Marga Blanco es docente y poeta, autora de los libros En un continente cualquiera (Universidad de Granada, 1997), A cierta distancia (Cuadernos del Vigía, 1998) y Mirando pájaros (col. Maillot Amarillo, Diputación de Granada, 2003), y ha sido incluida en varias antologías. Su último poemario La puerta de mi casa (Sonámbulos, 2022), se estructura de manera muy consciente en tres partes, previo poema prólogo que da título al conjunto: “Puerta adentro”, “Patio de atrás” y “La terraza”, estancias interiores a las que se accede a través de un filtro que podemos llamar puerta, entendida como el filtro mediante el que la materia de la memoria, siempre vívida en la autora, entra a formar parte de la escritura. Centrándonos en esta idea, la pregunta de qué permanece de tanta memoria parece ser el núcleo desde el que se ramifican los temas consustanciales del libro: el amor, en su sentido más amplio, la muerte como ausencia que tenemos que trabajar los vivos, la idea de devenir, y por último, la sensación de que la vida siempre sucede en otra parte.

De esta forma, el amor se muestra desde el gesto solidario de la amistad en versos como “el lago glaciar de tus ojos como cuadros/ de una antigua estación de tren”, desde la complicidad hacia la hermana en uno de los grandes poemas del libro, ‘A la hora que salían los soldados’ o en sentencias que caminan hacia lo erótico, como el sinestésico “no quedará rastro del mordisco/ sonoro de tu risa por mi oreja”.De todos modos, el amor es un largo soplo que llega a gran parte de los poemas de Blanco, también como dolor, no paralizante sino que revive y consuela como respuesta a la pérdida de seres queridos. Versos como “alguien vino desde un sueño ya lejano” dan forma al diálogo con lo ausente que se establece a lo largo de todo el libro. Lo que no está se manifiesta en lo cotidiano de múltiples maneras que necesitan ser acogidas en escritura, como forma que da testimonio de lo mágico que atraviesa estas experiencias. “El tiempo debería tener limbo”, como dice la poeta, pero no es así, de ahí la necesidad de traducir las desapariciones en un diálogo de la escritura con lo inmaterial, no mediante el oráculo de una poesía más críptica sino a través de símbolos propios, por ejemplo, cuando “los muertos aparecen a lo lejos/ como sirenas de ambulancia”.

El mar, la acequia, lo acuático en general, quizá como signo de una realidad que cambia de manera constante y ante la que tenemos que ir ajustándonos emocionalmente, cruza toda la segunda parte del libro, titulada ‘Patio de atrás’, de un tono, podemos decir, más sensorial, como vemos en finales de poema tan expresivos como “mientras, alguien en su casa espera/ el aplauso prolongado de la lluvia”. Este tono, impregna los temas citados anteriormente, ahondando quizá en la reflexión de que la vida ocurre en otro sitio. En otros años que ya pasaron, en otra compañía, en las cosas que el paso del tiempo dificulta seguir haciendo. Por ejemplo, leemos que la protagonista de los poemas quiso “vivir bajo otro sol” o besar al nunca conocido “amante perfecto de Bolonia”. La vida misma qué es sino ser consciente de la dificultad de darnos cuenta de si hemos sabido vivir.

El ajuste personal que supone hacer hueco a las consecuencias del devenir, del dolor del mundo por el cambio, parece ser el asunto principal de los últimos poemas, de los que destacamos “La mudanza”, poema que cierra el libro con maestría. Son estos poemas más rotundos, pero siempre alejados de cualquier matiz de derrotismo, subrayando una parte ética de la escritura que está en todo el libro y que nos interesa mucho: la poesía como forma de asimilación de la experiencia de vivir. Y esto es así porque el lenguaje nos permite sanar y dejarnos “mecer por el viento,/ por el corazón diminuto de la ropa tendida/ que ha inundado esta casa”..La puerta de mi casa es un libro que transita de la ternura al dolor, pero que nos da un ángulo de visión desde el que, pese a todo, siempre con los otros, asoma la vida.