Nacida en el barrio granadino del Albaicín, hija y nieta de cantaores, Marina Heredia no tuvo más remedio que heredar el talento y la pasión por el flamenco. Cantó por primera vez en público a los 12 años y desde ahí inició un recorrido que la ha llevado a convertirse en una de las cantaoras de la nueva generación del flamenco más destacadas del mundo. Este sábado trae al Teatro Cervantes de Málaga su espectáculo ‘Arte Sonao’, un concierto lleno de emociones donde la artista extrae lo mejor de sí misma, con amplios registros de su repertorio y acompañada de la coral femenina y de sus maestros Jaime el Parrón y Curro Albaicín.

¿Cómo surge 'ArteSonao'?

Este espectáculo nace por un encargo del Festival de Música y Danza de Granada y lo estrenamos este verano en el Palacio Carlos V de la Alhambra. El espectáculo se crea en torno al centenario del Concurso de Cante Jondo de Granada que organizaron Lorca y Falla y también en torno al cante de la mujer, que es muy  importante en el flamenco de Granada. 

Hace ya un siglo de este Concurso de Cante Jondo de Lorca y Falla que ha mencionado, ¿considera que sigue siendo necesario hacer algo así o ya se asume que el flamenco es fundamental desde muchos puntos de vista?

Creo que no, el flamenco ya no tiene que demostrar nada, nunca lo tuvo que demostrar, aunque en esa época la sociedad era otra. Lo que hacemos en este espectáculo es recuperar algunos cantes de la danza del Sacromonte que ha estado durante un tiempo en desuso, para poner en valor ese cante de mujer que es tan característico. Además, con esto también queremos agradecer el respeto que tuvieron al flamenco intelectuales de esa época como Falla o Lorca. 

La segunda parte del espectáculo es una zambra. Usted es una de las grandes reivindicadoras de esta fiesta. ¿Qué tiene tan de singular, tan de valor? 

Siempre se ha dicho que el flamenco de Granada es distinto. No es mejor ni peor que el de otros territorios, pero es diferente por toda la herencia de civilizaciones que hemos tenido aquí, hemos convivido con árabes, fenicios, católicos, gitanos… Y todo eso ha dado pie, entre muchas otras cosas, a una música y un baile distintos. Por ejemplo, los guitarristas de Granada son muy característicos, no suenan como otros.

En este aspecto tiene especial importancia su abuela, La Rochina, que convirtió la zambra en un hito cultural. ¿Es un espectáculo para ella, para que se sienta orgullosa de su nieta? 

Mi abuela ya no está con nosotros desgraciadamente, pero sí está en el escenario. Tenemos tres fotos gigantes, una de Falla, otra de Lorca y otra de mi abuela en representación de esas gitanas de Sacromonte que han sido espectaculares y que eran bombas artísticas en el escenario, porque eran bellísimas todas y con unas cualidades vocales espectaculares. Ese es uno de los rasgos que caracterizan el cante de Granada, todas tenían voces poderosas, cantes muy altos y muy valientes. 

"Donde mejor se aprende flamenco es en una fiesta", ha comentado en alguna ocasión. Sin embargo, luego los palos festivos no tienen tanto prestigio o seguimiento como los más dramáticos, ¿verdad?

Creo que el prestigio se lo da el que lo hace. No hay cantes mejores que otros, esto depende de si el que lo cante domina mejor un cante que otro, el que mejor se le dé, al final parecerá mejor.

El cante vive un momento con muchas revoluciones. Rocío Márquez, Niño de Elche, Tomás de Perrate, La Tremendita están trabajando en ese sentido. ¿Cómo ve este momento del cante jondo?

Yo lo veo muy bien. Hay mucha gente joven que viene pisando fuerte, muy comprometida con lo que está haciendo y muy característicos entre ellos. Están surgiendo nuevos artistas que cantan y bailan muy bien y que tienen unas técnicas increíbles.

 

Y usted, ¿dónde se sitúa dentro del flamenco, en la parcela revolucionaria o en la más tradicional?

En la de la libertad, donde me dejen hacer lo que me apetezca hacer. Siempre he defendido que para hacer otras cosas, hay que tener una base clásica donde poder trabajar y saber de donde vienes para poder seguir avanzando, pero siempre con un pie dentro de la tradición.

Su padre y abuelo también eran cantaores de flamenco pero usted comenzó bailando, ¿verdad? 

Yo empecé bailando, pero bailaba “pa que me mataran”. Mi padre, con mucho criterio, me dijo que dejase de bailar y empezase a cantar. Yo en casa siempre había cantado, en todas las celebraciones se cantaba y se bailaba, y mi padre ya me había escuchado cantar y fue quien me guió y me llevó a la luz. 

Con solo 13 años ya estaba en un estudio de grabación con artistas como Estrella Morente, ¿cuál fue la enseñanza más importante que aprendió en estos comienzos, la frase que se le quedó grabada de sus maestros y maestras?

Yo he tenido la suerte siempre de que por casa han pasado grandes artistas, y las vivencias que he tenido con ellos me han hecho mucha mella. Además, mi padre siempre ha sido mi gran maestro y mi gran guía y siempre me ha dado caña en ese sentido.Yo empecé a cantar con 12 años, que fue la primera vez que canté al público, y con 14 años yo estaba haciendo tonterías con el cante, no estaba en serio. Mi padre me dijo que si quería ser cantaora me pusiese a estudiar, a aprender los cantes, a preocuparme, y en ese momento me dió un toque de atención y reaccioné. 

Dice que es "culillo de mal asiento" que siempre anda metiéndose en "fregaos". ¿Cuál será el siguiente "fregao" en el que quiere meterse?

Tengo varios “fregaos”, ya tengo hasta charcos. Son proyectos que me hacen mucha ilusión y son muy importantes. He empezado a trabajar en una residencia con una sinfónica en Alemania, que es la primera vez que una cantaora hace esto. Durante un año vamos a hacer cuatro proyectos con ellos que son muy distintos entre sí, uno de ellos es inédito que se está componiendo exclusivamente para mí. Vamos a tener una convivencia entre los músicos de la orquesta y los músicos flamencos, que de eso trata esta residencia, dar a conocer nuestro flamenco fuera de nuestras fronteras.