen distintas personalidades de un mismo individuo, cuya identidad única, está fragmentada, como la esquizofrenia. Tenemos por un lado un México violento y corrupto, y, por otra parte, un México rico en cultura, lleno de gente que es amable y hospitalaria, que coexiste también con un México de los desaparecidos y las fosas. Múltiples identidades que se conectan, pero que producen un vínculo muy complicado con ese territorio.

El tema de las fosas es algo que toca de cerca a los españoles...

Sí claro, y a muchos países. Aquí hay una deuda histórica con las víctimas de la guerra y de la posguerra, con todas estas fosas y cunetas llenas cuerpo como en México, Argentina o Chile. Creo que, a pesar de que el libro tiene un contexto muy definido, de alguna manera conecta con esa idea general, porque, al final, la intención es hablar de quienes buscan a esos cuerpos y a esas memorias perdidas.

¿Por qué decidió que la novela girase en torno al teatro?

El teatro es un elemento fundamental del libro, no solo porque hay personajes que son intérpretes o porque hay un teatro donde ocurren una serie de cosas, sino también porque la composición y la presentación del libro es muy dramática. El teatro es muy importante porque, tanto la puesta en escena como la interpretación, se relacionan con la desaparición y la ausencia. Al final, la interpretación es como una desaparición del yo. Además, hay un par de personajes históricos que tienen mucho que ver con el teatro, por lo que quería que este fuese como una especie de pivote donde todo se conecta.

¿Cómo afecta esa ausencia a nuestra vida?

Es como una suspensión de lo que asumimos por normalidad. Si la muerte lo que hace es interrumpir el curso de las cosas y cambiar su sentido, la ausencia lo pone en suspensión. No se corta nada, no hay un cuerpo, no hay una respuesta ni una explicación. Todo queda suspendido entre signos de interrogación, una especie de limbo en el que las cosas no pueden terminar, pero tampoco pueden seguir. Eso es una zozobra muy grande porque estamos habituados a entender el mundo y la geografía como espacios delimitados, y la ausencia no lo tiene, de manera que eso nos vuelve locos.

La tensión entre lo real y la ficción es también uno de los temas de la novela ¿cree que existe una frontera clara que los delimite?

Uno acostumbra a decir que la realidad es el mundo en el que vivimos cotidianamente, mientras que la ficción es un mundo falso. Yo no considero que las películas o novelas sean historias inventadas. Creo que la ficción es simplemente una herramienta para ordenar la realidad que experimentamos. Cuando vivimos una emoción, un encuentro o un accidente, y luego lo contamos o lo recordamos en nuestra memoria, es ficción, porque lo reconstruimos a partir de trozos y vamos agregando información, tratando de hacerlo más preciso.

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