Rick Allen (Derbyshire, Inglaterra, 1963) es hoy uno de los músicos más queridos en el mundo del rock. Los fans conocen su tragedia y su historia de superación. Hace 38 años este carismático batería, convertido hoy también en artista de la pintura y hombre comprometido y solidario a través de su fundación, sufrió un accidente de tráfico en el que perdió su brazo izquierdo. Todo parecía indicar entonces que su carrera musical había terminado, pero Allen se encontró con el apoyo de sus amigos y de los miembros de la banda y decidió afrontar lo que, a priori, parecía un imposible.

Recibió miles de cartas de fans durante su estancia en el hospital y fue entonces cuando decidió cambiar las lágrimas por el empeño, y las lamentaciones por un reto: volver a tocar la batería. Para ello eran necesarias una gran determinación y una férrea voluntad a prueba de altibajos. No se trataba de una obstinación ni de una utopía, sino de una serena reflexión acerca de todo cuanto haría falta para volver a llevar el ritmo de un grupo de rock con un solo brazo y sus dos piernas.

La carretera se ha cobrado la vida de cientos de músicos en el último medio siglo. No hace tanto, los artistas y los grupos dormían en tránsito. Era acabar un concierto y ya surgía la necesidad de subirse rápidamente a un autobús o incluso a varios coches para llegar al siguiente destino de la gira donde tocaban al día siguiente. Así realizaban también los tour los incipientes grupos de pop y rock español de los años 60. No siempre hubo aviones privados ni presupuestos para desplazar grandes equipos y toda la parafernalia que exige una gira. Aunque tampoco conviene olvidar que algunos de los privilegiados que sí dispusieron de ellos también sufrieron fatalidades. Ahí está el caso de Buddy Holly, Ritchie Valens The Big Bopper, quienes fallecieron en un accidente aéreo cerca de Clear Lake, en Iowa (EEUU), en 1959. Se dijo que aquel día murió el rock.

Hoy han mejorado las carreteras, los vehículos son más seguros, y además, las giras han perdido un tanto de épica y odisea para ganar en seguridad y en confort de los artistas. Muchos vuelan en jets privados, otros alquilan aviones. Los viajes de los grupos más poderosos se plantean de otra manera en la mayoría de los casos. Aunque sigue habiendo fatales accidentes de artistas por pisar en ocasiones el acelerador con demasiado ímpetu o de forma temeraria. Y a veces la cosa acaba en tragedia.

Def Leppard.

Ese fue el caso de Allen. El 31 de diciembre de 1984, Rick tenía 21 años y llevaba seis siendo el batería de Def Leppard, un grupo de rock duro británico que se había encaramado ya por entonces entre los grandes del género con discos como High’n’Dry y Pyromania. Ese día, el músico británico iba al volante de un Corvette junto a su novia, Miriam Baredsen, cerca de la localidad de Sheffield, en Inglaterra. Lo hacía por una carretera de un único carril por sentido. Delante, un vehículo le obstaculizaba el paso. Era un Alfa Romeo que antes le había sobrepasado a gran velocidad. Allen cuenta que cada vez que le intentaba adelantar, el Alfa Romeo aceleraba y se lo impedía. Hasta que se cansó, apretó el acelerador a fondo, el Corvette del músico rugió impetuoso y pasó al carril derecho para adelantarlo. Pero la curva se cerró de manera inesperada para Allen y este perdió el control. El coche se salió de la carretera, saltó por encima de un muro de piedra y fue a parar a un campo cercano. El joven músico salió despedido por el techo solar, pero el cinturón de seguridad, al soltarse, cortó de cuajo su brazo izquierdo, que se quedó en el interior del vehículo. Una ambulancia llegó al lugar 45 minutos después. Allen seguía consciente. Supo que había perdido su brazo. Al llegar al hospital entró en coma. Estaría así durante dos semanas.

Los médicos le reimplantaron inicialmente el miembro, pero una grave infección obligó a echar marcha atrás. Él lo supo después, al despertar del coma. Entonces tomó conciencia de la magnitud de la tragedia. “Nunca más volveré a tocar”, pensó. Tenía solo 21 años.

Su afición por la batería estaba ahí desde su infancia. Con apenas cinco años, se pasaba horas aporreando los utensilios de cocina de su casa. Con diez se las apañó para que sus padres le compraran una batería y empezó a recibir clases. Su temprana pasión por la percusión le hizo formar parte de forma prematura de algunas bandas. En 1978, un grupo que se hacía llamar Def Leppard publicó un anuncio en el que apuntaban que buscaban un batería. Fue la madre del aún adolescente Rick la que respondió, su hijo probó suerte y el 28 de noviembre de ese año, con tan solo 15, se convirtió en batería de la formación.

Un año después abandonaría el colegio, casi al mismo tiempo que el resto de integrantes de Def Leppard dejaban sus trabajos para centrarse en la música. Su talento era indiscutible. En poco tiempo pasaron de tocar en garajes a telonear a AC/DC. En 1980 el grupo lanzó su primer disco, On Through the Night. Después llegarían High’N’Dry (1981) y Pyromania (1983), recogidos con admiración y fervor por el público británico.

Allen estaba en el hospital con la moral hundida, tratando infructuosamente de pensar en frío. No veía salida a su situación, al shock que acababa de sufrir. “¿Qué haré ahora con mi vida?”, se preguntaba repetidamente. Hasta que un día su respuesta surgió firme. Se trataba de una contestación a dos cuestiones diferentes que desembocaban en el mismo lugar, porque a la primera pregunta añadió otra: “¿Y si pudiera tocar la batería aunque fuera con un solo brazo?” Si había alguna posibilidad, él quería explorarla. Allen se respondió a sí mismo: “Quiero intentarlo”.

Se lo planteó a sus compañeros de banda. El vocalista Joe Elliot confesaría años después que quedaron conmocionados por el accidente y dudaron de que Allen pudiera volver a tocar, pero no pensaron en abandonarlo. ”No podíamos poner un anuncio de ‘Buscamos batería’, no es la manera británica de hacer las cosas”, diría. Uno de los que más apoyó al batería fue el guitarrista Phil Collen. Él fue quien le transmitió mayor ánimo y pasó más tiempo en el hospital acompañándolo casi a diario. Sus visitas se volvieron fundamentales, junto al cariño de la familia y de los fans para que Allen no arrojase la toalla. También Steve Clark (que fallecería en 1991 por su adicción al alcohol), el otro guitarrista del grupo, estuvo a su lado y le mostró un apoyo decidido. Una de las primeras muestras de cariño le llegó en forma de carta firmada por Phil Collins.

Allen, aún en la cama del hospital, se dio cuenta de que era capaz de tocar gran parte de algunas de sus canciones favoritas utilizando sus pies.

Def Leppard volvió al estudio para trabajar en un nuevo álbum. Allen, aún en la cama del hospital, se dio cuenta de que era capaz de tocar gran parte de algunas de sus canciones favoritas utilizando sus pies. Comenzó a analizar qué pasos debía de dar para intentar seguir tocando la batería. Una de las personas que resultaron determinantes en un principio para que afrontase el reto fue Jeff Rich, baterista de Status Quo. También resultó clave el fabricante de baterías electrónicas Simmons, que desarrolló para Allen un kit electrónico, una batería especial que incluía un disparador que podía ser utilizado con el pie. Tras abandonar el centro médico, Allen se encerró con ese nuevo dispositivo y comenzó a practicar. Sus compañeros de Def Leppard, mientras, continuaban avanzando en su nuevo trabajo discográfico. La nueva batería combinaba elementos acústicos con otros electrónicos, y eso añadía una complejidad notable para su manejo.

El set de Allen presentaba los tambores principales en el centro y en su derecha, para que pudiera utilizar su brazo de ese lado, mientras que los pedales principales se colocaban a su izquierda para hacer sonar, mediante disparadores, los timbales y la caja. Pasó cinco meses practicando, acostumbrándose a esa nueva forma de tocar con una nueva batería híbrida, diseñada a medida. Tras ese tiempo viajó a Holanda y se presentó con la batería mixta en el estudio en el que Def Leppard avanzaba en el nuevo disco. Allí, les mostró a sus compañeros de formación lo que era capaz de hacer. Tocó un tema de Led Zeppelin y los dejó boquiabiertos. La espera y la confianza habían merecido la pena.

El siguiente paso era retornar a un escenario, a un concierto en vivo y comprobar si daba la medida y cuál era la reacción del público. En el verano del 86, Def Leppard llevó a cabo una minigira que incluía conciertos en algunos de los festivales más importantes de Europa y también en algunos pubs de Irlanda. En algunos de esos conciertos, Jeff Rich (Status Quo) compartía escenario con el grupo tocando una batería acústica mientras Allen lo hacía con la electrónica. Tras unas cuantas actuaciones, llegó la prueba final: tocar sin el apoyo de Rich. El retornado batería de Def Leppard superó el examen.

Después, llegó el turno de Donnington, uno de los grandes festivales del viejo continente. Eran palabras mayores. Allí Def Leppard actuó ante 75.000 personas que estallaron de júbilo cuando Joe Elliott dijo: “A la batería, Rick Allen”. En ese instante, ante los gritos y gestos de los fans, y sabiendo que sus padres se encontraban a un lado del escenario, las lágrimas recorrieron las mejillas de Allen como tratando de desembocar tras haber recorrido un largo cauce repleto de adversidades y sacrificios. Estaba de vuelta. Arriba, en un escenario. Lo había logrado.

Al siguiente año, la banda publicó su nuevo disco, Hysteria. Fue un auténtico bombazo comercial, del que se vendieron más de 30 millones de copias; un trabajo repleto de grandes temas como Pour Some Sugar on MeLove BitesAnimalLove And AffectionRocket o el homónimo Hysteria, con una esmerada producción y un sonido que recibió los elogios de la crítica musical y les situó en la cúspide mundial del heavy metal. Desde entonces, Allen ha seguido participando en todas las grabaciones y giras del grupo, y su batería ha ido ganando en un sonido más natural e incorporando nuevos elementos a modo de samplers (pregrabados por él mismo).

Convertido en uno de los bateristas más famosos del panorama rockero y en todo un referente por su afán de superación, Allen vive ahora en Malibú (California). En 2001, dio vida junto a su esposa, Lauren Monroe, a la Fundación Raven Drum, una entidad sin ánimo de lucro que se dedica a ayudar a diferentes colectivos que van desde los menores con discapacidades a los veteranos de guerra, pasando por madres y niños y niñas que hayan sufrido violencia doméstica.

Allen, después de dejar la huella de su mano y su pie en el Paseo del Rock de Hollywood, en el año 2000.

La energía del encargado de la percusión en Def Leppard dio rienda suelta también a su pasión por la fotografía y la pintura. En este último campo, sus primeras obras tenían un carácter abstracto que han ido evolucionando hasta el retrato más realista de leyendas del rock. En una de sus últimas exposiciones, se pusieron a la venta con fines solidarios pinturas con los rostros de Johnny Cash, Kurt Cobain, Eddie Van Halen y Charlie Watts, batería de los Rolling Stones -fallecido el pasado año-, que fue siempre el auténtico ídolo que empujó a Allen y cuya inspiración le sirvió para dedicarse a tocar ese instrumento.

El próximo junio, Def Leppard volverá a actuar en Madrid junto a otra banda clásica, Mötley Crue. Y en el escenario, detrás de una colosal batería estará Richard John Cyril Allen, el músico que se negó a abandonar la pasión de su infancia. Hoy, muchos años después, sigue tocando todas las partes de su batería especial con la misma ilusión con que aporreaba de pequeño los cachivaches de la cocina.