Entrevista | Sabina Urraca Escritora

"Es muy difícil, y sé lo que digo, ayudar a una víctima de violencia de maltrato"

Publica El celo, una novela sobre la domesticación, el deseo y la complejidad de una experiencia de maltrato. Lo presenta hoy en el Centro Cultural La Malagueta 

Sabina Urraca, con su perra Murcia.

Sabina Urraca, con su perra Murcia. / LAURA C. VELA

Marta García Miranda

En esta historia hay un castillo, una maldición, un santo, una Humana y una Perra. El castillo está quemado, carbonizado, con las vigas a la vista, a punto de quebrarse y ni una sola almena en pie. ¿Quién le prendió fuego? El cuento dice que se escuchó un grito, ¡arda todo, arda pronto!, el castillo ardió entero y, en sus tripas, la princesa. La Humana es una mujer de treintaidós y cree que se puede apagar un fuego, claro que sí, pero no sabe cómo se reconstruye lo que está maldito. Por eso siempre tiene miedo y le salen hematomas espontáneos en el cuerpo y le duelen las tetas, le duelen muchísimo, y va por la vida como una zombi y se hace tortillita francesa de queso y cornflakes para cenar y piensa que es de lo poco que le ata a la vida y se pone ciega de pastillas y cree ver en todos los sitios al Predicador y pasa del coma al terror en un instante, pero no habla de ello porque parece haberse encomendado a San Juan Silenciero, el santo de la ermita del pueblo donde pasaba los veranos siendo cría, el lugar en el que la Abuela le contaba aquel cuento del castillo. Un día, en una rave, aparece la Perra y la Humana se la lleva a ese bajo-mazmorra en el que vive, y ambas parecen convertirse en las dos únicas supervivientes de una catástrofe, como aquel padre e hijo de La carretera de Cormac McCarthy. La Perra es un animal en celo. La Humana, un animal al que le han arrebatado el deseo. Ambas son las protagonistas de El celo (Alfaguara), la nueva novela de Sabina Urraca.

Urraca arma una novela sobre el deseo y su domesticación, pero también sobre cómo (nos) contamos lo que vivimos a partir de la historia de una mujer que tarda 70 páginas en verbalizar una historia de dependencia y maltrato: «Yo fui a un grupo de mujeres maltratadas durante dos años y ahí pude observar mucho de todo esto. Mi historia no es la de la Humana, pero igualmente es muy difícil hablar y verbalizar todo eso que estás viviendo. Y me parecía importante contar este silencio porque la gente dice de una forma muy alegre tu silencio no te salvará y parece que eres víctima de maltrato, escuchas esa frase y todo es fácil, llegas, hablas y ya está, todo se soluciona y el trauma se va reparando. Pero es complejísimo porque se lo cuentas a tu familia, a todo el mundo y ¿qué pasa? Que eso puede llegar a tu maltratador y puede tener unas consecuencias nefastas».

La gran idea de la novela es la domesticación, entendida de distintas maneras

Es la domesticación no solo de los animales, sino nuestra propia auto domesticación, la domesticación de una persona a otra, o de toda una sociedad. Me interesaba hablar del celo, de la animalidad de las personas y de cómo muchas veces hacemos cosas llevadas por fuerzas que no son humanas, no son fuerzas que nos hayan enseñado para socializar como humanos, pero nos movemos por ellas. Y no solo hablo de lo hormonal, lo sexual, sino también de la violencia presente en la vida, en las relaciones familiares, el sentimiento de pertenencia al grupo, el rechazo al diferente… Todas estas cosas son comportamientos muy animales. Las mujeres maltratadas son como estas manadas de animales que abandonan al que está enfermo. Estas mujeres están muy solas y se juntan, aunque no tienen nada que ver entre ellas, porque realmente no tienen un lugar, y aunque tengan gente, no las van a entender. De hecho, es gente que se desespera. Mecha, por ejemplo, vuelve una y otra vez con su maltratador y su prima le dice, amiga, aquí ya no te vas a quedar más, yo ya no te voy a ayudar más porque esto es muy importante.

La novela habla de ese vínculo entre violencia y deseo sexual, una relación que impide a algunas mujeres salir de ese infierno, como le sucede a Mecha, que vuelve con su maltratador porque «como me folla él no me va a follar nadie más en mi puta vida».

Este es el tema y esto no se habla porque se suele ofrecer una visión muy sesgada, un relato para tranquilizar a todo el mundo. Se supone que una víctima de maltrato ha sido despojada de todo, está siempre asustada y que, por supuesto, lo único que hace es huir de su maltratador. Tendemos tanto a categorizar últimamente y a mí me ha pasado con este libro que me dicen que esto es raro porque él es majo. Y sí, al principio es majo, es una persona cautivadora. Claro. Pero porque dentro de cada persona hay una persona majísima, una persona cautivadora, una persona terrible, todos llevamos todo eso en diferentes medidas, como si habitasen muchos personajes dentro de nosotros y se combinasen para bailar. Y me interesaba muchísimo mostrar a mujeres maltratadas que piden ayuda y que vuelven con su maltratador por miedo, por deseo… Pero no estoy intentando hacer un retrato de lo que es la violencia de género ni de cómo son las víctimas..

¿Hay varias cosas que impugna El celo. Una de ellas es el relato de la sororidad y aquí hay un «hermana, yo no te creo».

Es muy difícil, y sé lo que digo, ayudar a una víctima de maltrato, de violencia de género. Igual es que es difícil ayudar a una persona que está sufriendo acoso en el trabajo, porque hay una complejidad y muchísimos factores externos. Yo entiendo ese «hermana, yo no te creo».

Sus personajes no dicen «braguitas», sino «bragas». No tienen orgasmos, sino que se corren.

Reconozco que no es fácil de escribir. Me cuesta escribir las escenas sexuales. Pienso: «¿Está claro lo que está pasando?» Sobre todo cuando, en este caso, son relaciones sexuales y está sucediendo algo más oscuro por debajo. A mí me parecía súper importante crear un personaje hipersexual inicialmente porque el pasado de la Humana es que ha sido... magia. Ella tiene un poder sobre su cuerpo espectacular, se corre sin tocarse, solo tiene que cerrar los ojos y puede hacerlo en cualquier lado. Por alguna razón tiene un poder bestial sobre sí misma y lo vive de una forma muy desprejuiciada. Me interesaba mucho mostrar a una mujer que ha tenido la suerte de no tener traumas en ese sentido, que está a tope y que controla absolutamente su cuerpo porque sabía que luego el robo que iba a sufrir de su sexualidad por parte del Predicador iba a ser más bestia en ese sentido. El Predicador la ve y dice: «Yo quiero eso que ella tiene, y es lo que le roba».

Los cuentos tienen muchísima importancia en la novela y eso tiene que ver, creo, con la idea de cómo contamos y nos contamos una relación de maltrato, y con esa otra idea en torno a lo que creemos, y ahí aparecen los cuentos de la Abuela, que generan un imaginario oscuro, de peligro…

He mezclado un poco de todo. La historia del hombre que se come una cabra entera en una apuesta y se muere no sé si es real, pero se cuenta en mi familia. Hay cuentos que me han contado mi padre, mi abuela… A mí me gusta escribir y me gusta leer porque antes de todo eso me contaban historias, historias familiares que se mezclaban con ficción, fantasía... Lo paranormal está muy presente en mi familia, sobre todo en mi familia vasca, pero también en la canaria. Y me pasa como a la Humana, que al haber aprehendido estos cuentos de una forma tan bestial como que colocas los sucesos de la vida en una narrativa similar a la de un cuento. Y esto me trae mucha felicidad, pero en momentos jodidos de mi vida ha sido un problema.

¿Por qué?

Porque algunas veces es peligroso contarse todo en una narrativa de este tipo, ves símbolos en todos lados. Es un poco como si te estuvieras volviendo loca.

¿De ahí que en la novela convierta la violencia machista en una maldición?

Es que me parece muy parecido. En muchos casos, aunque la experiencia del maltrato desaparezca, el trauma y la sensación física, las reacciones corporales y fisiológicas asociadas al trauma pueden durar toda la vida. Lo llevas encima como una maldición y muchas mujeres tienen miedo de hablar por esta especie de superstición, este miedo, este sentir que si lo convocas, lo invocas.

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