La mantícora es un espeluznante tipo de quimera con cabeza humana, cuerpo de león y cola de espinas venenosas cuyo nombre, según la mitología persa, significa «devoradora de personas». Un monstruo ávido de carne humana, capaz de engullir a su presa de un bocado gracias a sus tres grandes filas de dientes; una criatura pavorosa que, en la nueva película de Carlos Vermut, Mantícora, se encarna en la trágica figura de un joven programador de videojuegos obligado a convivir con una perversión que le convierte en monstruo y le tortura. «Es la historia, en efecto, de un monstruo con rostro humano; o de alguien al que la sociedad considera un monstruo por su forma de ser, por sus deseos abominables», relata Vermut. La película se pasa estos días en el Fancine, el Festival de Cine Fantástico de la UMA.

Mantícora, filme sobre cuya oscura trama y vidriosos pliegues conviene saber poco para que su impacto emocional sea lo más incómodo posible, es, decíamos, la historia de Julián, un sociópata (Nacho Sánchez) que diseña criaturas para una empresa de videojuegos y que, un día, salva a un niño de morir en un incendio. El acto heroico, sin embargo, sacará a flote un trauma -una perversión- contra la que lleva tiempo luchando en vano. Una luz de esperanza se proyectará sobre Julián cuando conozca a Diana (Zoe Stein), que le hará sentir que a su lado, quizá, podrá librarse de la inmundicia que lleva dentro.

Un tema «delicado»

La película, fiel al estilo de Vermut, transmite quintales de desasosiego moral desde su extraña aproximación a lo horrible con asombrosa naturalidad, calma y delicadeza; esa perturbadora forma de narrar el día a día de los monstruos que nos rodean. «Creo que es mi película con mayores cotas de malestar. Me gusta enfrentarme a las cosas que me dan miedo a través del cine. Y supongo que mirar a los ojos a Julián es una forma de lidiar con ello», explica Vermut. No se trata, en verdad, de empatizar con el monstruo humano, sino de entender su sufrimiento, un poco al estilo, aunque se sitúe a años luz en todos los sentidos, de la serie Dahmer acerca del carnicero de Milwaukee. «Es un tema delicado, pero creo que dar voz a un personaje, por perverso que sea, no es justificarle. Mostrar a alguien con quien no empatizamos como Dahmer o como Julián puede servirnos para plantearnos cómo somos nosotros, analizar nuestras partes oscuras. Hay una necesidad constante de ser virtuoso en la sociedad actual y a veces eso se convierte en una olla a presión de la que salen comportamientos de mierda», sostiene Vermut.

Nacho Sánchez y Zoe Stein han regalado a Vermut un trabajo excepcional como pareja doliente en busca de redención, en la medida en que soportan el ominoso peso de la película sin el menor exceso: el discreto encanto de la mirada, el gesto, la palabra. «Para mí, hacer de Julián ha sido un golpe emocional porque en ocasiones me veía reflejado en él: alguien que no puede comunicarse o relacionarse con los otros o pedir ayuda. Eso es algo que está muy dentro de todos nosotros», explica el actor castellano.

La chispa de Mantícora surgió, aunque parezca mentira, de la figura del mismísimo Justin Bieber. Vermut tenía varias cosas que le rondaban por la cabeza. Una de ellas, la historia de una amiga que se parecía al desdichado cantante canadiense y que empezó a salir con una chica que era fan suyo. «Me atraía mucho la idea de la suplantación, de la utilización de alguien que es una versión de otra persona que te gusta», cuenta el director madrileño, que fue añadiendo piezas al mecano, como la realidad alternativa y sus límites, los videojuegos y los monstruos (virtuales y reales).

«De algún modo, todo se fue uniendo de una manera natural, como el propio título de Mantícora, que se me ocurrió mientras trabajaba con criaturas mitológicas para la renderización de los monstruos que crea Julián. Esa aterradora criatura con cabeza humana como el propio personaje… La película me fue hablando a nivel narrativo y el resultado, en fin, está ahí». Un resultado turbador, desde luego.