El Clarence Jazz Club, uno de los locales de jazz de referencia en España y uno de los pocos que permanece abierto en la Costa del Sol, está en peligro y podría cerrar sus puertas a final de año si no consigue 50.000 euros a través de una campaña de microfinanciación que finalizará en octubre.

El Clarence Jazz Club, donde se pueden sentir las vibras y la pureza de este estilo musical, ha vivido una serie de episodios recientes que han puesto en duda la continuidad del local, que lucha por sobrevivir para no dejar que estos ritmos afronorteamericanos se dejen de escuchar en el sur de España.

El local cuenta con dos salas tematizadas y el aforo de la principal es de 500 personas, lo que la convierte en el mayor club de jazz en España, según el gerente del local, Javier Salinas.

Algunos de los artistas que han actuado en el Clarence son el afamado pianista español Chano Domínguez o el cubano Gonzalo Rubalcaba, ganador de varios Premios Grammy.

El club es un auténtico paraíso para los amantes del jazz y de la música en general. Cuenta con una gran calidad de sonido, un espacio acogedor e íntimo y unas paredes cubiertas de fotografías de iconos del género como Ella Fitzgerald, Louis Armstrong y Charlie Parker, pero también de instrumentos de alto valor. Las salas son un deleite visual y auditivo. La historia del Clarence se remonta a 2013, cuando Salinas hizo realidad su sueño y abrió un pequeño local de jazz con aforo para 80 personas en el centro de Málaga, aunque cuando cumplió el contrato de alquiler, en 2018, decidió mudarse a Torremolinos.

Tras una compleja y costosa remodelación del local, el Clarence renació en septiembre de 2019 con un fuerte empuje, llegando a reunir a 250 personas aproximadamente en cada concierto.

Desgraciadamente, la luz del Clarence se apagó en marzo de 2020 por culpa de la pandemia y no se volvió a encender hasta septiembre de 2021.

Sin embargo, ya no fue lo mismo. El local no atrajo tantas miradas y perdió un importante patrocinio y a un público adulto aficionado al jazz que todavía no se ha recuperado del golpe pandémico y ve con recelo meterse entre cuatro paredes. Para colmo, la temporada alta de las sesiones de jazz (invierno) coincidió con la sexta ola de la covid, lo que se notó mucho en las arcas del negocio.

Debido a una serie de deudas y retrasos en pagos, Salinas se ha visto obligado a poner en marcha una campaña de micromecenazgo con la que pretende conseguir 45.000 euros más –ya ha reunido 5.000- antes del 28 de octubre, aunque también busca otras alternativas para que su negocio y su forma de vida no muera.

«El que quiere invertir en cultura se lo piensa dos veces», afirma Salinas, que busca capital privado y patrocinios y también ofrece bonos anuales con distintas ventajas a los clientes o socios. Además, conversa con empresas para que ofrezcan un ‘pack’ de 100 entradas a cambio de visibilidad en el local y en la página web, donde reciben 100.000 visitas anuales.

El sueño de Salinas, que estudió ingeniería informática, comenzó a fraguarse en su cabeza tras un viaje a Cuba en el que asistió a varias sesiones de jazz en directo. Su melomanía le impulsó a intentar hacer realidad su deseo, lo que más tarde consiguió y de lo que se siente tremendamente orgulloso.

«Ahora tenemos la inflación y la guerra y cuando parece que hay un ápice de poder salir te llega otro tortazo», lamenta el gerente del local, que no tira la toalla y espera poder reunir dinero, mantener el Clarence abierto y extender su programación cultural más allá del 31 de diciembre, cuando podría ser su última función.